Según el INE en 2013 el 21% de los españoles vivió por debajo del umbral de la pobreza


Techo y Comida  transcurre en Jeréz de la Frontera, una de las ciudades con mayor tasa de desempleo de España. Esta película tiene una base costumbrista, pues su intención primera es mostrar el día a día de Rocío (Natalia de Molina), una madre soltera, desempleada, que vive en la ciudad andaluza. La acción transcurre en el 2012, uno de los años más devastadores de la crisis del sistema financiero. Toda la sociedad se ha visto afectada, en mayor o menor medida, por la crisis. Pero hay sectores de la población, que estando especialmente desprotegidos, se han visto tremendamente expuestos a sus efectos. La joven madre de esta película, no solo no consigue un trabajo que le permita vivir o malvivir-ni siquiera a tiempo parcial, ni por horas: nada-, sino que tiene que esperar un mínimo de seis meses para recibir cualquier ayuda del estado PARA COMER, y más de un año para el subsidio. El problema es que no está ella sola, tiene un hijo pequeño, Adrián (Jaime López), al que tiene que alimentar con comida caducada desechada por el supermercado. El niño comienza a sufrir problemas de desnutrición, y por si esto fuera poco: están a punto de ser desahuciados: no tienen a dónde ir ni a quién acudir. Una vecina jubilada, María (Mariana Cordero), es el personaje del entorno con mayores muestras de generosidad y solidaridad: porque se lo puede permitir. El resto no ayuda  o no es solidario porque está sumido en sus propios problemas.  La raíz del problema: que quien debería ser solidario es el Estado.

Esta película ha sido rodada gracias a una recaudación vía crowdfunding. Es pasmosa la ausencia de películas que toquen el asunto de la crisis en el cine español de los últimos años. En el teatro independiente, sí ha habido casos que han hablado de la corrupción. Un ejemplo, es la obra Ruz-Bácenas, dirigida por Alberto San Juán y de la que hace poco se ha hecho una película. Mientras tanto, pareciera que el público se ha dejado obnubilar por arcadias que no existen,  y que son las que pintan películas como Ocho Apellidos Vascos. Yo no digo que esté mal una premisa como la de  “a la gente en tiempos de crisis le gusta reírse”, pero sí es sintomático el deseo de mirar hacia otro lado: es una actitud vital que trae consecuencias, como las observables en las urnas.

En Techo y Comida se sienten las consecuencias de recortes, como los de sanidad,  y de leyes como el desahucio express. La dirección cuida mucho de los detalles y consigue un medido y necesario efecto melodramático. Son frecuentes los primeros planos de la protagonista. Son muchos los casos en los que otras personas hablan  y las cosas pasan, pero la cámara solo se ocupa de ella y de su reacción. El espectador vive y siente a través de ella lo que está sucediendo. Además, la interpretación de Natalia de Molina es excelente.  Creo que todos coincidirán en que esta es una película necesaria. Las cifras son muy frías, leídas en un periódico o vistas en el noticiero, pero cuando toman cuerpo y vida propia, nuestra conciencia se agita de otra manera.


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TECHO Y COMIDA

Dirección: Juan Miguel del Castillo.

Intérpretes: Natalia de Molina, Gaspar Campuzano, Mercedes Hoyos, Mariana Cordero, Mercedes Hoyos.

Género: drama. España, 2015.

Duración: 90 minutos.

 

 


 

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