El método de ensayo y error no debe resultarle muy familiar a Natalia de Molina (Linares, Jaen, 1990). Su primer largometraje, Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2013), le propulsó directamente al Goya a la Mejor Actriz Revelación, y sus siguientes papeles principales no han sido tampoco, precisamente, tiros errados: primero, la divertida comedia Cómo sobrevivir a una despedida (Manuela Moreno, 2015), y ahora Techo y comida (Juan Miguel del Castillo, 2015), película sobre el drama de los desahucios donde realiza una de las interpretaciones del año, volviendo a colocarse en todas las quinielas de cara a la inminente temporada de premios. Reconocimientos aparte, no hay duda de que la actriz, a sus todavía 24 años, está dejando de ser una de las grandes promesas del cine español para convertirse en una aplastante realidad.

Tras el último pase de prensa de Techo y comida en los Cines Verdi de Madrid, INSERTOS pudo participar en un breve encuentro para medios online con su protagonista.

 

¿Qué proceso seguiste para preparar un personaje tan difícil como el de Rocío?

La película aborda una realidad que, evidentemente, todos conocemos, que está delante de nosotros y vemos diariamente en las noticias. Yo traté de profundizar más buscando información, leyendo blogs que denunciaban la situación –sobre todo muchos testimonios de gente que ha pasado por ella–, y también me reuní con abogados que colaboran con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y ayudan a gente desahuciada, en riesgo de exclusión social… Cerca de donde vivo hay un comedor, y también iba muchas veces a observar a la gente. Cogí información de todos los sitios que pude para crear el personaje, pero, por supuesto, también confié plenamente en la visión de Juan [Miguel del Castillo, el director].  

A nivel anímico y psicológico, ¿fue una experiencia dura?

No soy una actriz que se lleve a los personajes, no estaba todo el día con Rocío ni cosas así. Ruedo y al terminar soy Natalia. Sin embargo, es verdad que esta película ha sido muy dura a nivel emocional. Lo he disfrutado mucho como actriz, pero también lo he sufrido. Cuando terminaba la jornada y llegaba a casa me costaba muchísimo dormir, y pensé que lo que me ocurría es que estaba nerviosa, pero ahora con distancia me doy cuenta de que el rodaje era tan intenso, tan fuerte, que aunque yo quisiera descansar mi cuerpo estaba en tensión por lo que había vivido durante el día. Tampoco es que haya sido un calvario, ¿eh? [Risas.] Yo estoy muy orgullosa y agradecida de haber hecho esta película y haber dado vida a Rocío, aunque a veces no estoy segura de si yo he hecho de Rocío o ha sido Rocío quien ha aparecido en mí… Porque ella es todo, la voz, el cuerpo, no hay nada de mí. Cuando lo han visto mis hermanas, mi madre, mi padre, y más gente que me conoce, me han dicho: “Natalia, es que no hay nada tuyo”. Yo lo pensaba también conforme lo veía, ¡pero no quería decirlo por si creían que estaba loca!

Al leer el guion, ¿cuál fue tu primera reacción? ¿Qué sentiste?

Cuando leí el guion, lloré. Me llegó muchísimo, lo sentí, me emocioné. En los siguientes días seguía dándole vueltas, pensando en Rocío y en su historia, y me venían cosas. Me generaba como persona un sentimiento de impotencia y rabia, porque, aunque es una película de ficción, lo que cuenta es terriblemente real. Ves la noticia de un desahucio y ya no te quedas con el dato, comprendes a la persona. Empatizas. Aparte, después de hablar con Juan y ver su cortometraje Rosario (2005), con Asunción Balaguer, me di cuenta de que si alguien tenía que rodarlo era él, porque sabía de lo hablaba. Para ser la primera, o una de las primeras películas que tratan este tema, yo creo que es perfecta. Hay un respeto, una sinceridad… No hay nada artificial. No hay edulcorante, no busca la lágrima, te presenta las cosas como son: es muy dura porque reconoces lo que estás viendo, porque es verdad. También tuve un poco de miedo. Soy muy joven, llevo muy poco tiempo haciendo cine y me decía: “Natalia, a ver si te vas a envalentonar y luego no te va a salir, que esto puede ser un arma de doble filo…” [Risas.] Era mucha responsabilidad, Juan me contaba que saldría en el 98% de los planos, que en la secuencia del abogado la cámara iba a estar todo el rato sobre mí… Eso sí, tenía tanto respeto a lo que contaba que yo me impuse que, si lo hacía, iba a dejarme la piel. Y finalmente acepté, tuve el valor. No sin ello cierta inseguridad; pero yo soy así, y si digo que sí a algo, voy a muerte. Con esto no se puede hacer de otra manera, además. Tienes que ir a muerte, y eso es lo que he hecho.

¿Cómo fue trabajar con el niño, Jaime López?

Para mí era importante conocer al actor que iba a hacer de Adrián [su hijo en la ficción], porque es el motor de Rocío, el que le bombea la sangre; ella actúa de esa manera porque tiene a su hijo al lado. El pilar de la película son ellos dos, la relación madre-hijo. Cuando lo cogieron y lo conocí… Bueno, ya estaba todo hecho,  ¡porque el niño es un artista! [Risas.] Es impresionante cómo se mete en el papel y en la historia. Es una película durísima pero él entendía todo. Encima era súper profesional, yo flipaba con él. Me ha encantado la experiencia, ha sido un gran descubrimiento, es un auténtico actor. Creo que ha nacido para esto. Tiene una familia muy centrada y va a seguir estudiando; luego, cuando crezca, ya verán si se mete a interpretación. Pero es un grande.

Después de ganar el Goya por Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2013), ¿notas que demandan tu presencia en más películas? ¿Qué ha supuesto para tu carrera?

Para mí, Vivir es fácil con los ojos cerrados lo es todo. De hecho, yo estoy en Techo y comida porque Juan la vio. Para mí es muy importante. El Goya… Hacer tu primera película, que nadie te conozca y que la gente que se dedique a esto te dé un Goya… ¡Es muy fuerte! Te da una visibilidad muy grande, claro.


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