Como casi todas las polémicas, una de las que se han dado estas últimas semanas en la red también ha tenido algo de estéril (no todo), y sobre todo de reiterativo. Es la que se puso en marcha con el artículo de -para mí desconocida- Purificació Mascarell sobre tener hijos hoy en día, replicado por otro de Bárbara Celis, luego otro de Sergio del Molino y otro más de Elvira Lindo. Supongo que la cola de réplicas y comentarios habrá sido mucho más larga, pero ya no la he seguido. Pensaba, mientras leía los artículos mencionados, qué razón tenía Zadie Smith cuando en una ocasión -una entrevista que puede encontrarse en Youtube- habló de la furibundez con la que los internautas se implican, en cuanto surge la cuestión, en uno de los dos bandos: el de quienes están a favor de tener niños y los del bando contrario; asunto del que uno no espera que los opinadores se tiren los trastos a la cabeza y conviertan sus posturas en militancia, como termina sucediendo.

Lo estéril de la polémica es fácil de adivinar: por resumirla mucho, Mascarell se preguntaba por el sentido y las razones -que ella no veía casi por ningún lado- por las que seguir trayendo hijos al mundo, al tiempo que constataba cómo sus amistades con criaturas se convertían en personas permanentemente cansadas, grises y empobrecidas intelectualmente; con conversaciones que giran obsesivamente en torno a cambiar pañales, bocadillos de jamón y guarderías con tales o cuales prestaciones. Los otros autores, en cambio, le echaban en cara en sus respectivos artículos la cortedad de vista de tales planteamientos y su incapacidad para entender la sutil mística que siente la mamá (o el papá) cuando contempla a su bebé, y la heroicidad que yace bajo la épica cotidiana de quien cría un niño y ha de atender al mismo tiempo sus deberes profesionales, y aún le quedan tiempo y energías para leer algún libro, o incluso escribirlo.

Ni que decir tiene que el artículo de Mascarell, ni se basaba en las simplezas a las que los otros opinadores trataban de reducirlo en sus contestaciones, ni los de éstos carecían del todo de razón en los reproches que le oponían, pero una y otros (Mascarell menos que los demás, para ser sinceros) caían insistentemente en lo mismo en lo que caen siempre este tipo de discursos, y de ahí lo reiterativo que señalaba al principio: los papás (y las mamás; va incluido) paseándose a sí mismos por el argumentario triunfantes o derrotados, y erigiéndose en protagonistas absolutos; los niños, meros figurantes en las medallas que sus papás se cuelgan cada vez que la conversación da ocasión a ello. Por fortuna -en esta polémica al menos- no se descendió al nivel de bobería insoportable en la que a menudo tocan fondo este tipo de debates, con lamentos tan insufribles como el de “no veas cómo te cambia la vida en pareja el nacimiento de un niño, ya nada es lo mismo…”, o aquello otro que he leído decir no hace mucho a dos escritoras catalanas que conversaban al respecto para una revista: “la maternidad se ha convertido en la nueva religión”. Pues vale.

Ante este tipo de debates, es buena idea recomendarle a todo el que esté interesado en esto de los niños pequeños el documental Babies (Thomas Bàlmes, 2010), donde la perspectiva que se aplica al objeto es radicalmente distinta de la habitual: no se trata tanto de la paternidad o de la maternidad cuanto de la “filialidad” (si es que esta palabra existe).



En principio, el documental se propone algo aparentemente muy sencillo: tratar unos hechos cotidianos como algo efectivamente cotidiano, mostrarlos en su cotidianidad y que cada cual le añada o quite el heroísmo o la trascendencia que quiera. La película está un poco en la línea de documentales como Microcosmos (C. Nuridsany y M. Perènnou, 1996), en el que el espectador contemplaba con detalle el ritmo sosegado en que se desenvolvía a diario, en su compleja simplicidad, la vida silenciosa de una serie de insectos. Aunque estén ante nuestras narices no puede afirmarse que ellos y nosotros habitemos el mismo mundo; su cosmos realmente es por completo distinto del nuestro: cuando dos seres perciben de distinta manera la misma realidad, ya ha dejado de ser la misma, y por tanto habitarán inevitablemente mundos distintos. La novela El Quijote está plagada de esa enseñanza: la fenomenología allí se reitera página tras página y permite que éstas avancen; en el momento en que los protagonistas coinciden en ver finalmente lo mismo la historia deja de tener sentido y Cervantes se ve obligado a poner el punto y final.

También es un microcosmos el que puede verse en este documental sobre recién nacidos. Las cámaras siguen silenciosamente el primer año de vida de cuatro bebés de cuatro rincones del mundo: Namibia, Mongolia, Japón y Estados Unidos. Y lo que se percibe de inmediato es que, efectivamente, su mundo no es el nuestro; los cuatro bebés sí comparten en esencia el mismo, no obstante las zonas tan distantes del planeta en que viven; no lo es, en cambio, el que cada uno de ellos comparte con sus propios padres. Eso a pesar de las diferencias que el documental expone de forma más notoria: el bebé namibio y el mongol vienen a un mundo al aire libre poblado de perros, gallinas y cabras, y algunos otros niños de la tribu, y los ratos que pasan en el interior de sus casas son circunstanciales, casi anormales; por el contrario, el bebé japonés y el norteamericano desarrollan su primer año de vida prácticamente entre cuatro paredes, y las ocasiones en que los padres los sacan fuera tienen un cierto un aire de irrealidad (el parque con columpios multicolores, el zoo acristalado).

Lo primero que comparten los cuatro sufridos bebés es que en su mundo los padres pintan más bien poco; las madres algo más, pero tampoco mucho. Para empezar, ni los del africano (que nunca se sabe muy bien quiénes son de entre las mujeres que aparecen, y no se ven nunca hombres) ni los del bebé mongol parecen ocuparse demasiado de las criaturas. A los padres del bebé norteamericano y del japonés sí se los ve más en el documental, aunque podrían perfectamente no estar: salvo para las labores básicas en la subsistencia de los niños los papás tienen para ellos bastante menos importancia que el gato que pasa por ahí o los CDs que se dedican a sacar de los estuches. En el mundo de los bebés los padres casi no existen: son menos todavía que actores secundarios; más bien figurantes o extras que podrían perfectamente ser sustituidos sin problemas.

Por lo demás, da la sensación de que toda la realidad que circunda a cada uno de los cuatro, anterior a la adquisición del habla y a la capacidad de jugar, es idéntica a la del resto: tampoco sabemos muy bien en qué consiste esa realidad suya pero la impresión que se tiene es que la psicología de los cuatro es la misma, sus percepciones son las mismas y el mundo que comienzan a pisar solo tiene todavía una forma posible. Más evidente se hace ello si uno tiene la oportunidad de ver el documental acompañado de algún niño de la misma edad de los que la protagonizan: el modo como el bebé espectador identifica el mundo que ve en pantalla y lo reconoce como propio resulta bastante elocuente; de forma espontánea y al instante se suma a él, y se relaja y divierte viendo las peripecias cotidianas de sus iguales.

A primera vista son varias las ideas que uno puede sacar tras ver el documental: cómo la esencia primera del ser humano es la misma para todos y lo poco que se diferencian los niños antes de la irrupción en sus vidas de la cultura, y de la acción a la vez diferenciadora y uniformizante de la educación, por ejemplo. También podría observarse (de forma un poco simplista y hasta equivocada) desde una perspectiva un poco roussoniana del buen salvaje, lo natural y saludable que parecen las vidas asilvestradas que llevan el namibio y el mongol, a diferencia de la artificialidad de los entornos japonés y norteamericano. En cualquiera de los casos el documental es una buena ocasión -tanto si se tienen hijos como si no- para pensar observando el funcionamiento de la primera infancia, y quien quiera que extraiga sus enseñanzas y sus conclusiones particulares; el documental no juzga, ni plantea ninguna tesis ni manifiesta preferencia por un cierto tipo de infancia sobre otros. Y ello, por no insistir en el papel más bien modesto que tienen los progenitores -todos- en el universo de sus niños, lo cual debería hacer reflexionar un poco a los padres un tanto idólatras de su función de tales, que sin embargo tildan de ególatras a quienes deciden no tener hijos por querer dedicar sus vidas a sí mismos; acusaciones que se han cruzado en la polémica de la que he comenzado hablando.

Hay una cosa más, sin embargo, en la que es fácil pensar una vez que la película ya ha terminado; y es lo que seguirá a partir de ese punto y que el documental ya no podrá mostrar: la abismal diferencia de mundos que cada uno de los niños encontrará cuando sea adulto. Cómo el mundo que habitará el miembro de una tribu namibia o el de una familia de pastores mongoles poco tendrá que ver con el del futuro ciudadano de Tokio o de San Francisco. Pero también cómo la educación y la vida que desde el nacimiento reciben unos y otros es en el fondo la óptima y necesaria para los mundos distintos que los aguardan: la del bebé que viene al mundo en medio de una naturaleza casi salvaje no es una crianza necesariamente mejor que la del que se cría entre libros y juguetes de plástico, si el mundo que habitará este último cuando sea adulto será uno construido con libros y gobernado con juguetes de plástico.


(Fotografía: Human male white newborn baby crying / Evan-Amos)


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