El arte del silencio


Estudiando lo pasado, se aprende lo nuevo 

Proverbio japonés

Cuando la potencia visual de la imagen se convierte en un actor más de la película, pueden pasar varias cosas. Puede que el portento técnico detrás de esa llamativa imagen desemboque en una historia vacía de contenido e interés. Puede, por otro lado, que toda esa belleza que nos entra por la retina se convierta en un ejercicio contemplativo que, excedido en su espectacularidad, acabe siendo un fantástico postulante para documental de las tardes de La 2. Ahora bien, cuando el trabajo artístico se funde con una historia, que no es solo un relato sino un auténtico rompecabezas elíptico, y un estilo genuinamente original para el género en el que se enmarca, es entonces cuando estamos delante de una obra de arte. El director taiwanés Hou-Hsiao Hsien hace en The assassin algo que no veíamos en mucho tiempo: combinar lo plástico con lo bello, y lo bello con lo complejo de una aventura protagonizada por una mujer cuyas habilidades para el combate, un reclamo del género wuxia, se convierten en secundarias. 

Las artes marciales se combinan en este género tan olvidado en nuestros días con el melodrama y las relaciones de venganza, amor y familia, con una característica especial: el gusto por lo estético. Y es que el culto a la belleza de la imagen es algo que, con el tiempo, ha ido evolucionando. Alejándose de la tendencia moderna a la cámara temblorosa, la baja calidad de móvil o incluso la estética fea y decadente, casi adaptaciones del dirty realism de Bukowski, The assassin se recrea constantemente en su propia elegancia y su imbatible exhibición de finura. En ella, se explica (con más silencios que diálogos) una historia de venganza y poder, en la que la joven Yianning, entrenada como un arma infalible de lucha, se encuentra en una encrucijada ética con los mandatos de su maestra y sentimental con el reencuentro con un amor pasado. Con escasos datos, Hou-Hsiao Hsien construye un camino de pistas, por momentos indescifrables, en las que la intensidad de las miradas son un elemento para su resolución.

En este film se cruza lo mejor del clasicismo con una mirada renovada, la de un director que se desmarca de sus precedentes para crear una auténtica proeza técnica: la reinvención de una versión menos violenta y más existencialista, más poética, del wuxia. Es un cruce entre la lírica más espectacular de La casa de las dagas voladoras (Zhang Yimou, 2004) y los silencios cargados de significado del mejor cine de vanguardia. Incomprendida por muchos en su paso por el Festival de San Sebastián (es una de las peor valoradas por el público), The assassin está destinada a ser película de culto. Tendrá que pasar un tiempo para convertir lo novedoso en modélico y lo auténtico, en leyenda. 


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