La primera juventud de Boorman

Santiago Alonso 


En 1987 John Boorman estrenó su Amarcord particular. El responsable de títulos esenciales como Deliverance o Excalibur volvía con Esperanza y gloria al país de su infancia reconstruyendo un lugar y un momento, la periferia londinense y los tiempos bajo las bombas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, mientras relataba el día a día del chaval protagonista y su familia, que eran trasunto del mismo Boorman y los suyos. La película representaba un «yo me acuerdo» bastante poco convencional y realmente arriesgado, que no hacía consideraciones sobre el horror ni trataba el conflicto bélico como tragedia, sino que lo desplegaba a modo de telón de fondo excepcional donde transcurrían esas experiencias que moldean la personalidad de un niño de cara a la edad adulta. Aquella visión del mundo a través de los ojos infantiles chocaba muchísimo cuando se veía a través de los del espectador mayor, en cuanto a lo que suponía de ejercicio nostálgico en torno a unos momentos a los que la memoria colectiva de cualquier país no asociaría buenos recuerdos. Pero, lejos de extrañas intenciones revisionistas, el objetivo de Boorman era captar las corrientes emocionales del nuevo país que empezaba a desarrollarse a partir del drama y que iba cambiando sus sistema social y cultural tras varios siglos de Imperio.

Casi treinta años después tenemos Reina y patria, una continuación en toda regla. Ha llegado la década de los cincuenta y los jóvenes van a morir a Corea. Boorman retoma al personaje ocho después de donde lo dejó. Bill Rohan (Callum Turner) ha crecido y hace ahora el servicio militar. Tiene por delante dos años en la base de adiestramiento, encargándose allí de enseñar mecanografía a los reclutas. Para sobrellevar mejor la vida dentro de un ecosistema donde rigen valores con los cuales uno ya no se identifica, lo mejor que puede plantearse es unirse a alguien parecido y hacer piña. Así le sucede a Bill nada más conocer a Percy (Caleb Landry Jones), un compañero con quien comparte una misma visión del mundo, aunque no tanto los arrebatos de chaladura que muestra. Ambos sortean los absurdos de la disciplina del ejército, hacen el gamberro, hablan de sus películas favoritas. Salen también a ligar con chicas y a Bill le llega el momento del primer amor.

Ya que los dos largos cierran círculos biográficos distintos y, por lo tanto, funcionan de manera independiente, no es necesario haber visto Esperanza y gloria para disfrutar Reina y patria, si bien es cierto que al compararlas, al colocar una detrás de otra, esta segunda se redimensiona y alguno de sus aspectos más valiosos se iluminan con especial intensidad. Hay diferencias, sin duda, pero también, al mismo tiempo, complementariedad.

La recreación boormaniana de la primera juventud parece menos ambiciosa respecto a la de la infancia. Un poco es así y un poco no. Sin duda, el exceso de academicismo que denotan muchas secuencias no entraña un mérito, pero se perciben asimismo un impulso y un  compromiso parejos. La historia del Bill niño era un ejercicio de emocionalidad y revelación de lo íntimo dentro de un diseño de superproducción: un fastuoso plató al aire libre reproducía las calles donde vivía la familia y los efectos de los bombardeos, junto a una cuidadísima labor de ambientación hasta el mínimo detalle. Las vivencias experimentadas por el joven en Reina y patria suponen una contraposición: también se busca la esencia de la intimidad de una entera generación encarnada en su protagonista, pero entre las verjas de una base militar, un espacio mínimo porque así se ha vuelto la vida a ojos de Bill. Ha pasado de un mundo (que parecía) abierto a otro (que se termina revelando) cerrado.

Hay una transición de una vida de amplios espacios a una vida reducida y, consecuentemente, a una expresión más parca para describirla. Y, como nexo, el único espacio que comparte el díptico es la casa familiar sobre la isleta que se encuentra en medio del río, un locus amoenus filmado prácticamente igual que en la primera película, y representado como un auténtico refugio fuera de las vicisitudes narradas. El río, claro. Bill crece dentro de sus aguas la transición entre épocas se ha reflejado al inicio con un mismo plano, encadenando la imagen del niño y el joven – y en sus orillas descubrirá el camino hacia el cine. Sigue fluyendo la corriente.

Reina y patria contiene, por último y como diferencia fundamental, un regusto amargo final que no ofrecía su predecesora. Es una de las claves más importantes. Estamos en los cincuenta, recordemos, y se gesta el clima donde emanarán los movimientos culturales ingleses que darán tanto que hablar en años sucesivos, ya sean literarios, teatrales, musicales o cinematográficos. Recordemos: libertad y enfado.


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REINA Y PATRIA

Dirección: John Boorman.

Intérpretes: Callum Turner, Caleb Landry Jones, David Thewlis, Richard E. Grant, Vanessa Kirby.

Género: melodrama. Reino Unido, 2014.

Duración: 114 minutos.

 


 

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