El acto de mirar

Santiago Alonso 


Hace dos temporadas se estrenó The Act of Killing, un documental capaz de noquear al espectador y de dejar que una desazonadora huella mellara los ánimos. Simple y llanamente, embarcaba al publico en un viaje hacia una sucursal del infierno. La cinta reunía varias entrevistas a los autores materiales del genocidio que tuvo lugar en Indonesia entre los años 1965 y 1966, un horror con el resultado de más de un millón de asesinatos. Auténtico revulsivo en el país del hemisferio sur asiático, y algo parecido a una tétrico descubrimiento para muchos ciudadanos de Occidente —no tanto para los gobiernos estadounidense y británico, cuya responsabilidad representó toda la gama de opciones entre el apoyo y la ignorancia culpable—, el trabajo de Joshua Oppenheimer, Christine Cynn y un anónimo nativo, efectuaba un recorrido atroz por el delirio y la revelación de la verdad. Se mezclaban escenas kitsch, donde los asesinos reconstruían sus atrocidades bajo el prisma de varios géneros cinematográficos, con las explicaciones que los mismos relataban ante la cámara, orgullosos de su condición de bestias. Y entre los escalofríos y la repugnancia, se resaltaban los huecos de la memoria sepultada por el olvido de la sociedad: quedaban en silencio todas las víctimas, aunque, como presencias fantasmales, se intuyeran en los planos y las secuencias.

Toda esta labor contra la impunidad sirvió para empezar a romper las dinámicas de aquiescencia impuestas durante décadas en torno a tales crímenes contra la humanidad. Pero al filme le faltaba algo fundamental, una vez que se había desenmascarado un régimen construido sobre el horror: volver la mirada con atención hacia los supervivientes y hacia aquellos que han vivido desde entonces bajo el terror, sabedores que gobernantes y vecinos ejecutaron salvajemente a los suyos. Eso lo encontramos en La mirada del silencio, una continuación que va mucho más allá de presentarse como complemento de The Act of Killing, pues más bien confiere otra dimensión sus estrategias, y convierte ambos documentales en un díptico indisoluble. Un mismo puñetazo en dos tiempos, un acto de denuncia y justicia articulado desde un contraste: la locuacidad y la jactancia de los genocidas frente al silencio forzado de los supervivientes.

Si la primera película acababa centrándose en el asesino Anwar Congo, la figura que se retrataba con mayor detenimiento, La mirada del silencio tiene desde el principio un protagonista. Ese es Adi y representa la lucha actual de un todo pueblo por desvelar el trauma y combatir el negacionismo. Su hermano Ramli fue ejecutado por los escuadrones de la muerte, habiendo sufrido atroces vejaciones previas, amen de la ejecución en sí, a vista de todos. A partir de entonces su figura pasó a ser el recordatorio, velado entre susurros, de la barbarie y la evidencia que desarmaba cualquier fingimiento. Nacido después del crimen, Adi busca respuestas. Después, las exige. El miedo ha condicionado la vida de su madre y la de otras familias con un miembro comunista asesinado, un estigma que han aprovechado además las autoridades locales para afianzar su tiranía sobre amplios sectores de la sociedad. Mientras tanto, el lavado de cerebro aún persiste, como refleja la muy significativa escena de la escuela donde los pequeños de Adi asisten a una clase destinada a reverdecer la mentira, a sostener todavía la versión oficial.

Adi quiere entender y su afán lo llevará a acercarse a los verdugos, a preguntarles a la cara y revelarles quién era su hermano. Oppenheimer le acompaña a los encuentros y su cámara —esta vez sin Cynn, pero sí con un equipo indonesio formado por oriundos cuyos nombres siguen sin aparecer en los títulos de crédito por el temor a represalias— recoge la tensión que surge. Es tanta que, en ocasiones, la amenaza se vuelve incluso hacia Oppenheimer. De hecho, el mismo director ha declarado que los últimos materiales para esta segunda cinta se grabaron antes de estrenar The Act of Killing, sabedor que probablemente no volvería a trabajar a salvo en Indonesia.

Aunque La mirada del silencio vuelva a los espeluznantes sucesos relatados por parte de los carniceros, que explican los crímenes al detalle y en los mismos escenarios donde acontecieron, ahora es turno para las víctimas. Una parte importante la proporciona la exploración de la vida y la pena de la familia de Ramli, un limbo entre la  postración y la cotidianidad donde todavía vagan tanto la madre, Rohani, como el padre, Rukun. Y se abandona el tono alucinatorio que impregnaba a ratos el documental precedente. Ahora se construye una sencillísima, clara e impecable metáfora, una de las que proporciona insospechadamente la vida. El valiente Adi, de profesión optómetra, tiene la excusa perfecta para hablar con los monstruos dentro de su propia casa: mientras les gradúa la vista con el foróptero, les pregunta, sonsaca y pone en evidencia. Después de tantos años y horrores, ¿cuál es el alcance de la mirada de unos genocidas ya mayores? ¿Atisban algo parecido a la culpa? La respuesta es desoladora.


TLOS Adi and Amir Siahaan - photo credit Lars Skree@Final Cut for Real (1280x720)


La-mirada-del-silencio

 

LA MIRADA DEL SILENCIO

Dirección: Joshua Oppenheimer y anónimo.

Producción: Signe Byrge Sørensen.

Producción ejecutiva: Errol Morris, Werner Herzog, André Singer.

Género: documental. Dinamarca, 2014

Duración: 103 minutos.

 


 

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