Hace ya bastante tiempo -unos diez años- que los artistas “comprometidos” o “agitadores de conciencia” profesionales empezaron a resultarme algo enfadosos, hasta el punto de que con el tiempo terminé por evitarlos: dejé de leer sus novelas, de ver las películas en las que actuaban o que realizaban, cambiaba de canal si aparecían en televisión y no leía más que las primeras líneas de sus entrevistas en los periódicos con el fin de comprobar que su discurso aleccionador seguía, tras los años, siendo el mismo. Incluso un director por el que siempre tuve simpatía como Ken Loach hacía ya tiempo que me venía resultando un poco estomagante, y acabé por perderle la pista. Cuando esos mismos sermoneadores no eran artistas sino gente corriente con la que me iba topando por ahí traté, por regla general, de disimular lo más que pude el rechazo que me producían para no incomodarlas u ofenderlas: al fin y al cabo artistas o no, este tipo de personas, aunque pelmas, suelen ser en el fondo bastante bienintencionadas. Ahora, pasada una década, no me suscitan ya aquella aversión de entonces pero sí me producen una rara mezcla de hilaridad y estupor que no sé si acabará transformándose en otro tipo de sentimientos en el futuro; supongo que sí porque nunca somos mañana los mismos que somos hoy.

Uno de esos creadores es el director de cine Michael Haneke, en mi opinión quizá el caso más exagerado de artista “concienciado” o de “denuncia”. Su cine no participa de un compromiso político o ideológico; tampoco social: lo es del grado más extremo -y por tanto indigerible- de todos los que conozco. Pertenece a esa categoría superior de los “agitadores de conciencia” existenciales, los pesimistas crónicos; es decir los cenizos, los insoportables.

El director muniqués hace un cine muy querido por los intelectuales y muy bien recibido siempre por la crítica: erigido por muchos como un conspicuo representante de ese cine europeo que oponen al peor y más comercial cine americano ha cosechado bastantes premios con sus obras a lo largo de su carrera (en Cannes sobre todo, y por la Academia de Cine Europeo). Los parabienes que recibe con sus largometrajes suelen ser los mismos: se alaban su profundidad, su “honestidad”, su “fidelidad a sí mismo”, su negativa a la complacencia de los espectadores, su estilo “quirúrgico” a la hora de ahondar en el alma humana y cosas por el estilo, todas unánimes. Y cuando las obras de un realizador gustan tanto a un tipo de personas sin duda culto e inteligente y sin embargo uno sigue sin soportarlas una tras otra cabe formularse la pregunta que más difícil respuesta ha tenido siempre: ¿por qué?; qué ocurre para estar tan en desacuerdo con aquellos críticos y con los sofisticados discursos que elaboran dando la bienvenida –si bien con semblante adusto- a cada nueva criatura del director.

Las películas de Haneke giran invariablemente sobre el mismo tema: la presencia siempre acechante del horror en la vida burguesa feliz o aparentemente feliz; presencia que de improviso deja de estar agazapada y salta con todo su poder destructor, y a la cual nada cabe oponer: no hay más escapatoria a ese infierno en vida ni otra solución que la muerte. Y ello con un carácter de algo más que inevitable: resulta ser intrínseco a la vida misma; el horror es la esencia de la propia vida humana. Sus películas tienen similar factura: cámara fija, ritmo lento en la narración -angustiosamente lento-, ausencia de música, sordidez. En todas Haneke se recrea minuciosamente en las escenas más repugnantes: repugnancia más moral que física, pero que igualmente le revuelven a uno -es decir a mí- un poco las tripas; en todas hay una ausencia total de la menor sonrisa o sentido del humor; no hay alegría, no hay belleza, ni hay compasión ni hay amistad. Tampoco amor: ni siquiera su última película, que se titula precisamente Amour, trata de este sentimiento sino de la decadencia repentina y la consiguiente destrucción biológica de una mujer: el amor que su marido siente por ella se muestra una fuerza inútil; lo que llamamos “amor” resulta un vínculo estéril salvo para multiplicar hasta lo indecible el sufrimiento de quien asiste impotente al infierno de su ser más querido.

Es comprensible que Haneke tenga sus obsesiones: todo el mundo las tiene; es comprensible incluso que haga suyas las de otros: en la película La pianista adapta las de la autora austriaca Elfriede Jenilek (Nobel de Literatura y otra que tal baila). Lo que ya no es comprensible es que esa visión de la existencia como algo inequívocamente sórdido e infernal haya de ser machaconamente objeto de arte. Si uno quiere expresar artísticamente sus angustias vitales como medio terapéutico, está muy bien, que haga lo que le plazca; que en cambio pretenda ofrecer al mundo algo que no debería salir nunca de su íntima persona ya no me parece éticamente –y tampoco estéticamente- aceptable. Sin embargo, Haneke y otros tantos como él -si olvidamos el aspecto egoísta que tiene el asunto de la catarsis personal convertida en producto de consumo- actúan en el fondo movidos de buena fe. Nos dicen con sus obras: “Atended bien y despertad del letargo sordo y ciego en el que vivís cándidamente: mirad cómo es la vida, cómo es la existencia que sois incapaces de ver y que yo os muestro; yo sí he logrado comprender verdaderamente qué es eso que se llama realidad: aquí os lo ofrezco”.

En cambio, no creo necesario que ningún Haneke tenga que decirnos una y otra vez lo obvio: que la vida es un hecho milagroso que en cualquier momento puede acabar; que la felicidad y la ternura, la amistad y el amor están permanentemente asediados por el horror y la nada son cosas que todo el mundo sabe; todo el mundo ha padecido de una u otra forma el horror. El compromiso que un auténtico artista debería adquirir consigo mismo debería ser muy distinto del de los Hanekes; para repetir lo evidente es mejor no decir nada. Lo meritorio no consiste en señalar lo tenebroso sin más sino indicar de una vez dónde hallar algo de luz; el verdadero creador no debería conformarse con mostrar el horror sino enseñarnos a conjurarlo. Y permitirnos habitar en la ficción, siquiera por breve tiempo, una porción de paraíso.

Mi conclusión es esta: Haneke no es un artista sino un intelectual, y por ello gusta tanto a los intelectuales; como a estos, le falta esa capacidad de ver más allá, esa penetración y esa inteligencia superior de los verdaderos creadores. Está atrapado en su propio laberinto, en lo superficial que él cree hondura, en la náusea. Con el aire propio de los apesadumbrados va paseando por la vida su tortuosa carga frente a la aparente ligereza de los que ríen, algunos de los cuales piensan: “ahí va un ser profundo y sabio, no como nosotros…”, cuando en verdad es todo lo contrario.


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Fotogramas de Michael H. Profesión: director de Yves Montmayeur. Fuente: Cameo


 

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