Santiago Alonso 


En una de las secuencias más significativas del segundo episodio de La infamia (2017), un personaje verbaliza alto y claro en una sola frase, cuando por fin da salida a la rabia que ha acumulado dentro durante años, una idea que no solo resume a la perfección el tema de esta miniserie británica, sino también la ignominiosa realidad planetaria de la violencia sexual contra las mujeres y los menores. Estamos en la ciudad de Rochester y una detective de la policía del condado de Gran Mánchester, que tiene buenas intenciones pero no consigue ocultar cierta arrogancia, le pide a una trabajadora social especializada en el campo de la salud sexual todos los informes que tenga sobre los abusos de los que en su día avisó, sin ningún éxito, a las autoridades. «Esas chicas llevan años contándome cosas y no he podido hacer nada al respecto porque no os interesaba», empieza diciendo la trabajadora social, a lo que la detective le responde que van a enmendar el error. Y la otra estalla replicando que qué cree que ha sido de esas chicas mientras tanto, y repite en voz alta un par de veces tres palabras como tres aldabonazos: «¡Violadas, maltratadas y ninguneadas!». El recordatorio martillea la conciencia de la detective, aunque también funciona a otros niveles, porque no es difícil que los espectadores vean en esas tres palabras tanto el triste y terrible resumen del relato que están viendo como la síntesis de una de las caras más criminales del patriarcado.

Los tres capítulos de La infamia cuentan un hecho real tristemente conocido por los ciudadanos de las islas, pero no tanto por nosotros. En 2012 los tribunales condenaron a nueve pakistaníes británicos por haber organizado una red de abuso sexual a menores de edad en Rochdale, quedando demostrados los delitos de violación y proxenetismo de los que fueron víctimas al menos cuarenta y siete adolescentes, casi todas de raza blanca y en riesgo de exclusión social, entre 2008 y 2009. Y la monstruosidad no acababa ahí, porque los hechos, pese a las continuas alertas a las autoridades dadas por personas como la mencionada trabajadora social, no fueron tenidos en cuenta, por las dudas sobre la fiabilidad de las víctimas (en otras palabras, debido a su humilde extracción) y, tal cómo se debatió más adelante, por el miedo a que surgieran acusaciones públicas de racismo. Como caso mediático con varias repercusiones polémicas que exigen a los ciudadanos mirar frontalmente los hechos y un posicionamiento sin medias tintas, la historia tenía todos los elementos para inspirar una película o serie de denuncia donde se analizaran males sociales y el comportamiento humano frente a los atropellos que sufre por sistema una mitad de la población solo por su sexo. Ahora bien, también brindaba la oportunidad de reflexionar sobre cómo se pueden abordar desde la ficción sucesos de este tipo. Y viendo el resultado de La infamia, la solución presentada por la cineasta Philippa Lowthorpe, el docudrama, se revela un acierto desde una perspectiva tanto artística como ética.

Sigue siendo llamativa la escasa consideración que todavía a día de hoy tiene este subgénero. Nacido en los albores del documental de la necesidad de completar la narración con imágenes recreadas, el docudrama (o un específica dramatización de hechos reales) llevó a enfrentar a los documentalistas que lo veían como recurso justificable, solo si la intención era buena, con los que abogaban siempre por una forma pura, es decir, por el uso exclusivo de filmaciones en tiempo y espacio reales. Con el tiempo, ya constituida como modalidad propia —que, además, en absoluto implica por definición una rigidez expresiva, sino que permite el contacto y hasta las hibridaciones con otras formas narrativas: véase la obra de Peter Watkins— parece que terminó asociándose solo a propuestas abonadas al escándalo fácil y la ramplonería telefílmica durante los años setenta, o a ser recurso chusco en programas de sucesos de los ochenta y noventa. Aparte de lo discutible de estas ideas, y a falta todavía de una revisión crítica de ciertas producciones cinematográficas y televisivas, hay que remarcar que, sobre todo a partir de los 2000, varios directores han dignificado el docudrama hasta convertirlo en una categoría de narración tan válida como cualquier otra, y a veces, dependiendo del tema tratado, quizás la que más. Encontramos un ejemplo particularmente alabado en parte de la obra de Paul Greengrass, el director de Bloody Sunday (2003), la reconstrucción del fatídico 30 de enero de 1972 en Londonderry, y United 93 (2006), el filme sobre los últimos momentos que vivieron los pasajeros del cuarto avión secuestrado durante los atentados del 11 de septiembre.

Lowtorne y su guionista, Nicole Taylor, apuestan por un objetivismo donde la sencillez del relato no entraña la simplificación de los conflictos, ni la recreación meticulosa un envaramiento de la acción. Asimismo, y este es un propósito que se cumple con minuciosidad desde el principio hasta el final, no hay rastro de un sensacionalismo que sobre todo establecería una nueva manera de explotar a las víctimas. Al comienzo de cada capítulo de La infamia, unas notas sobreimpresas avisan de que lo que se va a mostrar a continuación se ha obtenido directamente de entrevistas, declaraciones efectuadas durante el juicio e investigaciones relacionadas con el caso, un propósito que, lejos de dar como resultado una mera teatralización recogida por la cámara, da lugar a un drama cuya traducción en imágenes transmite a la vez dureza, credibilidad y compromiso.

Aunque no suponga una sorpresa, es imposible dejar de subrayar que buena parte de la energía que desprende la miniserie y el mantenimiento de su tono se deben a dos factores por los que las producciones británicas se distinguen a menudo en grado superlativo: la captación de los ambientes –en este caso, plasmando de modo muy realista la depauperación de la clase trabajadora, los entornos urbanos menos favorecidos y las familias desestructuradas– y un sobresaliente elenco actoral, donde hasta al secundario con dos frases lo verías capaz de protagonizar con brillantez cualquier otra serie. Sin embargo, más importante si cabe es la decisión de colocar a las mujeres implicadas en el centro del relato y, sobre todo, de dar voz a cada una de ellas, porque, por una u otra razón, no siempre la tuvieron. En primer lugar están tres de las víctimas, a las que hace referencia el título original, presentadas con los nombres ficticios de Holly, Amber y Ruby (e interpretadas respectivamente por unas fantásticas Molly Windsor, Ria Zmitrowicz y Liv Hill); y en segundo, la trabajadora social a quien las autoridades ignoraron de modo sistemático, Sara Rowbotham (Maxine Peake), y la detective con la que tiene el encontronazo descrito antes, Margaret Oliver (la gran Lesley Sharp), una persona que tampoco estuvo de acuerdo con cómo se llevaron a cabo las investigaciones posteriores.

La voluntad de mantener siempre el foco en esas cinco personas, incluso por encima del relato de las reacciones ciudadanas ante el proceso judicial (el debate en el seno de la comunidad de origen pakistaní o las manifestaciones racistas), que aparecen reflejadas mediantes sucintas pero inequívocas pinceladas, sirve para que se asienten con firmeza las explicaciones sobre lo sucedido: cómo pudieron perpetrarse en el Reino Unido del siglo XXI semejantes agresiones continuadas a estas jóvenes y el proxenetismo que sufrieron después; cómo se generó el posterior desamparo que las revictimizó, en una escala que fue de la indiferencia a la pretensión única de que las chicas olvidaran sin más lo sucedido.

Y aquí es donde entra en juego la poderosa práctica cinematográfica de Lowthorpe —con el apoyo de la montadora Úna Ní Dhonghaíle, que no por casualidad divide su carrera entre los documentales y los trabajos de ficción— siempre con responsabilidad ética y respeto máximo por las protagonistas de estos sucesos en la vida real. De hecho, la realizadora estuvo acompañadas varias veces por ellas en la sala de montaje. Y como muestra de su trabajo, tres botones. El primero es la escena de la violación de Holly, cuya planificación mediante minielipsis y tomas desde el punto de vista subjetivo de la víctima constituye un ejemplo impecable del modo en que se puede plasmar en imágenes la violencia sexual, sin recurrir al regodeo de la explicitud. El segundo, el momento en que Amber, con lágrimas silenciosas que bajan por su rostro casi de repente, observa por la ventana a los padres de Holly, quienes han venido a recoger su hija, y a ella la envuelve una sensación total de abandono. Y el tercero, la intervención ante el jurado de Ruby, una adolescente con problemas de aprendizaje, a través de un monitor: la chica se encuentra en una sala adyacente, y la distancia física que se establece entre ella y los agresores (un juego de primeros planos de su cara en el monitor de la sala principal y de otros planos directos de Ruby, protegida por una barrera que la separa para siempre de los abusadores) provoca que, quizás por primera vez, empiece a ser completamente consciente de los horrores a los que con trece años la condujo su novio casado de treinta y pico.

La infamia recibió un total de 31 premios (en Reino Unido, Irlanda, Francia e Italia), incluidos los Bafta de 2018 a la Mejor miniserie y a la Mejor actriz de televisión para Molly Windsor, certificando la valía del docudrama como formato artístico y las posibilidades que brinda para hacer buena ficción televisiva de corte social. Algo que corrobora, más allá de cualquier galardón, una audiencia de 18 millones de espectadores (entre los que vieron su primera retrasmisión y los que más adelante accedieron al servicio de visionado de la BBC), y el hecho de que, según declaró Lowthorne en una presentación posterior al estreno, expertos en delitos de explotación sexual a menores hayan convertido la serie en una herramienta de trabajo.

Viendo estos números y datos, es lógico preguntarse por qué ha tardado cuatro años en estrenarse aquí, casi de tapadillo en la plataforma Filmin, y su casi nula repercusión. Poco o casi nada se ha leído sobre ella en los espacios habituales donde se escribe sobre series; ni periodistas ni políticos seriefilos la han comentado. ¿Existen todavía prejuicios contra el docudrama? Desde estas modestas líneas se han intentado aportar algunas ideas a favor del subgénero. ¿Y si hay tal sobreabundancia de producciones televisivas que se hace difícil separar el grano de la paja? ¿Tal vez la hegemonía de las series estadounidenses y de las dos o tres plataformas mundiales constituye un rodillo que nadie tiene ganas de cuestionar? ¿Solo siguen llamando la atención las historias sobre adolescentes de densidad agotadora y ciertas dosis de trampa? ¿Sigue siendo la representación de la violencia sexual sinónimo de morbo? ¿O acaso será que no existe una preocupación genuina en nuestra sociedad por las víctimas de los abusos que explica La infamia? Para responder a tanta duda habría necesariamente que emplazar al lector a otros artículos, algunos fuera del ámbito estricto de la crítica cinematográfica y televisiva…


Puedes ver LA INFAMIA en Filmin



 

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