Santiago Alonso 


De los monstruos de película que, preparando cuarto y mitad de incautas y atolondradas víctimas, reinaron en las pantallas de los años ochenta, Pinhead era muy diferente al resto, algo que quedaba claro ya desde el prólogo de Hellraiser, los que traen el infierno (1987). El terrorífico líder de los llamados «cenobitas», que vestía una especie de sotana negra de cuero y llevaba la cabeza repleta de clavos, aparecía en una historia que poco tenía que ver con las andanzas sangrientas para adolescentes de Freddy o Jason; de hecho, aunque su presencia amenazante, sujetando una pequeña caja-enigma que traía todos los males a quien conseguía resolverla, se quedó grabada en el imaginario de los aficionados al género, la cinta tenía otros personajes y alicientes más atractivos si cabe. Y es que, en su debut como cineasta, el ya por entonces famoso escritor británico Clive Barker consiguió de modo bastante satisfactorio trasladar a la pantalla —pese a tener que pagar el peaje de incluir ciertos convencionalismos comerciales— las señas de identidad que animaban sus cuentos, recogidos en los seis volúmenes de Libros de sangre, publicados entre 1984 y 1985, a saber, una combinación de terror macabro y sanguinolento, erotismo decadentista y onirismo.

Se acaba de publicar el ensayo Hellraiser. Mitología del Lamento (Applehead Team, 2021) de Sergio Colmenar, que tiene por objeto analizar en profundidad todos los aspectos relacionados con el largometraje y su repercusión posterior como buena obra de culto. Con un estilo fiero y desinhibido, nada habitual en este tipo de estudios sobre cine, el autor rinde homenaje a una de sus obsesiones personales desde que era niño, poniendo el acento en la carga atmosférica, la sordidez y los conceptos en torno al placer y el dolor que encierra la obra. En palabras de la prologuista, la novelista Pilar Pedraza, se trata de «una obra madura y fragante, que no renuncia a poner el dedo en la llaga pero tampoco a expresar su simpatía y entusiasmo». Además, también se hace un recorrido por la muy irregular saga que dio lugar a la ópera prima de Barker, hasta completar un total de diez películas.

En este punto reside uno de los mayores intereses del libro, incluso para lectores a quienes no les interese el cine de terror. Colmenar explica muy bien las dinámicas de las productoras para estirar el chicle cuando un estreno triunfa en taquilla. Básicamente, la devaluación de una idea hasta extremos insospechados si se sigue haciendo caja. Sin concretar un discurso general al respecto, el autor muestra con amplitud, comentando cómo se hizo cada una de las secuelas de Hellraiser (a partir de la quinta, estrenadas directamente en vídeo), una radiografía nada benevolente del fenómeno de las sagas cinematográficas. En evidencia quedan tanto los que impulsaron esta como los que hablan de ella, porque en torno al universo barkeriano de Pinhead y sus secuaces infernales ha surgido una legión de comentaristas y exégetas que miran y remiran un corpus fílmico demasiado pobretón, por no decir que falto de sentido.

Para empezar, poco ha hecho el mismo Barker para evitar la deriva tomada por las continuaciones de su historia original, que en ningún momento estuvo concebida como punto de partida para la creación de una mitología particular. Según cuenta el libro, el inglés apenas ha participado en las películas posteriores (algo más en la segunda), más allá de aportar sugerencias, hacer que su nombre salga bien visible en los créditos o protagonizar piques con los productores. Después, las películas fueron contando paulatinamente con menos presupuesto y tiempo de rodaje, exiguos ambos, mientras que se hacían cargo de ellas profesionales que para colmo debían remozar a la carrera guiones o proyectos de guion que no estaban relacionados con Hellraiser, añadiendo dos o tres escenas con un Pinhead cada vez más fuera de lugar o inventándose al buen tuntún nuevos cenobitas. Quizás, la historia más alucinante se la cuenta a Colmenar el director español Víctor García, quien firmó la novena entrega, Hellraiser: Revelations (2011): muy pronto descubrió que el proyecto por el que había sido contratado nació un mes de junio, de repente, cuando los productores mandaron que se escribiera un guion exprés y se iniciara la producción de la película porque se dieron cuenta de que al llegar septiembre perderían los derechos a favor de Disney si no estrenaban una nueva secuela. Por cierto, esta historia tiene villanos de categoría en el mundo real, porque dichos productores eran los hermanos Harvey y Bob Weinstein. Mantuvieron la fábrica de salchichas con vistas a que Miramax, a través de su división Dimension Films, pudiera apadrinar por todo lo alto un remake del film original, un proyecto todavía no concretado aún a día de hoy desde que se pusiera en marcha hace casi dos décadas.

Aunque el fenómeno que radiografía se circunscribe al cine de terror y a un público más reducido, las reflexiones que se extraen tras leer Hellraiser. Mitología del Lamento establecen una vara de medir válida para cualquier serie cinematográfica que se transforme en una franquicia —tal vez debería empezarse a subrayar el muy significativo matiz que diferencia un término de otro— donde se va improvisando un plan rector que no estaba prefigurado cuando el escritor original concibió la historia, aunque su construcción narrativa diera pie a ello.

Está claro que no es un hecho nuevo, pues ha existido siempre en la literatura popular o en el mundo del tebeo, sobre todo el protagonizado por superhéroes, a veces con resultados bastante satisfactorios. El problema no es en sí la multiplicación fílmica por esporas, con trilogías, precuelas, spin offs y demás derivaciones, sino la atención generada estreno tras estreno pese a la manifiesta pobreza de los resultados y el escaso espacio para la sorpresa genuina, como si los aficionados no quisieran admitir la imposibilidad de que la fascinación que daba vida a la primera o las primeras películas ya se agotó en su día. Y si hay un caso paradigmático es la turra intergaláctica de Star Wars. En ese sentido se agradece la campechanía de la que hace gala Doug Bradley, el actor que encarnó a Pinhead las ocho primeras veces. Hablando de su forzada aparición en la quinta parte, se queja del engaño a los aficionados, al mismo tiempo que declara: «Trabajé un total de tres días en Hellraiser: Inferno. Fueron tres días muy bien pagados, el tipo de días que hacen feliz a tu mujer. Si esa pudiera ser mi tarifa diaria para el resto de mi carrera, ¡estaría muy contento!». Malos tiempos estos para edificar mitologías consistentes y disfrutar con la fantasía.



 

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