Vestido de rosa

Jesús Cuéllar


En medio del enconado debate sobre el proyecto de «Ley trans» en España, que enfrenta a diversas formas de entender el feminismo, llega a nuestras pantallas Una niña, el nuevo documental del francés Sébastien Lifshitz, que relata la lucha de Sasha, un niño de ocho años que desde los cuatro se siente niña, y que quiere actuar como tal y que así lo acepte su entorno.

Repitiendo el modelo de la magnífica Adolescentes (2019), donde seguía durante varios años el proceso de maduración de dos chicas de una ciudad de provincias francesa, Lifshitz se mete aquí de lleno en la familia de Sasha y, amparándose principalmente en los testimonios a cámara de su madre y en imágenes de la propia niña en su casa, en clase de ballet o en consultas médicas, narra las vicisitudes que ella y su familia tienen que pasar para ver reconocido el derecho de la menor a que la sociedad acepte la identidad de género que ella siente.

Lifshitz construye una delicada obra de cámara (el papel de la música clásica es preponderante como acompañamiento de la acción) en la que una pareja heterosexual, férrea —y quizá un tanto sorprendentemente— unida en la defensa de la convicción de su hija, va buscando los apoyos médicos y burocráticos necesarios para que esta lleve una vida «normal» como mujer. No estamos ante un caso de hermafroditismo, como los narrados en XXY (2007) por la argentina Lucía Puenzo o probablemente por Jaime de Armiñán en la rompedora y ambigua Mi querida señorita (1971). Una niña entra de lleno en el debate al que antes se aludía, porque atañe a la legitimidad de la «autodeterminación» del propio género que ahora se discute en España. En este sentido, Lifshitz, como el belga Lukas Dhont en la desgarradora Girl (2018), recurre a la descripción de unos hechos tozudos (Sasha se siente inequívocamente niña, aunque biológicamente haya nacido varón), que le sirven para abogar, de un modo nada enfático pero claro, por el respeto a los deseos del sujeto que siente la necesidad de cambiar de sexo, incluso desde su más tierna infancia. Sin embargo, la respetuosa narración de Lifshitz muestra también actitudes médicas que, desde un comprensivo acompañamiento a la menor y a su familia, optan por la precaución y el paso del tiempo como pasos imprescindibles en el tránsito hacia el definitivo cambio de sexo.

Más allá del debate sobre el núcleo dramático del documental, está el de la pertinencia de su propio formato. Sébastien Lifshitz ha declarado: «Un anónimo siempre es consciente de ser filmado. A veces, siente el deseo de ofrecerte una representación imaginaria de sí mismo, pero esa interpretación se evapora al cabo de unas horas. Al final, siempre aparece su naturaleza profunda». Tanto Adolescentes como Una niña ofrecen una sorprendente frescura, una naturalidad que parece absolutamente ajena a la presencia constante de cámaras en la vida de los protagonistas (en Adolescentes ni siquiera se acusa la presencia del observador externo, ya que no hay declaraciones directas ante la cámara). Sin embargo, es imposible no pensar que la compañía permanente de extraños en la propia cotidianidad no afecte al devenir de la propia existencia, por mucho que el sujeto acabe por acostumbrarse a esa especie de vigilancia consentida. Por otra parte, tampoco el autor se plantea hasta qué punto es lícito convertir a un menor en símbolo de una lucha, como parece querer su madre, siempre con la intención de ayudar a Sasha, y exponerlo en sus momentos más íntimos a la vista de todos los espectadores.

En el documental Vestida de azul (1983) en el que el recientemente fallecido Antonio Giménez-Rico entrevistaba a varios transexuales de la España de la época, uno de ellos recordaba que su madre lo consideraba a él un «mal suceso», mientras que otros hablaban de la «gente normal y corriente», como si ellos no formaran parte de ese colectivo. Películas como Una niña demuestran hasta qué punto ha cambiado el discurso sobre la transexualidad: donde antes se veía una rareza, una anomalía patológica o algo vergonzante y ridículo, ahora se plantea una reivindicación y se aspira a la «normalización», o más bien a la aceptación de que el principio de «normalidad» es absolutamente discutible y cambiante.

El enfoque amable y tolerante con el que se ha filmado Una niña, una obra en la que sólo se atisban los problemas a los que tendrá que enfrentarse Sasha de mayor (difíciles tratamientos médicos o rechazos más difíciles de manejar que el que ha sufrido en el colegio, que sí se abordaban en la ya mencionada Girl) facilitan la comprensión de una situación que debemos observar intentando desprendernos de prejuicios, con frecuencia basados en el desconocimiento. Sin embargo, no constituye más que el principio de un debate que sigue suscitando una gran controversia.



 

UNA NIÑA

Dirección: Sébastien Lifshitz.

Género: documental. Francia, Dinamarca, 2020.

Duración: 90 minutos.

 


 

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