Irene Bullock


«Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».

Friedrich Nietzsche

En una recepción a la princesa Margarita que se celebra en la mansión de George Cukor, justo después de una fotografía de viejas glorias al lado de los actores de La novia de Frankenstein (1935), Boris Karloff y Elsa Lanchester, un James Whale anciano y cansado (Ian McKellen) pronuncia la siguiente frase cuando su joven acompañante, Clayton Boone (Brendan Fraser), su jardinero, le pregunta si ha sido divertido volver a ver a sus monstruos: «Los únicos monstruos están aquí». Y en ese momento el director de cine se señala la cabeza. Esa declaración y ese movimiento dan todo el sentido a Dioses y monstruos (Gods and Monsters, EEUU, 1998), de Bill Condon, una película que capta totalmente el espíritu de la novela en la que se basa, El padre de Frankenstein, del escritor Christopher Bram, y que recrea e imagina los últimos días de uno de los directores más míticos de la Universal.

Durante los años treinta  la Universal se especializó en películas de terror como Drácula (1931) de Tod Browning, o El doctor Frankenstein (1931) de Whale. Estas producciones se realizaron durante el periodo de entreguerras y en plena Gran Depresión, y atrapaban de alguna manera el estado de ánimo de una sociedad que había vivido los horrores de la Gran Guerra y se precipitaba a otro conflicto mundial porque las circunstancias económicas, políticas y sociales no auguraban estabilidad alguna. El público que acudía a la sala de cine necesitaba evadirse, y los monstruos del estudio cumplieron su papel, pues representaban un miedo concreto y externo, que de alguna manera hacia olvidar otros más temidos y destructores. Esas películas mostraban un terror con cierto grado de inocencia; en ellas se sabía perfectamente de dónde venía el mal y estaban protagonizadas por monstruos a los que se tomaba cariño porque también reflejaban indefensión y soledad. Además, se les solía derrotar y, en cierta medida, no dejaban de ser presentados como seres al margen: vampiros, momias, hombres lobos, fantasmas de la ópera, hombres menguantes y otros invisibles…

 Este aspecto se refleja en Dioses y monstruos donde James Whale es un hombre que teme la enfermedad, el dolor, la vejez y el deterioro, tras una larga estancia en el hospital. Acostumbrado a crear monstruos para la pantalla, intenta  inventar uno que le haga más fácil el camino hacia la muerte, pues así sabe a lo que se enfrenta. Solo que se equivoca en la elección: trata de «dibujarlo» y «cincelarlo», y para ello busca como lienzo o molde a su jardinero. Sin embargo, este, bajo su aspecto de bestia, oculta un hombre frágil, herido y tan solo como el cineasta. La película ofrece, entonces, un sensible y poético relato de dos personajes solitarios enfrentados a sus miedos.  

Entre la realidad y la ficción

Bill Condon se sumerge en una narrativa cinematográfica clásica que se centra sobre todo en unos personajes muy bien construidos. Nace así una historia bajo dos miradas: la de James Whale, el creador, y la del joven jardinero, el fallido monstruo. Su relación transcurre en un breve periodo de tiempo, pero  es intensa y enriquecedora para los dos.  En la narración se insertan sueños, fantasías y viajes al pasado de James Whale como espejo de lo que pasa por su cabeza, en continua ebullición desde que sufrió un derrame cerebral que minó notablemente su salud. Los personajes reales se mezclan con los ficticios, notándose que detrás del film hay todo un trabajo de documentación sobre la vida, la obra y la personalidad de Whale (presente también en el material de partida, la novela de Bram).

Así, aparecen fugazmente personalidades del Hollywood clásico: como la pareja de Whale durante más de veinte años, el productor David Lewis; George Cukor, su supuesto rival, a la manera de contrapunto cómico; Boris Karloff y Elsa Lanchester, que están presentes tanto en sus visiones como en el momento «real» de la recepción; Liz Taylor, como estrella inalcanzable y etérea para el alucinado jardinero…

Pero en el meollo de la historia hay dos personajes ficticios que acompañan las últimas horas del director. Primero, el ya mencionado jardinero musculoso, un exmarine que lleva una existencia solitaria y errática pero que desea tener una vida especial (en la novela va más allá: se siente «basura blanca») Y, segundo, una sirvienta fiel llamada Hanna (Lynn Redgrave), que ha vivido los momentos de gloria del director, y que no le abandona en los peores. Es una mujer tradicional y creyente; desaprueba la vida sexual de Whale, pero lo ve como un hombre bueno. Aunque Redgrave dota a Hanna de una personalidad encantadora, hay en el libro un matiz interesante que hubiese enriquecido más esta obra cinematográfica: el personaje se llama María y es una mujer mayor mexicana. De esta manera en la novela se hace más evidente que las tres figuras principales, por un motivo u otro, están en el margen de la sociedad. Son tres individuos solitarios que, de alguna manera, logran conectar.

Sin embargo, también funciona la conexión que establecen estos tres personajes en la película, aunque sobre todo se apunta a la relación entre Whale y Boone, que es el eje central. Mucho tiene que ver la interpretación tanto de Ian McKellen como de Brendan Fraser, que aportan todos los matices necesarios no solo para hacer creíble su extraña amistad, sino para alcanzar cotas elevadas de emoción y dolor, sobre todo en el momento en que James Whale trata por todos los medios  provocar a Boone para que surja toda su ira. Lo que no se espera es que este se rompa en mil pedazos ante la petición salvaje que le realiza: «Mátame».

James Whale, el padre de Frankenstein

A través de los flashbacks, de los diálogos y de determinadas secuencias de Dioses y monstruos, se puede construir la verdadera historia de James Whale. Y aunque se fabula su final, sí es cierto que apareció muerto, flotando en su piscina, el 29 de mayo de 1957; y también es verdad que hubo una nota de suicidio, pero su expareja, David Lewis, la ocultó durante años para proteger el nombre del mítico realizador del estigma social del suicidio. Por cierto, en dicha nota, Whale escribió: «Mi vida ha sido maravillosa».

Sin duda fue uno de los directores estrella de la Universal durante los años treinta, y su fama se debió sobre todo a sus películas de terror, aunque él quiso ser reconocido por otro tipo de obras como Magnolia (1936), un musical del que se sentía muy orgulloso. En la actualidad se le recuerda por sus monstruos y no por los demás géneros que cultivó. Por otro lado, en la película de Condon, la relación entre Boone y Whale se establece por la petición de este último de dibujar al primero, algo que no es de extrañar, pues al cineasta sí se le daba bien dibujar y, de hecho, era un apasionado de la pintura, dedicándose a ella durante sus últimos años de vida.

Uno de los aciertos de Dioses y monstruos es la forma en que vemos tres caras de James Whale, de tal manera que se hace evidente la complejidad y riqueza de su personalidad. Por una parte, el espectador es testigo de su presente, como un director de cine retirado en su casa de Hollywood, de quien nadie se acuerda ya. En una secuencia clave surge su segunda cara, durante su entrevista con un joven universitario, Edmund Kay (Jack Plotnick), que está enamorado de sus películas de terror. Mientras habla con el joven se presenta con la personalidad que se inventó para el mundo del cine: la de un hombre sofisticado, aristocrático y elegante; un caballero con un cuidado acento británico que vivía libremente, con éxito y sin ocultar en ningún momento su homosexualidad (exactamente igual hizo George Cukor) durante los años treinta. Por último, el espectador conoce su verdadero rostro a través de los flashbacks y sueños. Así uno se sumerge en el interior de su cabeza y conoce de primera mano su pasado real y sus miedos presentes. En realidad, el mítico director nació en el seno de una familia obrera inglesa de Dudley. No tuvo una vida fácil y, además, le marcó su dura experiencia como soldado durante la Primera Guerra Mundial. De hecho, no solo sufrió heridas físicas, sino que fue prisionero de guerra. Durante su encierro inició su relación con el teatro, y esto le sirvió para más tarde trabajar en las salas londinenses durante varios años. La oportunidad le llegó cuando montó una obra sobre la Primera Guerra Mundial, esta se convirtió en pasaporte para Hollywood y en la primera película que rodó: Journey’s end (1930).    

El motivo de su ruptura con Hollywood fue precisamente una película, como le explica con ironía Whale al joven estudiante durante su larga entrevista. Justo en la cumbre de su éxito, en 1937, cuando ya había rodado sus grandes obras de terror (además del díptico con el monstruo y el doctor Frankenstein de protagonistas, hay que recordar sus otras dos obras de culto: El caserón de las sombras y El hombre invisible), quiso rodar un proyecto muy personal. Se trataba de The Road Back, la adaptación de una novela de Erich Maria Remarque que era una continuación de Sin novedad en el frente (llevada al cine por Lewis Milestone en 1930). El libro narraba las vivencias de soldados alemanes tras la Primera Guerra Mundial. Whale vio cómo el estudio sucumbió a las presiones de los alemanes para que el proyecto no se realizara tal y como él lo había concebido. ¿La razón? Estos amenazaban con no estrenar las películas de la Universal en su país, donde ya se había prohibido la obra de Remarque. De este modo, la película sufrió cortes y, además, se le añadieron nuevas secuencias que aligeraban el drama. De esta manera empezó el desencanto con Hollywood, la voluntaria marginación y la ruptura con una vida dedicada al cine.

Largo camino hacia la muerte

 Dioses y monstruos es un largo camino hacia la muerte. Whale no quiere la agonía y el deterioro, sino que prefiere saber en todo momento a qué se enfrenta. Por eso desea un monstruo en su vida. Y lo busca en el interior del jardinero, provoca su ira y furia para que le arrebate la vida a golpes. Lo que no tiene en cuenta es que el «monstruo» que se ha buscado es muy frágil, igual que el de sus películas. Solo al ver la vulnerabilidad del otro, asume la suya. De esta manera sale fortalecido y se enfrenta solo a sus miedos y a su propia muerte.

Clayton Boone también aprende de esta experiencia junto al viejo cineasta. Además se convierte en un espectador de excepción de La novia de Frankenstein. En una secuencia que transcurre en un bar, la ve junto a un grupo de amigos en la televisión. Mientras los demás se meten con la película y se ríen de ella, Boone se identifica con la bestia. Les dice a todos, molesto por sus burlas, que él percibe a un monstruo solitario que trata de buscar compañía, tal vez un amigo. El jardinero entiende la soledad de la criatura, porque es la misma que siente él. Su encuentro con Whale le hace conocerse a sí mismo, enfrentarse a sus miedos más profundos y descubrir su sensibilidad; en definitiva, le ayuda a seguir viviendo.

De alguna manera, James Whale y Clayton Boone logran brindar, como el doctor Pretorius en La novia de Frankestein, «por un nuevo mundo de dioses y monstruos». Un mundo donde el creador y la bestia se hacen amigos porque reconocen su fragilidad y sus miedos.


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4 Comentarios »

  1. Ay querida, he devorado este texto y qué ganas me entran ahora no solo de ver esta película sino también de leer la novela. Frankenstein es una de mis pelis de horror favoritas. Y Brendan Fraser siempre me ha gustado mucho, así que ya hay aquí dos elementos tentadores. Pero además dejás entrever muchas aristas apasionantes en esta película, en la historia de ese viejo director en el final de sus días y su “creación” y en esas otras figuras que los rodean (qué parecidos a los verdaderos esos Karloff y Lanchester del fotograma que rescatás).-
    Adoro este espacio de cine dentro del cine.-
    Te mando un beso enorme, Bet.-

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  2. Amiga Bet, para mí ha sido un feliz descubrimiento la novela de Bram que he disfrutado tanto como la película.
    No me extraña que Frankenstein sea una de tus películas de miedo favoritas, yo últimamente estoy realizando incursiones otra vez por las pelis del género de aquellos años (incluso antes) en la Universal (también en la RKO y Paramount) y es un periodo fascinante y repleto de películas que merecen la pena.
    Brendan Fraser construye maravillosamente bien al personaje del jardinero, un rudo hombre que esconde su sensibilidad y fragilidad. Y, sí, Dioses y monstruos es una película bastante rica en matices y con amor inusitado hacia James Whale y su legado cinematográfico.

    Con mucho cariño
    Irene Bullock

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  3. Hola Irene:
    Esta me la perdí; no recuerdo si por despiste o por falta de oportunidad. Sí recuerdo que todo el mundo estaba de acuerdo en que las interpretaciones eran impecables.
    En su día se intentó colocar a Fraser como alternativa a DiCaprio y el año de “Dioses y Monstruos” Leornardo tenía “El hombre de la máscara de hierro”; una de sus primeras versiones la dirigió Whale justo después del “incidente germano”.
    Estupenda crónica. Un saludo, Manuel.

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  4. Manuel, me encanta la curiosidad que nos has regalado, que nos hace indagar además en otros títulos de la filmografía de Whale.
    A mí me apetece mucho ver su versión de “El puente de Waterloo” (todavía no lo he conseguido), que seguro que como producción precode es muy interesante. Yo adoro el remake de los cuarenta que hizo Mervyn LeRoy con Vivien Leigh y Robert Taylor.
    Si tienes oportunidad de ver “Dioses y monstruos”, creo que va interesarte. Ya me contarás la experiencia. Sí, las interpretaciones son muy buenas, y también la historia que cuenta.
    Gracias por pasarte por aquí.

    Con cariño
    Irene Bullock

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