Irene Bullock


Un día, un joven y atractivo empresario americano, que se dedicaba con éxito al mundo textil, se encontraba en una piscina del Hotel Beverly Hills, y se le acercó una mujer. Esa mujer cambió el rumbo de su vida. Él era Robert Evans; ella era Norma Shearer, una vieja gloria del cine. Corría el año 1956, en pleno apogeo del american way of life. Norma Shearer se fijó en ese muchacho atractivo que parecía comerse el mundo y estar muy seguro de sí mismo. Y le ofreció algo inesperado: un papel en una película de Hollywood. En concreto, en El hombre de las mil caras (1957) de Joseph Pevney. La película contaba la historia del actor Lon Chaney (encarnado por James Cagney), y entre los personajes que rodearon su vida estaba un  joven productor: Irving Thalberg,  el esposo de Shearer. El primer papel como actor de Robert Evans fue como una premonición. A Norma el joven empresario le recordaba a su marido fallecido. Irving Thalberg  había sido durante el cine mudo y en los años treinta el prototipo del productor de Hollywood enamorado del cine en el sistema de estudios, pero dejando ver también sus luces y sus sombras. Y Robert Evans se convertiría en uno de los productores clave del Nuevo Hollywood. Los dos llegaron a la cima jóvenes. Thalberg murió demasiado pronto, Robert Evans descendió a los infiernos después de obtener todos los éxitos.

Si Thalberg inspiró a Francis Scott Fitzgerald para su novela inacabada El último magnate, en la personalidad e historia de Evans hay también ecos de El gran Gatsby. Curiosamente esta última novela fue uno de los proyectos que llevó a la pantalla de cine durante los setenta. Y en el documental El chico que conquistó Hollywood (The Kid Stays in the Picture, EE.UU., 2002), de Brett Morgen y Nanette Burstein, nos adentramos en su vida a través de un paseo fantasmagórico por las distintas estancias de su lujosa mansión, Woodland, un lugar que emulaba ese hogar donde Gatsby celebraba sus grandes fiestas y escondía su compleja personalidad; una mansión donde en cada una de sus paredes y mesas descansan sus recuerdos. De hecho, la profunda voz de Evans nos lleva de la mano por esta película que perfectamente podría haber sido una  de ficción que hubiese producido él en sus momentos de gloria en la Paramount. Ahora esa voz ya es la de un fantasma del pasado, pues Robert Evans falleció recientemente, en 2019.

Lo que vemos a través de fotografías fijas, secuencias de las películas que produjo y viejas entrevistas es un original y dinámico montaje que narra, de manera apasionante, el éxito, la caída y la redención de un hombre. Robert Evans se convierte en un buen narrador de su propia historia, y cuenta, con una sinceridad que desarma, su verdad. De hecho, el documental parte de su propia autobiografía. En su voz no hay odio ni desesperación; tampoco se presenta como víctima. A veces se ríe de sí mismo; otras, toma una distancia irónica para explicar lo sucedido.  En otro instante  se muestra emocionalmente desnudo al referir momentos duros de su vida. En ocasiones es cínico e irónico; o se presenta como el hombre más solitario del mundo y, un poco más adelante, tierno.

El chico que conquistó Hollywood maneja una gran historia y desprende la sinceridad de su protagonista. Peter Biskind, en su libro Moteros tranquilos, toros salvajes (Anagrama, 2004. Traducción de Daniel Najmías), deja el siguiente retrato: «Evans irradiaba una singular mezcla de sensiblería empalagosa propia de tarjeta de felicitaciones de Hallmark —que alcanzaría la plenitud durante su noviazgo con Ali MacGraw— y una vena autodestructiva que lo llevaría a internarse en aguas tenebrosas»; y añade: «No obstante, pese a su vanidad y estupidez, era un hombre cálido, leal y generoso», para terminar explicando que «Evans hacía lo que quería, en gran parte porque nunca amenazaba a los que tenía por encima. Tenía verdadero talento, ejercitado en muchas ocasiones, para morder el polvo. Si Evans le hacía daño a alguien, la mayoría de las veces ese alguien era él mismo». Y en cierto sentido esto se ve reflejado en el documental,  aunque también deja el retrato de un hombre que penetra en sus partes oscuras y vulnerables, capaz de reírse de sí mismo, y que no guarda rencor a nadie, ni siquiera a aquellos que le pudieron hacer más daño.

El éxito…

Después de que él mismo se diera cuenta de que su carrera como actor no tenía futuro (bromea sobre sus pocas habilidades interpretativas cuando consiguió protagonizar el remake de El beso de la muerte de Henry Hathaway), una anécdota en su breve carrera como estrella le puso en el camino de su verdadera vocación. Cuando el productor Darryl F. Zanuck le ofreció el papel de torero en ¡Fiesta!, nadie lo quería en la película. El único que guardó silencio fue Errol Flynn. Pero el primer día de rodaje de Evans, el productor estaba ahí y dijo: «El muchacho se queda en la película». Y fue el que dijo la última palabra. Esa frase no solo hizo que Robert Evans fuera consciente de lo que quería ser, el productor que toma decisiones, sino que muchos años después se convertiría también en el título de su autobiografía.

Sus primeros pasos como productor fueron golpes de suerte. Un artículo de prensa que hablaba bien de Evans y una oferta jugosa como jefe de producción de la Paramount, estudio que había caído en manos de un empresario que poco sabía de cine, le colocaron muy pronto en un papel importante dentro de la industria. El éxito de sus primeras decisiones hizo lo demás. El chico que conquistó Hollywood señala que su primer acierto consistió en confiar plenamente en Roman Polanski  para dirigir La semilla del diablo. El buen funcionamiento en taquilla de la película le hizo tener carta blanca en el estudio.

A partir de ahí, Robert Evans tiene una y mil anécdotas que contar, y una de las más divertidas es la venganza a fuego lento de Mia Farrow contra su ex, Frank Sinatra. Este quería que Farrow dejara la película cuando él quisiera, para que actuase en El detective, su siguiente proyecto como actor. Ante la negativa de Mia (a quien Evans la convenció de que estaba realizando una gran interpretación en la rompedora cinta de terror), Sinatra envió los papeles del divorcio. Después, esta se regocijó una y otra vez con el éxito de la película de Polanski frente a la de Gordon Douglas, y no tenía reparo en restregárselo elegantemente a Sinatra.

A partir de ese rodaje, Robert Evans se emborrachó de éxito y se compró la mansión de sus sueños, su refugio, pero también un lugar de reunión y fiestas.

El otro gran acierto para Paramount fue la apuesta de Evans por una película que nadie intuía que sería un pelotazo: Love Story de Arthur Hiller. La artífice de este proyecto fue la actriz principal, Ali MacGraw. Y ella, la intérprete de moda, se convirtió en el gran amor de Evans. De hecho, es de la única relación de la que habla en todo el documental. Parecía un cuento de hadas hasta que llegó el batacazo. Y lo cuenta  con dosis de ironía y desencanto, pero también echándose la culpa de que la relación no funcionara.

La consagración definitiva de Robert, pero también el principio de su caída fue El padrino de Francis Ford Coppola. Evans se volcó en la génesis y el rodaje de esta obra cinematográfica, absorbió mucho de su tiempo. Pero también hubo un choque de egos y responsabilidades (cada uno cuenta una versión diferente) entre productor y director. Robert Evans, sin embargo, expone el conflicto sin rencor, como si realmente  los dos protagonizaran una relación de amor-odio que generó grandes proyectos profesionales. El estreno de El padrino fue su momento culminante como productor, pero también la puerta que abrió las sombras. Allí estaba abrazándose con Coppola, a pesar de las diferencias, con un peliculón que puso a la Paramount en la cima, y a su lado la mujer de su vida. Pero no podía intuir lo que se avecinaba.

… Y la caída

Ali MacGraw ya había iniciado su idilio con Steve McQueen, la estrella del momento, pues ambos actuaban juntos en La huida de Sam Peckinpah. El divorcio fue un duro golpe para el productor. También había dado comienzo su coqueteo con las drogas, en concreto con la cocaína. Y poco a poco se fue deslizando hacia la caída.  Por otra parte, sentía que el estudio que era su casa no le dejaba desarrollar  todo su potencial ni dejaba libre su creatividad, además de que veía que todos se enriquecían a su alrededor. Cosechó todavía éxitos sonados, en concreto, otro en manos de Polanski y con Jack Nicholson (un muy buen amigo de Evans) como protagonista: Chinatown. E incluso logró un acuerdo con el estudio para poder seguir ejerciendo como jefe de producción, mientras trabajaba en proyectos como productor independiente. Sin embargo, todo se fue torciendo: no solo encadenó proyectos cada vez más fallidos, sino que su relación con la prensa cambió. Si en un principio, esta lo encumbró, luego fue partícipe de su caída en picado. Poco a poco dejó de ser el joven empresario que metió la cabeza en Hollywood. Se quedó en el productor que cada vez se le iba más todo de las manos, que coqueteaba con todas y que tenía problemas con las drogas.

Fue recibiendo estocada tras estocada. Una, la mano de Francis Ford Coppola. El rodaje de Cotton Club no solo fue una pesadilla, sino también un fracaso en taquilla. Además, Coppola y él terminaron en los tribunales por cuestiones de dilucidar la autoría y las responsabilidades de cada uno. Por otra parte, Evans cada vez estaba más descontrolado con las drogas y, además, se vio involucrado en el asesinato de un conocido. Tan solo fue requerido como testigo porque conocía a la víctima, pero en la prensa se magnificó el asunto. Al final, no pudo mantener su tren de vida. Y en la Paramount, donde ya no lo tenían en consideración, hubo cambios en la cúpula, y le marginaron del estudio, que era su vida. Por perder, perdió hasta su mansión. Y con una depresión insoportable, se internó en un centro psiquiátrico del que terminó huyendo.

El camino hacia la redención fue lento. Nunca volvió a brillar como productor en un Hollywood que ya no tenía nada que ver con el momento que él vivió, pero se fue recuperando. A Robert Evans le quedaban amigos y gracias, por ejemplo, a Jack Nicholson pudo volver de nuevo a su hogar. Por otro lado, en un nuevo cambio en la cúpula del poder del estudio, entró un conocido al que Evans dio una oportunidad en el pasado, y este le ofreció de nuevo trabajar en la Paramount.

El chico que conquistó Hollywood termina con una imagen del productor en un sillón de su lujosa mansión, donde también le quedan los recuerdos. Y reconoce, después del repaso de su vida, que siempre se ha dedicado a lo que realmente le apasiona, producir películas.

La esencia del Nuevo Hollywood

En la figura de Robert Evans se escenifica muy bien lo que supuso ese Nuevo Hollywood, sobre todo en su máximo apogeo, durante los años setenta. Se trataba de una generación apasionada por el cine, en la que muchos estaban volcados en realizar buenas películas en una industria que estaba cambiando a pasos agigantados. Evans fue un productor que creía tanto en la autoría de los directores como en la importancia de los actores. Se arriesgó con las películas que produjo. Se apasionó con ellas y no tuvo miedo a dejar crear libremente a los demás.

Era una generación que creía en las buenas películas. Pero también chocaron egos y personalidades muy fuertes. Fueron unos años de sexo, droga y rock and roll,  y a algunos ese ritmo de vida les pasó factura. Después, los caminos que tomó la industria, los nuevos dueños de los estudios más amigos del dinero que del arte, las nuevas formas de exhibición y otras causas enterraron a esta generación durante los ochenta.

En los créditos finales del documental sale Dustin Hoffman. Interpreta un hilarante monólogo en el que imita con cariño y mucha guasa a Robert Evans. Esta es una filmación de cuando trabajaron juntos en Marathon Man. La secuencia es una última broma de Evans, que deja como colofón final de su vida a alguien riéndose de su arrolladora y compleja personalidad.



 

3 Comentarios »

  1. Hola Irene:
    Parece que fue ayer cuando hablábamos de una vieja gloria en los 50 llamada Norma Desmond… y aquí estamos comentando lo que originó una vieja gloria en los 50 llamada Norma Shearer.
    Los productores en el Hollywood dorado eran dioses, en el “nuevo” Hollywood eran relaciones publicas que amaban el cine y en el Hollywood de hoy son hombres de negocios que aman… el dinero.
    Han hecho una versión hace poco del Gran Gatsby, si no fuese por ello tu titular debería ser “Robert Evans, el Lobo de Hollywood Street”.
    Un saludo, Manuel.

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  2. Amigo Manuel, ¡es verdad Norma Desmond y Norma Shearer!
    Qué diva del cine mudo y los años treinta y qué olvidada está ahora Shearer. La verdad es que es difícil acceder a su filmografía. Fue además una reina del precode.
    ¡Qué bueno tu segundo párrafo, Manuel! ¡Los productores en las distintas etapas del cine! ¡Y en el mudo, como los directores, los pioneros…!
    … Creo que soy una de las pocas defensoras del Gran Gatsby de Baz Luhrmann. ¡Adoro la novela y creo que Luhrmann se empapaba muy bien de ella! Es otro mundo que me apasiona las adaptaciones literarias en el cine. Cómo mira un director una novela o cuento y cuál es la esencia que atrapa. Como transforman el lenguaje literario en cinematográfico.
    Con mucho cariño
    Irene Bullock

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  3. Querida Irene, llego tarde a la fiesta con mi comentario. Qué tentador ese avance. Con esta época de Hollywood me sucede que el cine que se produjo no me llama la atención (ya sabés que para mí, el cine cuanto más añejo mejor) pero sí me interesa cada vez más como Historia. Bueno, qué época de Hollywood no es interesante, incluso el futuro que se presenta como inquietante (hace poco hablábamos de aquella peli con Robin Wright). En fin, me he ido de nuevo por las ramas. Espero encontrar este documental en algún sitio y aún tengo pendiente El hombre de las mil caras, que mencionas en tu artículo.-
    Te mando un beso enorme, Bet.-

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