Santiago Alonso 


Después de ver La séptima víctima, (Mark Robson, 1943) por primera vez, el espectador no sabrá muy bien qué es lo que acaba de presenciar. Antes, pese a que los misterios de la cinta se solapen uno tras otro, quién ha estado sentado en la butaca durante la proyección, lejos de hallarse expulsado, ha sentido la llamada. Porque la mezcla entre el desconcierto y el asombro le va suscitar las ganas de desentrañar el mensaje. Porque se indica una puerta y tras ella hay algo que espera ser descubierto. El impulso de atravesarla (de ver la película) no lleva a la poco interesante cuestión de intentar parcelar la pertenencia de la obra a un género concreto o determinar si encaja bien dentro de unos estándares —da igual si es cine negro, thriller o terror; no importa si se reescribió su guion caóticamente durante la preproducción—, sino que invita a que nos aproximemos a la desasosegante sustancia destilada por las imágenes y por la manera en que las mismas han conformado las secuencias. Queremos comprender la extrañeza de una historia que ha avanzado a trompicones y al compás de los pasos de unos protagonistas que caminan por una estrecha línea divisoria entre la vida y la muerte, cayendo algunos, al final, a un lado y a otro, casi impelidos a moverse por fuerzas superiores de las cuales parece imposible alejarse. La séptima víctima ha diseminado señales que nos indican los pasos para el retorno —pues es comprensible el deseo de volverla a ver— , al igual que les han servido también a los personajes para dirigirse hacia su incierto destino. Y algunas de esas señales, a modo de jalones en el sendero, son tan siniestras como una soga del ahorcado solitaria, con una silla libre debajo, a la espera.

Puede contarse el argumento del cuarto filme ideado por el productor Val Lewton para la RKO —el primero con Mark Robson como director, tras haber sido el montador de los tres anteriores, que tuvieron a Jaques Tourneur al frente (La mujer pantera, Yo anduve con un zombi, El hombre leopardo)— y aun así apenas se habrá revelado nada. Mary (Kim Hunter) es una joven huérfana que vive en un internado y recibe la noticia de la desaparición de Jacqueline (Jean Brooks), su hermana mayor, propietaria de una fábrica de cosméticos neoyorquina y la responsable de pagar el alojamiento. La chica emprende la búsqueda, todo un viaje de tintes iniciáticos, de iniciación a la vida, a través de un Greenwich Village que, según avanza el metraje, se transmuta en escenario de pesadilla. Dicha búsqueda parece solaparse con otra distinta que, vamos descubriendo asimismo, domina a Jacqueline. También es de iniciación, aunque de signo opuesto: está regida por la atracción que siente la chica hacia la muerte. A lo largo de ambos periplos coinciden otros personajes. Hay una mujer cuya alma agoniza en una pensión barata, un poeta que se pregunta sobre la verdad del amor, un psiquiatra no muy de fiar… También aparecen varios miembros de un culto satánico.

Esta película no es la más atractiva del canon lewtoniano ni la más subyugante, tampoco la que juega las mejores bazas climáticas de manera continua, aunque sí la que, tal vez, se distinga por una mayor singularidad. Seguramente constituye la propuesta más oscura y pesimista de su productor-autor. Sin duda deja un sabor único, como objeto artístico único que resulta. Un sabor a inquietud. En La séptima víctima, eso sí, Lewton parece que se aplicó a la tarea como siempre, pretendiendo que resplandeciera la misma formula que caracterizaba las gemas del tesoro cinematográfico que, junto con sus colaboradores, gestó en apenas cuatro años (entre 1942 y 1946) y que siguen estimulando a los espectadores décadas después, amén de generar todavía comentarios entusiastas realizados por otros cineastas (el documental Val Lewton: El hombre en la sombra, que produjo Martin Scorsese) y también por escritores (Pilar Pedraza y su trabajo sobre La mujer pantera).

Tenemos otra vez la tan inconfundible concisión narrativa con el objetivo de modelar un relato carente del más mínimo gramo de paja; la imperecedera conjunción estética entre la dirección de arte y la fotografía a la hora de crear el espacio de la ficción, todo un universo que parte de pocos escenarios; la poética marca de la casa y sus representativos tropos…. Pero, por otra parte, La séptima víctima contiene un hecho diferencial y lo expande. Al contrario que en los otros títulos, las secuencias se van engarzando casi a medias, sin terminar de encajar con la precedente o la siguiente. Es un filme que parece comenzar y acabar constantemente según comienzan y acaban sus escenas. Y, sin embargo, existe un hilo conductor que recorre el metraje y acopla todas las piezas, pues la muerte y las pulsiones suicidas, que se concentran en la figura de Jacqueline, amalgaman lo que se presenta como extrañamente discontinuo.

El tránsito hacia el último destino se emprende desde los títulos de crédito con unas imágenes de Caronte pintadas sobre una vidriera y con un portal de ingreso donde están escritos los versos de uno de los Sonetos Sacros de John Donne: «Quiero huir de la muerte, pero la muerte me encuentra, y todos mis placeres son pasado». Transcurre el relato y se reiteran las alusiones en los diálogos a la dirección de ida y a la dirección de vuelta («le hice entrar en la muerte», «es como volver a la vida»). Y se cruza nuevamente otro vano, el de una morgue, que recibe a sus visitantes con el lema: «Llamó a todos sus hijos por su nombre». Hasta que alcanzamos la puerta final, una numerada con un pequeño siete, y se concreta la meta hacia la que se ha dirigido la perdida y encontrada Jacqueline. Tiene allí lugar un cara a cara casual entre dos moribundas: mismo es su destino, aunque resultan distintas las circunstancias de llegada, las actitudes últimas. Es una escena, junto con su remate posterior, de esas que se quedan fácilmente grabadas en la mente, de esas que no nos abandonan y siempre vuelven cuando se piensa en la película a la que pertenece. Una puerta abierta y cerrada al mismo tiempo nos invita a descubrir las reglas de esta obra.


Puedes ver LA SÉPTIMA VÍCTIMA en FILMIN



 


Este texto se publicó en una versión previa y más reducida el 7 de septiembre de 2016


 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .