Tradición y sabotaje

Santiago Alonso 


Considerados como manifestaciones artísticas, ¿pueden los vestidos contener entonces un discurso? Lee Alexander Mcqueen (1969-2010) no solo demostró que sí, sino que los mensajes cosidos a las telas también podían provenir de las zonas más oscuras. Concibiendo la moda como arte plástico de índole fantástica y con el apoyo imprescindible de la puesta en escena, el prestigioso modista llevó a sus colecciones inquietudes y traumas que a menudo nacían de su propia biografía, como los abusos sexuales sufridos cuando era niño, hasta hacer de su trabajo una especie de violento exorcismo que llevó a las pasarelas más importantes del mundo. Su amiga y mentora Isabella Blow lo explicaba definiendo su moda como un híbrido entre tradición y sabotaje.

Como no se ha vuelto a saber nada acerca de la película sobre la figura del modista que estaba preparando el director Andrew Haigh, han sido los cineastas Ian Bonthe y Peter Ettedgi quienes han decidido llevar antes al cine una historia que reúne muchos elementos de cuento de hadas moderno (el chico de clase obrera del Este de Londres que empieza haciendo vestidos con bolsas de plástico y acaba creando para Givency) y de drama con no pocas pinceladas góticas y un suicidio anunciado. Dividido en seis capítulos, haciéndolos coincidir con las seis colecciones determinantes que explican la fulgurante carrera de este, digamos, enfant punk-terrible, el documental Mcqueen es el relato cronológico de un ascenso al Olimpo de la alta costura cuyos peldaños fueron construidos por un espíritu visionario y sus continuos demonios personales.

Por un lado, los directores siguen el que parece haberse consolidado como modelo paradigmático actual —el que hace Adif Kapadia con Senna y Amy (La chica detrás del nombre)— para cualquier documental realizado a partir de una cantidad ingente de filmaciones de archivo; pero al mismo tiempo, por otro, pretenden articular una enjundiosa narración oral basada solamente en las declaraciones de personas cercanas al biografiado, como familiares y colaboradores directos. Con el objetivo de evitar una concepción demasiado mecánica, prácticamente televisiva, de alternancia entre entrevistas e imágenes añaden dos estrategias: permitir la extensa presencia de la música minimalista de Michael Nyman, cuya aportación artística, en ese sentido, termina siendo determinante; e incluir a lo largo del metraje la lenta creación animada de seis suntuosas calaveras, una por cada capítulo. Esto último contribuye, aparte de a su valor estético, a que el espectador tenga, aunque sea algunos segundos, momentos para respirar y reflexionar sobre tanta información y tanta oscuridad que le llegan desde la pantalla.


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