Entre colosos anduvo el juego en la tercera jornada de Zinemaldia: mientras la gran Agnès Varda hizo mejores nuestras vidas con su visita para recoger el Premio Donostia, en Sección Oficial vimos Handia, largometraje que pone en imágenes la historia real de un gigante guipuzcoano del siglo XIX. No bajamos de esas escalas en ningún momento del día, porque, casi sin tiempo para asumirlo, desfilaron ante nosotros figuras tan capaces de hacer sombra a los pobres Godzilla y King-Kong como Carlos Saura, Hong Sang-soo, Jean-Michel Cousteau (hijo y continuador de la obra del gran explorador) o el exgobernador de California, ex Mister Universo y coprotagonista del clásico del cine Los gemelos golpean dos veces, Arnold Schwarzenegger.

También hubo tiempo para despropósitos gigantes, porque no todo iban a ser buenas noticias. Y para averiguar que algunas de las criaturas más disparatadas que describieron Lovecraft, Giger o el folclore escandinavo, de hecho, no están tan alejadas de la realidad si uno navega en determinadas aguas a la altura correcta. Pero no adelantemos acontecimientos. Hablemos reposadamente de lo que vimos en este domingo de festival, no sin antes detenernos unos segundos a visualizar esa imagen mental de un Carlos Saura kaiju de 300 metros que, de forma accidental, nos ha venido a todos a la cabeza en el párrafo anterior gracias a la magia de la retórica periodística.

A lomos de gigantes vascos: Handia

Tras el gran éxito de Loreak (Flores) (2014), una de las películas más esperadas de la Sección Oficial era el nuevo trabajo de Jon Garaño. En esta ocasión, el donostiarra cambia de compañero (el codirector de Loreak fue José María Goenaga) y forma equipo con Aitor Arregi para llevar al cine la historia real de Mikel Jokin Eleizegi Arteaga, el “Gigante de Altzo”. Si bien da la impresión de que las primeras reacciones han sido frías –tal vez por el notable cambio de registro–, Handia es una producción con encanto, cuya factura remite al estilo de las miniseries históricas de la BBC. Con un presupuesto de tres millones de euros estupendamente economizado, Garaño y Arregi recrean de un modo atractivo la Euskadi de mediados del siglo XIX, permitiéndose incluso un pasaje en la Primera Guerra Carlista, y enmarcan en los entornos naturales y caseríos de Tolosa (Gipuzkoa) un drama de halo mágico determinado, precisamente, por la tensión entre el mundo antiguo y la Europa industrial.

En ese sentido, la timidez de su discurso es lo más reprochable: Handia se presenta sobre todo como una fantasía terminal, pues la ambigüedad de ciertas zonas de su trama (misteriosa desaparición de huesos, misteriosa vuelta a casa de alguien tras tres años dado por muerto, misteriosa mano enferma que despierta tras un suceso…) solo puede considerarse premeditada. Como un tren atravesando un entorno rural, Handia habla de un mundo condenado a morir, donde incluso la observación de algo tan extraordinario como un gigante –para quienes no estén familiarizados con el caso, el gigante en cuestión fue un hombre que llegó a medir 2,42 metros debido a un secreción anormal de la hormona del crecimiento– puede acabar siendo indiferente bajo el prisma del racionalismo. Sin embargo, al final esto funciona más como un recurso para contextualizar que como un auténtico comentario, y Handia se acaba guiando antes por los parámetros del biopic convencional que por la imaginación. Con todo, es una producción simpática y estimable.

Un director que no se deja dirigir: Saura(s)

saura

Una parada que considerábamos obligatoria en la sección Zabaltegi era Saura(s), el documental que Félix Viscarret –director de Bajo las estrellas (2007)– ha dedicado a una de las figuras esenciales del arte español contemporáneo, Carlos Saura. Labor, cuando menos, voluntariosa, dada la resistencia que el responsable de clásicos como Cría cuervos (1976) o La caza (1966) opone de primeras a hablar de casi nada cuando se le entrevista. Saura no solo no quiere vivir en el pasado, sino que tampoco quiere comentarlo: como todos sus allegados ratificarán, nunca ha dejado de crear y vive enfrascado en ampliar su obra, en seguir experimentado sin perder la curiosidad y sin dejarse despistar por ningún sentimiento nostálgico. Lo cual, para una película que pretende repasar toda su trayectoria, es a todas luces un problema gordo.

Probablemente temeroso de no conseguir un buen material, Viscarret decide justificarse dejando que las costuras se vean en el montaje: el catalán es transparente mostrando las negociaciones con Saura, sus negativas a tratar determinados temas o, incluso, las diferencias creativas que esgrime respecto al concepto del documental. También, un tanto innecesariamente, llega a incluir alguna conversación dramatizada, donde se ve a Viscarret hablando por teléfono de su preocupación por no lograr sonsacar nada al cineasta. Aunque es una inseguridad que cualquiera puede comprender, felizmente esos temores se demuestran infundados en tanto Saura(s) consigue un retrato final magnífico y muy meritorio.

El documentalista tiene un propósito firme: mostrar a la persona antes que al artista. Pero el maestro oscense tiene otros planes: citando a Buñuel, considera una “obscenidad” tratar la vida privada o la personalidad de nadie. Sagazmente, a Viscarret se le ocurre la idea de que, si él no puede hablar con Saura sobre sus recuerdos o sus películas, sean entonces sus hijos quienes hagan la entrevista. La maniobra es perfecta porque, si bien el susodicho demuestra ser un hueso incluso con sus descendientes, la familia colabora muy generosamente en completar el poliedro. No lo vamos a negar: Saura(s) es un cotilleo de tomo y lomo donde se habla muy poquito, pero que muy, muy, muy poquito, de su cine o de su visión artística y mucho de su papel como padre, como marido o de cómo vive el día a día –horarios de trabajo, entrevistas, recogidas de premios engorrosas…–. Sin embargo, su densidad en momentos impagables y descacharrantes es demasiado alta como para ponerle pegas: Saura confundiendo los nombres de sus exmujeres, metiendo unos cortes tremendos a sus hijos («De pequeño eras muy mono y muy gracioso, ahora ya no»), viendo escenas de su filmografía que él no recuerda haber rodado (¡y haciéndose críticas muy positivas!), despachando rápidamente a los seguidores que le abordan… Grabado en su estudio trabajando incansablemente en sus “fotosaurios” (fotos que retoca con pintura) o experimentando con la luz, como hiciera Clouzot en El misterio de Picasso (1956) con el autor del Guernica, Saura(s) no puede descifrar nada sobre lo que se esconde tras la mirada del artista por más que registre su rigurosa disciplina de trabajo, pero pone al descubierto la humanidad de un personaje trascendente para quien el arte es fuente y razón de vida.

Otra ronda de soju: The day after

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Tras ganar la Concha de Plata a la Mejor Dirección en el pasado Zinemaldia por su maravillosa Lo tuyo y tú (2016), los cines Príncipe colgaron ayer un previsible “No hay billetes” para el pase en la sección Zabaltegi de lo nuevo de Hong Sang-soo. Los admiradores del cineasta, en pocos años, se han multiplicado importantemente: sus narraciones basadas en extensos diálogos entre gente emborrachándose, comportándose de forma inmadura y patética o incluso alcanzando redenciones épicas a base de beber aún más (pese a que beber pudiera ser el problema inicial de estos atribulados individuos) han encontrado correspondencia en un público que disfruta de su sentido del humor, la gracia natural de sus libérrimas puestas en escena o su aproximación compasiva y empática –nunca condescendiente– a la más sana vulgaridad. El director no mira a nadie por encima porque, muy probablemente, en el fondo se está mirando a sí mismo: tanto esta película como el otro trabajo que presentó en la pasada edición de Cannes, Claire’s Camera, abordan el tema de la infidelidad, y en ambas actúa Kim Min-hee, la actriz con la que Hong Sang-soo mantiene una relación tras haber roto con su esposa.

The day after no es tan redonda como su anterior trabajo o como la increíble Ahora sí, antes no (2015), ni recogerá a absolutamente nadie que rechazase esas últimas, pero ofrece estímulos más que suficientes para recordar en pocos cortes –o en uno, sencillamente: su clásico plano de diez minutos moviendo el trípode de un hablante a otro como en un partido de tenis– por qué nos encanta Hong. “El más afrancesado de los directores surcoreanos”, como inmejorablemente lo definió Jordi Costa en una ocasión, entrega una de sus películas más Nouvelle Vague, en pulcro blanco y negro, hasta casi retrotraernos al Godard de Vivir su vida (1962). Si, en aquella película, Anna Karina reflexionaba con un anciano sobre la importancia real de hablar en lugar de, simplemente, sentir la vida, aquí un inesperado debate teológico en torno a “lo incognoscible de la realidad” servirá para que Kim Min-hee diagnostique el desapego vital del protagonista, ateo, frente a la postura de ella: pensar que todo pasa porque Dios lo quiere así y disfrutar del viaje.

Un editor contrata a una joven nueva secretaria tras la huida de su empleada anterior, con la que mantenía un affaire. Todo se torcerá con el regreso de la amante tan solo un día después de la contratación de esta otra, obligando al editor a decidir si mantener el contrato de la joven o despedirla. Hong Sang-soo recurre a sus habituales estructuras basadas en la reiteración para, como siempre, dar nuevas vueltas al significado de lo que vemos: esta vez, una conversación repetida acredita la pobre talla moral de un personaje que vuelve a preguntar lo mismo que preguntó a la interlocutora en otra conversación anterior… porque no se acuerda de nada. Otra entrega más que celebrar de un autor cuyo ritmo prolífico (lleva tres películas en 2017) nos gustaría, si cabe, aún más si en España tuviera una distribuidora que estrenase sus trabajos al mismo ritmo.

La polémica está servida: Una especie de familia

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No sabíamos mucho de Una especie de familia antes de verla, pues el argumento facilitado solo mencionaba el “viaje incierto” de una mujer enfrentada a “obstáculos legales y morales”. Ya sea por una intención de preservar la sorpresa o, más posiblemente, para ahorrarse polémicas antes de tiempo, la información omitía que la película trata un tema tan delicado como es el de la gestación subrogada. Protagonizada por Bárbara Lennie, esta producción argentina que compite en Sección Oficial se enfrenta inevitablemente al escrutinio político del espectador: al margen de su mayor o menor valor artístico, de primeras es muy difícil mirar una película como esta desde fuera, abandonando todo posicionamiento. El problema es que su director y guionista Diego Lerman, lejos de parecer preocupado y andar con pies de plomo, ha construido una narración más cercana a los códigos del entretenimiento frívolo (a pesar de cualquier excusa social), cuyo aparentemente aséptico punto de vista inquieta y espanta.

El conflicto que vertebra Una especie de familia es que su personaje principal quiere ser madre y no puede. Quien considere que tener hijos no es un derecho, sino un privilegio, ya estará excluido de entrada para conectar con el drama que plantea esta película y tendrá difícil sentirse cómodo en algún momento: puede resultar poco sensible utilizar maneras de thriller o incluso de western, así como una gran cantidad de sorprendentes giros de guion, para hacer más vibrante una trama de vientres de alquiler, pero es directamente reprobable cuando no se tiene nada serio que contar. Lerman dedica tiempo a mostrar la miseria en que viven muchas madres gestantes a las que su frágil posición económica obliga a entregar a sus hijos, pero el peso que esto tiene en el conjunto del relato es muy relativo porque su autor se muestra equidistante. A un lado, el drama de una familia en situación de exclusión social. A otro, el de una mujer con un doctorado a la que unos trámites legales impiden realizar su deseo. Maquillada como una película de reflexión y debate, Una especie de familia es un ejercicio de sensacionalismo ratonero destinado a masajear la falsa conciencia de un público burgués.

Depredador no era tan fantasiosa: Las maravillas del mar

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Durante su mandato como gobernador de California, Arnold Schwarzenegger impulsó una de las leyes más avanzadas del mundo para reducir la emisión de gases tóxicos, la ley AB32, que sería tomada como modelo por Obama para todo Estados Unidos. La preocupación del actor de Terminator por el medio ambiente no viene, por tanto, de ahora, si bien su militancia republicana y su devoción por el neoliberalismo loco de Reagan no dejan de resultar un tanto contradictorios: si en Hollywood hay cienciólogos, también tendrá que haber sitio para quien crea en ese unicornio llamado “capitalismo ético”. En cualquier caso, las intenciones de Schwarzenegger son buenas, y por ello, así como por la fascinación que asegura sentir hacia el trabajo de Jacques Cousteau y su hijo Jean-Michel, produce y presta su voz al documental Las maravillas del mar, rodado con tecnología 3D y exhibido como proyección especial dentro del Festival de San Sebastián.

No tiene mucho sentido analizar en términos estrictamente cinematográficos un documental puramente admirativo, que solo pretende mostrar, reivindicar y ayudar a mantener la belleza en el fondo de los océanos: no queda más opción, entonces, que rendirse a las impresionantes imágenes traídas por la expedición liderada por Jean-Michel Cousteau y la cámara de Jean-Jacques Mantello, que nos aproximan con suma definición a cada escama de criaturas que parecen, antes, salidas del prodigioso CGI de una secuela de Avatar que de una realidad en la que nosotros coexistamos. Si todo ello lo aliñamos con la voz del roble austriaco narrando el funcionamiento del plancton, describiendo a los bivalvos, explicando la reproducción de las almejas gigantes, presentándonos a un pez llamado pepino de mar que tiene la boca llena de tentáculos o, para rematar, espetándole un “Volveré” a un tiburón martillo tras prometerle que hará todo lo posible para que no se extinga, la verdad, nosotros estamos muy contentos.

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