Empezamos esta sección seriéfila con un adiós al que sabíamos que, más pronto que tarde, teníamos que enfrentarnos. Tras el último capítulo de Leftovers, ahora somos nosotros, espectadores incautos, los que quedamos. Como si hubiéramos asistido a la desaparición del 2% de la población, pero en formato de serie: ese 2% de la parrilla televisiva capaz de remover las entrañas, de emocionar genuinamente, de presentar situaciones insólitas al más puro estilo Lindelof y salir airosa. Y eso que durante esta tercera y última temporada, en ocasiones, he temido que las cosas se les fueran de las manos.

De Leftovers, serie basada en la novela de Tom Perrotta, me ha fascinado siempre el acercamiento desde la psicología, personal y social, a un What if interesante (la desaparición instantánea del 2% de la población mundial) pero secundario en términos de “resolución del misterio”. Nunca importó demasiado por qué se fueron, porque los que quedaron eran los verdaderamente interesantes. Esos individuos enfrentados a la pérdida sin posibilidad de duelo. Con semejante panorama, casi cualquier desvarío nacido de la psicosis, personal o colectiva, estaba justificado. Terreno fértil para que el universo de Damon Lindelof, el creador de Perdidos, brotase con esplendor: una secta de fumadores silenciosos empeñada en no olvidar el drama, un pueblo en el que se obran milagros, un jefe de policía al que toman por inmortal. Cuidando con mimo, esta vez, el no traspasar esa delgada línea que separa la percepción personal, en la que todo es posible (y más si se coquetea con la enfermedad mental) y la realidad objetiva.

Intachables las dos primeras temporadas en términos de verosimilitud y creadoras de una atractiva mitología propia, la tercera, más deudora del imaginario cristiano (con referencias al diluvio universal, al Mesías, incluso a una especie de Sodoma y Gomorra a bordo de un crucero), ha forzado algo más los límites, hasta casi desenterrar esa fobia al The end que nos generó Perdidos, la obra que catapultó la fama de Lindelof y abrió una nueva era de consumo “en atracón” de capítulos de ficción. Pero no. Han pasado diez años entre aquellos abandonados en una isla y estos abandonados en sus propias casas y la lección ha quedado aprendida. El final de Leftovers, aunque quizá su tercera temporada no lo haya sido tanto, es redondo. Y Carry Coon, con su poderosa Nora liderando una serie llena de mujeres interesantes, nos deja con ganas de más (afortunadamente, este es su año y podemos reecontrarnos con ella en la tercera temporada de Fargo).

Así deberían despedirse todas las series: conscientes de cuándo ha llegado su hora. Lo hemos visto también recientemente con Girls. Su creadora, la jovencísima gurú de la modernidad femenina, Lena Dunham, pudo alargarla, pero no lo hizo. Bien por ella. Porque siempre hay una fase de duelo cuando acaba una serie buena, como cuando lo hace una gran novela (algo en lo que se diferencia el género televisivo del cinematográfico). Pero es justo en términos creativos cerrar las historias pensando en su coherencia interna y no en el espectador insaciable. De modo que el final mesurado, coherente y a tiempo de Leftovers la confirma, sin duda, como una de las grandes series de la década.

 

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