Decamerón zen


Después de un trabajo tan insólito y estremecedor como César debe morir (2012), toda una lección de compromiso con el ser humano e inquieta voluntad de experimentación, alguien podría pensar que Paolo y Vittorio Taviani han optado en la siguiente película por descansar y preparar un placentero divertimento o, en cualquier caso, efectuar un ejercicio en clave menor de sus acostumbradas miradas hacia la literatura. Nada más lejos de la realidad. Tras las exploraciones en los foráneos Shakespeare, Goethe o Tolstoi, y la relectura de Pirandello entre los nacionales, los hermanos adaptan a Boccaccio, uno de los tres padres de las letras italianas, y el viaje que realizan a la Florencia del Decamerón lo cargan de inquietudes que enlazan bien con el presente y un humanismo presentado de manera tranquila y sobria, con la lucidez que aporta un algo cercano al ascetismo.

La colección de novelle boccacianas ha generado unas cuantas adaptaciones, y fuera de estas podría decirse que sus historias han delineado los registros satíricos y picarescos de bastantes aproximaciones al Medioevo que ha dejado el cine transalpino. Véase, por ejemplo, La Armada Brancaleone (1966) de Monicelli o Los placeres de la noche del aún por reivindicar Armando Crispino (1966). En la mente de los espectadores se ha depositado para siempre El decamerón (1971) de Pasolini, filme que además dio pie al filón decamerótico, cerca de una cincuentena de productos que poquísimo o nada tenían que ver con la fuente original: tan solo títulos como Decameron proibittissimo: Boccaccio mio state zito ya daban una pista. Los Taviani dejan de lado la algarabía y eligen la sobriedad como soplo narrativo para las cinco historias que han seleccionado, también sosiego de espíritu parejo al que busca el grupo de diez jóvenes que huyen de Florencia, mientras la terrible peste diezma la población y hunde la sociedad dentro del caos.

Lo primero que llama la atención en Maravilloso Decamerón es la preponderancia que se da a la historia marco sobre los relatos. Los Taviani han revalorizado los intersticios que rodeaban a las piezas de este cuento de cuentos. Hay unos protagonistas claros, y estos son las siete mujeres y tres hombres refugiados dentro de la villa a las afueras de la ciudad. Ante el horror y la oscuridad que se cierne sobre el mundo, los jóvenes adoptan un proyecto de convivencia colectiva, con sus reglas y desafíos casi monásticos, donde el acto de contarse historias tiene una función más y no resulta un mero entretenimiento a fin de olvidar la desgracia. Sean tristes o cómicos, contengan dolores o risas, estos vuelos de la imaginación se presentan siempre, en sus últimas consecuencias, como latidos de vida, amor o rebeldía. Y así se representan en el largometraje.

Por tanto, las cinco narraciones están concebidas y realizadas, más que nunca en una versión cinematográfica, a la manera de brevísimos apólogos. Son un dechado de precisión expresiva y significativa sin merma de los placeres que proporciona el hecho de que alguien nos cuente una historia. Pero los dos cineastas no solo se quedan en eso. Dentro de la apuesta por la juventud y la capacidad del hombre para restablecer la convivencia social, la condición femenina es para los Taviani una piedra angular. Son mujeres las protagonistas destacadas, y la libre inspiración en Boccaccio introduce aspectos o desarrolla apuntes que están en el libro, dependiendo de los casos, muy acordes con quebraderos contemporáneos. Ahí está el momento del prólogo en la iglesia, cuando los jóvenes deciden huir y la película no da el mismo sentido a la inclusión del género masculino dentro del grupo. Y en los cuentos hay varios ejemplos: la reacción de la esposa de Calandrino ante la brutalidad infringida; el tratamiento que tiene los sucesos de una narración muy conflictiva a la hora de ser reinterpretada como es la de Catalina y Gentile; o la forma dada al parlamento de la abadesa Usibalda (divertidísima Paola Cortellesi, como acostumbra) al ser descubierta cometiendo pecado carnal.

A propósito de la figura de los hermanos Taviani, el crítico Gian Piero Brunetta tuvo un original acierto al comentar que “parecen dos maestros zen disfrazados de maestros cinematográficos occidentales”. Maravilloso Decamerón posee una poética muy diferente a la que exudaban los fotogramas de Pasolini, repletos de sexo y arcaica autenticidad, y por eso la manera de llegar a la cinta es diferente, pues tiene mucho de acto contemplativo, sereno. De estilización y de regreso a la naturaleza. Con su reparto de jóvenes intérpretes (el grupo de los diez) que parecen estar en una obra de voluntarioso teatro aficionado y la asunción de los gustos pictóricos de Giotto y demás artistas de la Escuela Florentina (la simplificación, los colores, la composición), este trabajo es un intercambio de sensibilidades generacionales, un canto a la juventud como escudo contra las pestes negras. Lo proponen dos chavales sabios que se aproximan en plena forma hacia los noventa años de edad.



 

MARAVILLOSO BOCCACCIO

Dirección: Paolo y Vittorio Taviani.

Intérpretes: Lello Arena, Kasia Smutniak, Jasmine Trinca, Kim Rossi Stuart, Paola Cortellesi.

Género: drama, comedia. Italia, 2015.

Duración: 120 minutos.

 


 

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