El Óscar a Mejor Película esquiva el musical


La ciudad de las estrellas no ha brillado solo para La La Land. El musical de Damien Chazelle se ha llevado únicamente seis de los catorce Óscars a los que optaba. Y se ha quedado sin el premio gordo, tras un clamoroso error. Ya estaba el equipo entero del musical del año celebrándolo en el escenario cuando uno de los productores detectó el fallo y aclaró que la ganadora había sido el drama de Barry Jenkins, Moonlight. El número final de La La Land pasará a la historia.

Aunque esas catorce nominaciones ya habían colocado al musical de Chazelle en el panteón de los récords de los premios de Hollywood como la cinta más nominada de la historia, junto con Eva al desnudo y Titanic, se ha quedado lejos de alcanzar el récord de once premios que ostentan Titanic, Ben-Hur y El señor de los anillos: el retorno del rey. Se ha llevado los de Mejor Director, Actriz, Música, Canción, Fotografía y Diseño de Producción, pero se ha quedado sin la estatuilla más deseada de la noche.

Solo diez musicales se han alzado con el Óscar a Mejor Película en las casi nueve décadas de vida de los premios. El colorista, original y lleno de energía Mouline Rouge de Baz Luhrmannn fue el que inauguró una nueva etapa para el género, pero es Chicago el único que ha conseguido llevarse este Óscar a casa en lo que llevamos de siglo XXI. Desde ese ya lejano 2002, se mantiene la sequía de premio gordo para una película musical. Y eso que aquélla, como La La Land, también recurría al constante homenaje a los clásicos: Chicago no existiría sin Bob Fosse de igual manera que La La Land rinde tributo a la época dorada del padre del musical clásico, el productor de la Metro Arthur Freed. Esa apuesta por la nostalgia modernizada que tan bien funciona en la meca del cine (baste recordar el arrollador éxito de The Artist).

Pero, ¿merecía o no la película de Chazelle conquistar el cielo de la ciudad de las estrellas? En los últimos meses ha sido muy sonado el enfrentamiento entre defensores a ultranza y firmes detractores de la cinta, en estos tiempos en los que un producto puede ser una obra maestra una semana y, a la siguiente, haber muerto de su propio éxito. Fenómeno que, de analizarlo pausadamente, podría contener la propia solución al enigma. Recurriendo al saber popular: ni tanto, ni tan calvo. 

Porque, sí, la banda sonora de La La Land puede levantar el ánimo de cualquiera hasta en medio de un atasco, una mañana de lunes como ésta. Su arranque y su epílogo (que tanto recuerda al memorable número final de la también ganadora de seis Óscars Un americano en París) son dos secuencias fantásticas, dignas de analizar plano a plano, por contener algunas de las esencias de lo que hace del cine un gran espectáculo. Y la química entre Emma Stone y Ryan Gosling, dos de los jóvenes actores que más simpatías despiertan en la actualidad, es innegable. Ahora bien, en las dos horas de amor y desamor por las calles de Los Ángeles que es La La Land hay mucho de convencional. Y una buena química no puede sustituir a un guión sólido y creíble (todavía tenemos fresca Blue Valentine para comprobar de lo que es capaz Gosling a la hora de retratar el inicio y fin del amor).

La anterior película de un director devoto de la música como Chazelle, Whiplash, que era su segundo largometraje, poseía una potente personalidad en lo formal y lograba, con la historia sencilla de un estudiante de jazz sometido a los métodos de un profesor tirano, una sensación de tensión in crescendo capaz de dejarte exhausto en la butaca. En La La Land domina la impresión de estar todo tan bien pensado, de ser un producto tan cuidado en sus localizaciones, en sus giros de guión, en sus guiños cinéfilos, que su personalidad queda un tanto deslucida. Y, sin embargo, puedo ponerme a bailar de nuevo si comienza a sonar Another day in sun.

Eso, en parte, es a lo que aspira todo musical. A dejarte con buen sabor de boca, a hacer pasar por sencillo divertimento un delicadísimo e inmenso trabajo de producción, donde todo debe estar medido al detalle para que funcione.

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También son de alabar los esfuerzos de los actores por dominar las disciplinas musicales, además de las dramáticas. La actuación cantada con la que el personaje de Emma Stone aspira a conseguir el papel de su vida es de esas que pedían el Óscar mirando directamente a cámara. No por nada recuerda a los cinco minutos de gloria que también le valieron la estatuilla Anne Hathaway por su breve intervención en Los Miserables. Y aunque Ryan Gosling no pueda aspirar a la naturalidad y maestría de Gene Kelly (experto bailarín y coreógrafo de sus películas), siempre se agradece que el baile forme parte del ADN de una cinta de este género.

Los alambicados números coreografiados por Busby Berkeley a principios de los años 30, que se caracterizaban por la profusión de bailarines creando formas geométricas en cambiante movimiento, reinaron en los inicios del género y han tenido sobrados homenajes en el cine contemporáneo (el sueño de El gran Lebowski, la secuencia inicial de Indiana Jones y el templo maldito, el festín de La bella y la bestia). Les siguió la capacidad seductora de Fred Astaire conquistando, a golpe de taconeo, a Ginger Rogers desde el piso de arriba. Y, cómo no, un exultante Gene Kelly, siempre dispuesto a demostrar que la alegría física que produce el musical vence incluso a la peor tormenta. Hasta que los chicos de West Side Story, con sus diez Óscars (el musical más premiado por la Academia) dejaron claro que la danza moderna también podía ser un buen medio expresivo en la gran pantalla. Las posibilidades cinematográficas del baile han servido así a la industria para exhibir músculo durante años. Grúas explotando todo su potencial, cámaras moviéndose al ritmo preciso de los actores y un constante ejercicio de composición de plano que, por sí solos, ya merecen un reconocimiento del género.

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Quizá por ello, aunque mantengan el gusto por el pictoricismo y la puesta en escena, aunque el vestuario y el arte estén cuidados al detalle, los musicales “simplemente” cantados como el alabado Los paraguas de Cherburgo, del francés Jacques Demy, que fue el primer musical nominado a Mejor Película Extranjera, o los clásicos y súper-oscarizados My fair lady Gigi, con ocho y nueve estatuillas respectivamente, no consiguen transmitirme esa misma energía de “obra total”. Y, a menudo, llegan a resultarme pesados. Puede que también tenga que ver su tendencia al melodrama. Y ahí es donde La La Land comete, en mi opinión, su último desliz.

Porque en su primera mitad hace gala de esa energía, esa celebración de la vida que colmaba los musicales de los años 50. Pero a medida que avanza la historia, los protagonistas se ven asediados por la implacable ciudad de Los Ángeles, que amenaza con arrollar sus sueños. Y deben acabar optando por mantener su felicidad personal o conseguir el éxito. Un regusto amargo para un género que nació como forma de evasión y disfrute y que no se avergonzaba de ello. Pero en estos tiempos, el drama se impone aún a riesgo de emborronar la naturaleza propia de una película. Y, si no, díganme, ¿cuál es la última comedia que recuerdan que arrasara en los Óscar?

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