Un crimen en Camelot


Aunque ningún cine parece gustar más a los estadounidenses que el que habla de sí mismos, ha sido una relativa sorpresa ver cómo quedaba fuera de la carrera de los Óscar Jackie, la película sobre la esposa del malogrado presidente Kennedy. Una nominación a Natalie Portman –que era, en todo caso, muy difícil de ignorar– y otras dos a banda sonora y vestuario han sido todo el reconocimiento brindado por la Academia a una película dotada, no obstante, de todos los ingredientes de ese gran cine sobre el siglo XX (el autoproclamado “siglo americano”) llamado a erigirse en poesía épica de la historia de Estados Unidos, nación joven y, por ende, ansiosa de dicha historia. Aunque en casi noventa años de premios ha quedado claro que los caminos de los Óscar son inescrutables, parece de recibo preguntarse qué es lo que ha ocurrido, sobre todo cuando el trabajo en cuestión posee unas cualidades tan extraordinarias como las de este último título del ya imprescindible Pablo Larraín. ¿Quizás un problema de madurez por parte de algunos receptores? Los biopics sobre figuras de consenso, ¿han de ser explícitamente hagiográficos para entrar en la narrativa oficial?

Cada nuevo estreno de Larraín lleva años siendo, entre la comunidad cinéfila, todo un acontecimiento. Y no es para menos. Desde el punto de inflexión que marcó su excelente No (2012), raro caso de cine político lleno de ideas y absolutamente actual, el chileno ha firmado dos obras tan contundentes como El club (2015) y el probablemente futuro clásico Neruda (2016). Todas recorridas por una mala baba impresionante, que nunca debe confundirse con cinismo: Larraín, como narrador, asume un compromiso con la verdad íntima de sus historias. Por supuesto, para acceder a esas intimidades primero hay que comprender los hábitats de las diferentes especies. Y en Jackie, el camino que Larraín toma para acercarse a la primera dama no podría tener más sentido: la cámara recorre los rincones de la Casa Blanca como una suerte de gigantesco Olimpo, en la que sus minúsculos inquilinos se perciben como figuras prometeicas que pagan un precio por su osadía, al haber querido hacer las cosas de forma distinta. O tal vez, realmente, diciéndose eso a sí mismos.

Larraín, que tan afilada punta sacó de las contradicciones de un personaje como Neruda el año pasado, evidentemente no se limita a comprar el discurso de los Kennedy como mártires del progreso y habla también de su propia construcción cultural. Jackie buscando el lugar más espectacular del cementerio para su marido; Jackie temerosa de su legado, preguntando si alguien se acuerda del también presidente asesinado James Garfield; Jackie estudiando el funeral de Lincoln para diseñar un funeral más grande… Momentos como esos, junto a los intercambios con un sacerdote sin nombre y sus flirteos con el pecado capital del orgullo, introducen capas muy conflictivas sobre un icono tradicionalmente intachable: capas de humanidad.

Planteada de inicio como una entrevista entre Jackie Kennedy y un periodista pocos días después de los eventos de Dallas –tomando, obviamente, como base la entrevista real que publicó la revista Life–, la película se pliega a la protagonista hasta la última consecuencia: a la vez que la entereza de la viuda de JFK, que tanto impresionó al mundo, es contemplada en demoledora primera persona (¿Cómo vuelve a casa una persona después del asesinato de su marido? ¿Cómo se quita la ropa con su sangre? ¿Cómo se ducha?), Jackie también dice mucho sobre el propio mito de su legado, desde la referencia que ella hizo difundir sobre lo que le gustaba a su marido el musical Camelot (Alan Jay Lerner y Frederick Loewe, 1960), hasta el final de la película con la primera dama ascendiendo a la santidad plebeya por medio de la moda. «Don’t let it be forgot that once there was a spot, for one brief shining moment, that was known as Camelot», dice convenientemente la última canción de ese musical. Es casi seguro que ese supuesto gusto del presidente fue una invención de Jackie Kennedy para dar alas a la leyenda, y es tan bonito que la película no se resiste a asumirlo, al igual que asume toda la caligrafía del cine de santos modernos americanos… sin renunciar a la realidad terrenal. Puede que esa haya sido su condena para la temporada de premios. Pero los premios vienen y van, y las grandes películas prevalecen.


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Dirección: Pablo Larraín

Guion: Noah Oppenheim

Intérpretes: Natalie Portman, Peter Sarsgaard, Billy Crudup, John Hurt, Greta Gerwig, John Carroll Lynch, Richard E. Grant

Género: drama biográfico. Estados Unidos, 2016

Duración: 95 minutos.

 


 

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