Hágase el desastre 


En INSERTOS cuidamos personalmente de todos y cada uno de nuestros lectores. Es la norma primera de nuestro código deontológico. Les arropamos si nos lo piden, les preparamos sopas si están enfermos y les hacemos el papeleo si el trabajo les cansa. Conscientes, pues, de que quizá no sea plato de todos los gustos la sobredosis de mutilaciones y cachiporrazos que vamos a servir las próximas ¿cuarenta semanas? con nuestro Ciclo Stallone, hemos decidido lanzarnos a otro examen paralelo en nuestra recién estrenada sección “Con lupa”. ¿Qué cortafuegos puede haber para la solemnidad de Sly? ¿Para su chulería? ¿Para tantos discursos motivadores? La respuesta nos parece clara: los hermanos Marx.

En los próximos meses, repasaremos uno a uno los trabajos conjuntos del grupo (tanto con Zeppo, como sin él) en un viaje que nos llevará desde su primera película conservada, que es la que aquí nos ocupa, hasta su última reunión, Historia de la humanidad (Irwin Allen, 1957). Una travesía en la que trataremos de resolver si el lugar de los Marx en la historia del cine es justo, exagerado o incluso no lo suficientemente alto; si nuestra obcecación con los tres clásicos de siempre no ha ensombrecido alguna gema oculta; o si, por qué no, el paso del tiempo no ha hecho cierta mella o revelado zonas conflictivas en algunas de sus rutinas cómicas. Pero sobre todo, y esto es largamente lo más importante, nos hemos propuesto que esta serie cuyo primer fascículo tienen ahora ante sus ojos sea El Primer Análisis de los Hermanos Marx en Castellano 100% Libre de Chistes y Juegos de Palabras con Karl Marx y el Marxismo. Se acabó. Basta ya de esa lacra. Es hora de superarlo y continuar viviendo.

La primera incursión de los cuatro hermanos Marx –Groucho, Harpo, Chico y Zeppo– en el cine tuvo lugar en 1921. Se trataba de un cortometraje titulado Humor Risk (obra de un realizador de cortos llamado Dick Smith), a día de hoy totalmente perdido. El cortometraje era de mala calidad según el propio Groucho, a quien las malas lenguas atribuyen la responsabilidad de que el negativo se quemara: muy curtidos en el teatro de vodevil y ya con una fama importante, este salto cinematográfico de los Marx limitaba en buena medida sus capacidades, al obligarles a prescindir de su humor verbal por la ausencia de sonido. Excepto al silente Harpo, claro. Él no debió de tener problema.

No sería hasta ocho años después cuando Paramount decidiera darles la oportunidad de otro salto a la gran pantalla, esta vez con todo un largometraje. La película: Los cuatro cocos, adaptación directa de la revista musical homónima que los Marx habían representado con gran éxito en Broadway, entre 1925 y 1926. La obra contaba con el libreto de George S. Kaufman, autor que escribiría también su exitoso espectáculo posterior, El conflicto de los Marx (1928–1929) –la siguiente en llegar al cine–, y del que, analizados sus textos, se resalta un mérito importante en la configuración de las distintas identidades artísticas de los cómicos. Para entonces, Groucho ya había quedado constituido como un imaginativo y burlón dicharachero; Harpo, un infantil mimo travieso; Chico, un pícaro trapichero; y Zeppo, el hombre para todo, que bien podía sustituir a cualquiera de sus hermanos en funciones en las que se ausentaran, o interpretar a personajes más serios si el guion lo requería. El crédito de los personajes originales, en cualquier caso, se le reconoce a Al Shean, tío de los Marx, citado por Groucho y Harpo como creador en sendas biografías.

Para Los cuatro cocos, el problema sonoro ya estaba resuelto: al fin, los productores y el grupo podían plantearse trasladar el show de Broadway en toda su plenitud y comercializarlo más allá de Manhattan. Además, por primera vez en la corta andadura del sonido sincronizado, fueron contratados dos directores, probablemente para afrontar las grandes complicaciones técnicas que presentaba la película. Por un lado, estaba el exceso de verborrea, que obligaba a doblar esfuerzos a la hora de conseguir un buen audio. Por otro, la propia representación, que incluía una cifra no baja de disparates, juegos de puesta en escena y números musicales, a los que había que poner orden. Los elegidos fueron Robert Florey, un francés que, al parecer, no sabía bien el idioma (una barrera tampoco muy grave: según la leyenda, con frecuencia tenía que escabullirse del set o meterse en una cabina por sus carcajadas), y Joseph Stanley, quien no hizo demasiadas buenas migas con un Groucho que, tiempo después, le acusaría de no entender la comedia.

Los cuatro cocos estuvo muy cerca de correr un destino similar al del corto Humor Risk: horrorizados con el pase previo, los hermanos Marx trataron por todos los medios de recomprar la película a Paramount e impedir su distribución. Por suerte para ellos mismos, no lo consiguieron y la película se convirtió en un verdadero éxito de taquilla, logrando críticas muy positivas y disparando su fama, por fin, más allá del ámbito teatral.

Al revés de lo que pudiera pensarse, este debut cinematográfico no presenta a unos Marx a medio pulir, todavía lejos de sus grandes cimas: su enorme experiencia sobre las tablas había consolidado por completo su técnica y sus ritmos, y en Los cuatro cocos pueden distinguirse perfectamente las virtudes que harían célebres a cada uno de ellos. No es, ni mucho menos, uno de sus mejores trabajos, pero por cuestiones puramente cinematográficas: sencillamente, la película no adecua el espectáculo a sus propios códigos, sino que trata de capturarlo aunque implique solucionar coreografías enteras (y simplificarlas) en un plano general, o renunciar a un mínimo ritmo con escenas perfectamente prescindibles que quizá en la obra solo servían para que las estrellas tomasen aire.

Además de estos aspectos, es evidente que la película está lejos de la excelencia cómica por varios problemas de base. El guion (reescrito por Morrie Ryskind, colaborador habitual), para empezar, tiene claramente a los personajes Marx como alicientes, pero, sin embargo, ninguno de ellos es el sujeto de la acción. Quién sabe si por razones comerciales, la historia de Los cuatro cocos pone el acento en dos amantes y las maniobras de otro pretendiente para separarlos, a través del robo de un collar. La película puede enlazar, sin que se plantee como un problema, un monólogo de Groucho acosando y humillando a una señora rica con una escena romántica carente de toda ironía. Estos desniveles entre cinismo misántropo e inocencia total hacen imposible que la película se perciba como un todo compacto. También, si nos ponemos quejicosos, hay demasiada exposición narrativa, con sobreexplicaciones de una historia que en realidad no le importa a nadie, y que no puede ser más simplona. Llega un momento en que ésta es un problema: el humor caótico de los Marx va complemente a contracorriente de un hilo narrativo que casi hace como si no existieran, y que prescinde, por propia conveniencia, de darles apenas influencia activa.

En todo caso, hay en Los cuatro cocos una sorprendente cantidad de destellos: además de un Groucho en plena forma, haciendo lo que mejor sabe, la cámara de Foley y Stanley ya capta a las mil maravillas el estilo juguetón de los hermanos –en especial de Harpo, el más divertido–, logrando imponer su locura a la (por la época, suponemos que obligadamente) austera planificación. Un gag en una habitación, con todos turnándose para entrar y salir por las puertas o meterse debajo de la cama, indistintamente, sin ser vistos, resulta tan impresionante como si fueran efectos especiales por la precisión con la que está ejecutado, y, qué demonios, por lo graciosa que puede llegar a ser una idea tan, en principio, limitada. Por no hablar del espectacular diálogo del “¿Por qué un pato?”, hoy considerado justamente como un clásico de su humor: un intercambio aparentemente interminable entre Groucho y Chico, donde el primero trata de explicar un plan que el segundo solo comprende a medias por su pésimo inglés, dando pie a una cascada de juegos de palabras por sus erróneas interpretaciones. El pato en cuestión (que aquí sale a la palestra porque Chico entiende “viaduct” –“viaducto”– como “Why a duck?”) sería un motivo recurrente en sus chistes, hasta aparecer en el título original de su obra maestra Sopa de ganso (Leo McCarey, 1933) –Duck Soup–. En definitiva, más que suficientes argumentos de peso para considerar Los cuatro cocos un título a recuperar y celebrar para el buen fan de los Marx. 


cocoanuts2


cuatrococosLOS CUATRO COCOS (The Cocoanuts) 

Dirección: Robert Foley y Joseph Stanley 

Guion: Morrie Ryskind

Intérpretes: Groucho Marx, Harpo Marx, Chico Marx, Margaret Dumont, Kay Francis, Oscar Shaw, Zeppo Marx, Mary Eaton

Género: comedia. Estados Unidos, 1929

Duración: 96 minutos 

 


 

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