En los últimos años el cine comercial se ha caracterizado por el inmenso auge de las películas de superhéroes y de las sagas distópicas protagonizadas por y destinadas a adolescentes. Ambas opciones se han asentado en la cartelera, en la sección “taquillazos”. La publicidad masiva y el hype, que se propaga cual ETS por los mares cibernéticos, provocan que el público ansíe durante meses la llegada de estos pepinazos económicos, y que acuda en masa a celebrar la fiesta de la cinefilia -¿o cinefagia?-. Este es el presente del cine de estudio, aquello por lo que está apostando hasta que se agote la gallina de los fotogramas de oro. Pero lo fácil es invertir con la fórmula resuelta. Por ello, en este texto se hablará de un ejemplo de película adelantada a su tiempo, cuyos responsables supieron verle el filón comercial a unas temáticas que, en aquel entonces, no tenían ninguna pinta de poder reventar la taquilla.

Sí, créetelo, toda esta introducción está dedicada a Aeon Flux, esa extraña película que leyó el futuro, o que simplemente tuvo la ocurrencia de tocar ciertas teclas, pero que lo hizo, y eso es lo que cuenta. Esta cinta salió al mercado en 2005, cuando los superhéroes aparecían a cuentagotas, como siempre lo habían hecho. El concepto “cine de superhéroes” como subgénero, ahora tan de moda, entonces ni existía. Peor todavía con las producciones distópicas para adolescentes, de las que ni se había oído hablar –la primera, Los Juegos del Hambre, no apareció hasta nada menos que 2012-.

En Aeon Flux se combinan estas dos tendencias, si bien la película no pertenece a ninguna de las dos. Para empezar, no se trata de una adaptación de un cómic –de hecho, la idea matriz es la serie de animación homónima, a partir de la que nació la propia película y, en paralelo, los cómics-. Tampoco hay superhéroes propiamente dichos, ni la protagonista o sus compañeros son adolescentes. Sin embargo, la cinta alberga la esencia de estos dos universos, que se entremezclan en esta obra antes de que estos hubieran nacido como subgéneros. En ella se muestra una sociedad futurista y distópica, en la que su protagonista, Charlize Theron, con habilidades físicas que rozan lo superheroico, decide acabar con el régimen dictatorial instaurado. La Wonder Woman del Distrito 12.

Si el interés de la situación se limitara al contexto histórico y a la carambola premonitoria, este texto carecería de mayor interés, pero aquí hemos venido a hablar de cine. Y a meter un poco el dedo en la llaga, también, pero con argumentos de peso. Esta sección nació con la intención de reivindicar películas defenestradas por la opinión general, pero que a un servidor le han parecido, cuando no rotundas obras cinematográficas, sí, al menos, artefactos con mayor valía que el grueso de lo que se puede ver semana tras semana en la gran pantalla. Unos atributos que definen a Aeon Flux. Esta pertenece a la segunda opción, la más interesante de analizar, la de las obras imperfectas pero llenas de personalidad.

Y es que parece una broma, pero cuesta acudir al cine y conseguir que lo que te sirvan sea, eso, cine. La producción comercial actual está demasiado preocupada por no cometer absolutamente ningún error que provoque el ridículo; tanto, que, a base de preocuparse por no cometer errores, tampoco ofrece ideas. Todo está demasiado medido, demasiado controlado. El estudio mete mano por todas partes para que las obras funcionen como inversiones económicas, pero en la mayoría de casos carecen de aquello que las convierte en obras cinematográficas: alma, personalidad, algo que aportar, y todo ello desde lo visual.

Que esta reflexión no lleve a un malentendido: no se trata de conducir el cine comercial hacia las mecánicas del cine iraní contemplativo, sino de compaginar la vertiente comercial con el talento en la realización y un mínimo de interés por crear algo valioso. A esta situación se suma la tendencia, cada vez más dañina, de situar todo el peso en el guion, es decir, precisamente en aquello que no define al cine como lo que es. Es un accesorio, quizás necesario, pero accesorio al fin y al cabo. Pero aún hay más: en esta nueva tendencia del cine comercial, el guion se limita a la trama, a que sucedan cosas en la pantalla. Cuantas más, mejor. “Cuanto más enrevesado, mejor será”, parecen pensar los responsables de los estudios. O el público, que con su dinero respalda estas opciones –aunque también habría que discernir entre elección y ausencia de alternativas, debate que no procede en esta sección–.

Nada de esto está presente en Aeon Flux, una cinta de apenas 85 minutos, que centra su atención en el despliegue de medios visuales y toma la trama como lo que es: un accesorio para guiar dicho despliegue. Tras las cámaras se sitúa la directora Karyn Kusama, una mente pensante que en cada escena demuestra que la ha procesado y ha decidido cuál es la mejor manera de traducirla en imágenes. Pero pensar no significa acertar: en Aeon Flux el ridículo convive con la genialidad, y es tan fácil encontrar un primer plano arrebatador de su protagonista, de esos en los que la forma se convierte en fondo, como toparse con una secuencia ridícula en la que lo que ocurre carece de sentido y a duras penas se entiende lo que la realizadora pretendía mostrar.

Esto último es especialmente notorio en las escenas de acción, en las que parece que Kusama juega a tomar las premisas del posthumor –ese que se detiene a observar el fracaso de la propia comedia- y traducirlas a los códigos del cine de acción, pero de manera involuntaria. El resultado es una sucesión de tiroteos, persecuciones y peleas de artes marciales en las que siempre da la impresión de que Kusama se ha esforzado en localizar la peor manera de narrarlo en imágenes. Notablemente influenciada por la en aquel entonces reciente saga Matrix, la directora toma la parte más ridícula de los planteamientos de las hermanas Wachowski y prescinde de esa capacidad que presentaba la trilogía futurista para apabullar con su despliegue visual.

¿El resultado? Una cinta ridícula, que hace aguas por momentos y a la que se le nota cómo ha sido cercenada en la sala de montaje, sí, pero también un film lleno de personalidad, hecho por una persona con capacidad para narrar conceptos en imágenes y prescindir de guiones hipertrofiados y milimetrados. Hay quien no pasará de la burla facilona al ver Aeon Flux, pero, en esta época de sangrante corrección e incapacidad para el riesgo, es un gustazo sentarse a ver una obra que se atreve a intentarlo. Aunque fracase. Aunque caiga en el ridículo. Porque sólo así -como, en efecto, ocurre- es posible que a ese ridículo le acompañe la lucidez. Y es que, le duela a quien le duela, en uno solo de esos primeros planos de Charlize Theron hay más cine que en el grueso de la producción de Marvel Studios.



Fotografía: Youtube Canal MovieClips


 

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