La cobertura de la sección Política comienza esta segunda parte con uno de los asuntos más relevantes de la Europa actual, como es el de las consecuencias asociadas a un pasado colonial. Más concretamente, se coloca el foco sobre Francia, uno de los que más está sufriendo las consecuencias de una colonización desastrosa y posterior integración racial fallida en su propio territorio. En este país, uno de los más multiculturales de este continente, un estrato de población inmigrante no está integrado en la sociedad y se siente ciudadano de segunda categoría. Este aislamiento provoca malestar, rabia e indignación, un poderoso caldo de cultivo para la radicalización. Sin la menor intención de justificar el terrorismo, resulta imprescindible realizar un toque de atención acerca de los motivos que llevan a individuos de tercera generación, de nacionalidad francesa, a no sentirse integrados y a optar por la violencia frente a una situación a la que no le ven salida.

Sería interesante encontrarse una película que se planteara todos estos dilemas, que abriera el puño para permitir la entrada de voces disidentes a la versión oficial y que sacara a debate un asunto lamentable y de difícil solución. Desgraciadamente, no hay en esta sección una película que lo haga. Lo más cercano a esto es Objetivo: París (2015), una cinta que se alinea con el discurso socialmente aceptado al retratar a los terroristas como gente inconsciente o simplemente radical. La totalidad del film es un lugar común que no aporta ni un rayo de luz a la cinematografía: rodado en piloto automático, al estilo telefilm –ya son varios los presentes en esta sección–, sin una sola idea visual o de guion destacable. Junto con El gran juego, es de lo más flojo que se puede ver en la sección Política, y probablemente en todo el Atlántida Film Fest. Y esto es así porque se trata de una película que maneja un tema jugoso y lo resuelve de la manera más evidente o facilona. No se la está acusando de falsa; nada de lo que ocurre necesariamente tiene que ser irreal. El problema es de base: da soluciones muy sencillas a problemas muy complejos.

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‘Objetivo: París’ / Fuente: Filmin

Pero esta no es la única consecuencia que Europa está sufriendo por un pasado irresponsable. Como ya se comentó en la crónica anterior, cuando se analizó WINWIN, la crisis económica ha marcado el desarrollo del principio del siglo XXI en este continente, especialmente en aquellos países menos preparados para afrontar una etapa de dureza. Países como Italia, Grecia o España se han visto seriamente perjudicados, y a esto se suma la desatención, cuando no directamente corrupción, de los respectivos gobiernos en las décadas previas. El sistema se ha podrido y el sufrimiento se apodera de las personas más desprotegidas, pero llega un momento en el que el vaso se colma. La gente que ya lo ha perdido todo, o simplemente el miedo, se organiza para salir de su situación de precariedad. Dos películas abordan la época post-crisis: Next stop: utopia (2015) y Metamorphosis (2015).

Ambos documentales abordan, respectivamente, la crisis griega y la española, pero en ninguno de los casos lo hacen desde el análisis político-económico, sino desde la visión de la gente de a pie, de los afectados, y de cómo estos se han cansado de esperar a que la situación cambie y han pasado a la acción. La primera habla sobre un sonado caso en el país heleno. Una fábrica griega que se ha declarado en bancarrota, pero sus obreros no están dispuestos a asumir que la crisis acabe con sus vidas, por lo que deciden mantener operativas las instalaciones, aunque para obtener beneficios tengan que pasar de fabricar baldosas a elaborar jabón. Apostolos Karakasis se adentra en el día a día de esta cooperativa improvisada, en sus asambleas, en su trabajo organizado, en sus dudas frente a lo que están haciendo y en su lucha por sacar adelante un proyecto que se salta las leyes, pero porque estas no están hechas para proteger a la clase obrera. El documental, de cariz optimista, funciona como contrapartida a otro documental que pudo verse en el pasado Festival Márgenes Online, de nombre El sentido del tiempo (L’esma del temps, 2015). Esta obra seguía el desarrollo de un pequeño pueblo que había optado por la asamblea popular como manera de organización política. Mientras el documental griego acaba con esperanza a pesar de las dificultades, este último mostraba la probable imposibilidad de aplicar un sistema de gobierno basado en la participación ciudadana total.

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‘Next stop: utopia’ / Fuente: Filmin

Por su parte, Metamorphosis narra la conversión del movimiento social Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) de Barcelona en una convergencia de partidos y movimientos sociales, bajo el nombre de Barcelona en Comú. La idea de este documental es similar a la de Alcaldesa (Pau Faus, 2016), en el que se seguían los pasos de Ada Colau al frente de este nuevo movimiento político. Rodado en paralelo y en espacios compartidos con este, Metamorphosis resulta todavía más interesante que su homólogo, puesto que en este caso la protagonista no es ninguna cara conocida. Laia es una chica cualquiera, desconocida para el público, que lucha día y noche por sacar adelante este ilusionante proyecto, sin intención de convertirse en un personaje público del ámbito político. De esta manera, la cinta se aproxima todavía más a lo que puede haber sido vivir Barcelona en Comú por dentro, y también se inunda de sentimientos positivos en la parte final del metraje, al igual que el documental griego anteriormente comentado, especialmente a raíz de la victoria de este movimiento en las elecciones a la alcaldía de Barcelona de mayo de 2015.

Pequeñas victorias que amenazan con desestabilizar el orden instaurado. La siguiente película comparte con estas dos últimas esa idea de pequeños pasos que puedan provocar la salida adelante de un pueblo oprimido. El tesoro (2015), la nueva película del rumano Corneliu Porumboiu, narra la historia de un supuesto cofre escondido en el jardín de una casa de campo que, de ser encontrado, podría salvar las respectivas situaciones económicas de dos familias, una a punto de ser desahuciada y la otra con la cabeza fuera del agua pero con riesgo de ahogarse en cualquier momento. La crisis está pegando muy fuerte, y países que nunca fueron potencias, como es el caso de Rumanía, son especialmente vulnerables en momentos como los actuales. Es por ello que esta obra, con un tono ligero pero de poso denso, apuesta por la fábula para desentenderse por un instante de la grave situación actual, y termina como una pequeña victoria de Robin Hood de barrio.

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‘Boye’ / Fuente: Filmin

Pero todavía queda mucho por hacer. Las manos del sistema siguen metidas en el fango y arrastran consigo todo lo que tienen por delante. Aunque actualmente la población se encuentra en alerta constante y ya no es tan sencillo engañarla, echar la vista al pasado puede ser dramático a la hora de analizar el lado más oscuro de unas políticas, cuanto menos, cuestionables. Es el caso de Boye (2016), documental que narra la experiencia de Gonzalo Boye,  actual editor de la Revista Mongolia y de pasado turbulento. La visión del documental es la de la persona afectada, y esto levanta suspicacias, pero cuesta poner en tela de juicio sus afirmaciones, a tenor de las pruebas presentadas y de la manera en que el propio Boye argumenta y reflexiona frente a la cámara, a modo de busto parlante. El documental de Sebastián Arabia disecciona el sistema penal y jurídico de los años posteriores a la Transición, en una época en la que el terrorismo pegaba con fuerza en España y la alarma era constante, lo que llevó a que se cometieran injusticias tales como la que probablemente haya sufrido Boye, quien fue encerrado durante 14 años por un delito que difícilmente habría podido cometer. La segunda parte aborda su vida tras esta experiencia traumática, por lo que resulta imposible que alcance las mismas cotas de interés que la primera hora de metraje. Sin embargo, resulta llamativo observar cómo una persona con un futuro tan encaminado hacia una rama profesional -la empresarial- se ve afectado por semejante suceso, hasta el punto de derivar toda su vida, sus intereses y su proyección profesional hacia un ambiente tan diferente como es el ejercicio de la abogacía desde la perspectiva de perseguir la verdad y defender las causas justas. 

En líneas generales, cubrir la sección Política del Festival online Atlántida Film Fest ha sido decepcionante. A pesar de títulos valiosos como Boye, WINWIN o Metamorphosis, lo cierto es que ninguno de ellos escala hasta el apelativo de obra imprescindible. Más doloroso es observar que la línea media de la categoría haya sido tan baja, con títulos que no desentonarían en la programación de las televisiones en abierto un domingo por la tarde, por lo que la sensación final reitera esa idea de que acotar tanto el espectro condena al festival a reducir la calidad de su oferta. En las otras tres secciones –Memoria, Generación y Fronteras–, si bien este crítico no las ha visto en su totalidad, se observa una tendencia similar, por lo que el nivel general de la programación destaca más por sus pozos que por sus cumbres cinematográficas.


 

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