La decepcionante vida de Madame Bovary


En 1856, el escritor francés Gustave Flaubert dio vida a Madame Bovary, protagonista de la novela homónima que no ha cesado de visitar las pantallas desde la primera adaptación de Jean Renoir en 1933. Trascendente desde el momento de su publicación, el alcance de la novela no se debió, únicamente, al estilo de Flaubert y su contribución al realismo, sino también por la creación de un personaje que hacía tambalear los cimientos de la sociedad burguesa de finales de siglo XIX. Sophie Barthes dirige la última adaptación de esta mujer condenada a la vida, prescindiendo de los elementos que distraen la atención de lo verdaderamente importante: empatizar con una mujer sin enjuiciarla desde la moralidad social.

Emma Bovary corre desesperada por el bosque. Así comienza Madame Bovary, con una secuencia compuesta por tres planos y un nervioso movimiento de cámara que nos revelan el trágico desenlace de esta mujer. A partir de aquí comienza la historia de esta muerte anunciada. El relato se sitúa en el momento en que Emma se convierte en esposa, dejando atrás todo aquello que corresponde a la infancia y que Barthes acierta a mostrar con ráfagas de la vida de una niña que, inocente, sonríe y juega. Directores como Vicente Minnelli en 1949 o Claude Chabrol en 1991 apostaron por mostrar la procedencia de esta mujer, fieles a la crítica de la sociedad que Flaubert realiza a través de esta novela. Madame Bovary, personaje determinado por su contexto, encarna la figura de una mujer reprobada socialmente por cuestiones de moral (Flaubert tuvo que pasar por un proceso judicial por considerarse una novela ofensiva contra la moral de la época). No es de extrañar que tanto la película del 49 como la del 91, sostuvieran gran parte del relato en esos momentos de lucimiento de la alta burguesía así como en los comentarios y habladurías de todos los allí presentes, convirtiéndose en jueces de la vida de esta mujer.

 En esta última versión, Madame Bovary está sola. No se trata de esa soledad que caracteriza al personaje de la novela, sino de la realidad que Barthes nos muestra a partir de las numerosas escenas del mundo de Emma, un lugar de escasas palabras donde la mayor parte de las veces solo está ella en escena (118 minutos de Mia Wasikowska en pantalla). No hay rastro de aquello por lo que se condenaba a las mujeres en el siglo XIX: la ausencia de instinto maternal o la apariencia del perfecto “ángel del hogar”. Eliminar tales cuestiones sitúa el análisis de este personaje sobre el alma de Emma, lo único que importa es el sentimiento de frustración, la ausencia de objetivos personales, su desidia e infelicidad. Emma sale al bosque a respirar cuando aparecen estos síntomas de asfixia existencial. La cámara no la pierde de vista, no importa lo que queda más allá de Madame Bovary.

 A pesar de los distintos tonos de intensidad emocional de las múltiples versiones de Emma, hay un rasgo definitorio, universal, que no varía por ser la esencia del personaje: la insatisfacción crónica. El valor de la cinta de Sophie Barthes radica en desnudar a este personaje de todos los prejuicios sociales que siempre han guiado su entendimiento. Empatizar no es tarea fácil, pero quizá sí lo sea entender la decepción que supone no alcanzar ciertas expectativas. En definitiva, eso es muy característico del siglo XXI.


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Bovary - cartel

MADAME BOVARY

Dirección: Sophie Barthes

Reparto: Mia Wasikowska, Ezra Miller, Paul Giamatti, Rhys Ifans, Logan Marshall-Green

Género: Drama, Adaptación literaria. Estados Unidos, Alemania, Bélgica, 2014

Duración: 118 minutos


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