¡Muy buenos días, fanático de lo ficticio! Como némesis mía que eres, y con lo mucho que te adoro, he escogido para ti una película a la altura de mi amado Shyamalan. Se trata de Spiceworld: The Movie, el lado hortera de las torturas a las que nos somete habitualmente el genial Michael Haneke, otra de mis referencias cinematográficas. Ale, ahí la llevas. A ver muchas series y muchas películas chuscas.

Richie Fintano, alias “el podcaster masculino más sexi”

Recibir la llamada de tu némesis siempre reconforta. Las pullas vuelan, pero es una sarna que gusta. Fiel a su infatigable capacidad para el haterismo irreverente y el ingenio aplicado al troleo, el Señor Fintano, la persona a la que mejor le queda un sombrero –especialmente cuando es la única prenda de ropa que porta–, es el podcaster masculino del dúo que forma la factoría Fans Fiction, conjunto de programas de lo que se conoce como “radio online”: el podcast. Junto a su compañera María Santonja, desparraman sobre la mesa sus irreverentes análisis sobre el mundo del cine y de las series. Y lo mejor de todo es que lo hacen rodeados de gatetes.

La capacidad para odiar de Richie Fintano crece exponencialmente y no encuentra su techo, por lo que esta vez ha dado en el punto G de esa cinematografía tan desahuciada por sus aspiraciones o acabado final, pero a su vez tan auténtica. Y es que Spiceworld: The Movie es deplorable, pero en ella encierra un desglose de triunfos horteras que hace las delicias de todo cinéfago deseoso de confirmar que no tiene límites en lo que a digestión cinematográfica se refiere. Y lo cierto es que, precisamente en este aspecto, la película a analizar decepciona por lo fácil de asimilar que resulta.

Dirigida en 1997 por Bob Spiers, valiente responsable de Un gato del FBI (1997), que a todas luces apunta a próximo exitazo de esta sección, Spiceworld: The Movie es un combo de videoclip extendido y recopilatorio promocional del grupo musical pop Spice Girls, que machacó los tímpanos de la población en los noventa y primera década de los 2000. Su mezcla de ritmos bailables y estética hortera la convirtieron en un absoluto guilty pleasure, antes de que este término fuera incluso acuñado, o, cuanto menos, puesto de moda, por la nueva ola seriéfila.

El nombre de la propia película es significativo del enfoque que destila esta producción. En el momento del rodaje, el quinteto estaba grabando su segundo disco, cuyo nombre era, en efecto, Spiceworld. “Dos más dos son cuatro, nos cascamos una película protagonizada por el fenómeno de la década y derretimos la taquilla”. Hasta el mismísimo festival de Cannes se fueron para anunciar este proyecto, hecho con dos duros y orientado a cumplir la expectativa de humedecer a fans a golpe de autobombo complaciente y encumbramiento de las por entonces mitos de la música popular. Tanto es así que sólo Titanic fue más vista ese año en Estados Unidos, y actualmente sigue siendo la película británica más exitosa que se haya proyectado en los Estados Unidos.

Pero hay mucho donde rascar en esta producción que aparenta ser un anuncio de hora y media pero que tiene mucha chicha a reivindicar. Chicha de muy mal gusto, estúpida en todo momento, pero chicha de la turgente. El mayor acierto de este proyecto está en lo autoconsciente que es. No hay el menor afán de trascendencia, de mostrar el lado menos conocido, el más humano, de estrellas conocidas en todo el mundo pero de las que poco se sabe. Esa estrategia, tan cercana al reality show más desagradable, es un arma de doble filo imposible de manejar, y aquí los creadores muestran suficiente inteligencia como para no caer en el fango de la ñoñería o en una vomitiva trascendencia impostada.

Las Spice Girls son las primeras que se ríen de sí mismas, y no tienen reparo en cachondearse de las características que siempre han definido a cada una de las cinco: la sexi, la pija, la deportista, la inocente y la guerrera. Pero las risas duran bien poco. Ya sea una maniobra de respeto a los cánones –no vayamos a tocar demasiado las narices y crear una crisis de “identidad” en estos cinco pedazos de carne musical– o de una coherencia absoluta –la honestidad de aceptar que estos tópicos en realidad sí representan tu esencia, por patético que resulte–, lo cierto es que las cinco se aferran a sus estereotipos, a la postre quizás lo único que las defina dentro de un estilo musical basado en la fugacidad y la ausencia de personalidad. Y tiene toda la pinta de que esta infantil transgresión es postureo a mayor gloria de un humor chabacano.

Y es que la película no carece de humor, pero fracasa cuando se aleja del absurdo, su verdadera mina. La línea hortera que define este proyecto alcanza sus máximos en los gags, desquiciados y llevados hasta el extremo de la estupidez gratificante. Personajes unineuronales, meras herramientas al servicio del guion, mutan en caricatura estúpida para desarrollar una suerte de chistes, más conseguidos cuanto más idiotas sean, a los que se les suman simpáticos cameos de personajes públicos como Elton John, Bob Hoskins, Hugh Laurie o incluso un Roger Moore que se pasa al otro lado  del universo James Bond e interpreta el papel de villano explotador de las cantantes. Pero la apuesta no es total, y es por ello por lo que sólo es realmente salvable uno de los gags, brillante sin dejar de ser sencillo: el protagonizado en los primeros compases del film por los dos chupasangres del periódico amarillista que aparece en la película, que trata de hacer caja a costa de inventar rumores y descontextualizar declaraciones relacionadas con las Chicas Picantes. La literalidad del déjà vu da paso a la materialización del tremendismo habitual de los discursos de malo malísimo, y dos ideas tan acertadas como simples por fin dan algo de brío al relato. Y esto ocurre al principio, cuando el encefalograma plano todavía no define nuestro estado mental.

La película se sustenta en un tremebundo guion escrito por Kim Fuller, hermano de Simon Fuller, creador de American Idol y sucedáneos y el que en su día fue manager de las Spice Girls. Al menos, el escritor no tiene la tentación de justificar la falta de justificación de su libreto. La arbitrariedad de cada una de las escenas es tan flagrante que se dobla sobre sí misma y hasta tiene su gracia. Como si de un corta-pega de videoclips se tratara, la obra teje islas argumentales sin complejos y no se molesta en que se note el descosido. La honestidad es bien. Otro de los grandes desperdicios de esta obra es su intento, sólo intento, de jugar con la mezcla de géneros e ideas, todos tamizados por el filtro de la comedia blanca: misterio, acción, series de espías de los años sesenta, cine de academias militares, cine dentro de cine, ciencia ficción…Nada de esto impide que el patetismo y la vergüenza ajena lideren la esencia de un libreto terrorífico, que ni siquiera es capaz de darse cuenta del juego que puede dar que unos extraterrestres visiten a las Spice Girls ¡y sean sus fans! No lo ven. Lo plantean, sólo lo plantean, pero no lo desarrollan. Otra isla argumental, la más injustificable de todas, la de mayor potencial, la más desperdiciada. Todo mal.

Pero bien es sabido que, de manera general, el guion está sobrevalorado. En los análisis de toda película, la comunidad de la crítica cinematográfica derrocha litros de tinta en su afán por analizar perfilados de personajes, giros de guion y motivaciones en relación a la verosimilitud de lo planteado, cuando nada de eso importa si por delante se construye un ejercicio de forma contundente, como es el caso de la fallida, desbarrada, incoherente, absurda por momentos pero final e inexplicablemente brillante Toro (2016). Pero tampoco nos engañemos; ni en Spiceworld: The Movie están por la labor de hacerlo, ni lo consiguen. Donde están justificados los litros de tinta es en analizarlo.

Resulta indispensable tender un puente con la sublime propuesta formal de una película que se me ha adelantado a la hora de diseccionar esta serie de productos audiovisuales influenciados y espoleados por la estética del canal televisivo de música MTV. Zoolander (2001), dirigida y protagonizada por Ben Stiller, es una brillante disección del mundo del famoseo y especialmente de la manera de retratarlo. En ella aparecen todos y cada uno de los elementos que caracterizan la puesta en escena de Spiceworld: The Movie. El problema es que esta última, a su manera, como el Partido Popular, va en serio. Analizar Zoolander es entender las tendencias noventeras: esa cámara en constante movimiento, esa explosión de colores, con tal grado de exposición del fotograma que provoca una saturación neblinosa de la imagen, ese seguimiento de personajes, casi persecución, siempre encuadrados en gran angular…Todos los vicios del videoclip de la época se ven reflejados en la obra de Ben Stiller, que satiriza lo que la película de las Spice Girls se toma muy en serio. Tanto es así que un repaso a los vídeos musicales de este grupo descubre las inmensas similitudes entre estos cortos y el largometraje, confirmando la teoría de que esta obra no tiene otro propósito que el de volver a rodar nuevos videoclips para las canciones que recorren este atípico musical. Lo único que diferencia a la película de los vídeos es la imposibilidad de mirar a cámara –recurso tan explotado en los videoclips y que aquí encuentra su reducto en un par de escenas– y cierta contención formal. Aguantar hora y media de ritmo videoclipero no está al alcance del espectador medio.

Sin embargo, y por increíble que parezca, cortos y largo funcionan como una improbable pronóstico de ciertas tendencias que abundan en la cinematografía actual, una más afín a este tipo de cine pero otro en las supuestas y presuntuosas antípodas. Por un lado, la película expone cómo el género musical, en su día dado por muerto, evolucionaría hacia un enfoque caracterizado por el peso del primer plano de la estrella de turno y la ausencia de planificación a la hora de rodar las escenas –la muerte de la puesta en escena y el disimulo de las carencias danzarinas de los implicados–. Por otro lado, al revisar el videoclip Wannabe, probablemente la canción más famosa de este quinteto, se descubre que se trata de un plano secuencia, el recurso estrella de la cinematografía actual. Ambas características, vistas en retrospectiva, radiografían el presente en su lado más bochornoso. Al final resultará que la supuesta exquisitez artística de Birdman (2014) y la supuesta bajeza cultural de las Spice Girls son compañeras de piso…


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SPICEWORLD: THE MOVIE

Dirección: Bob Spiers.

Intérpretes: Spice Girls, Richard E. Grant, Roger Moore, Elton John, Claire Rushbrook, Alan Cumming, George Wendt, Jason Flemyng, Bob Hoskins, Hugh Laurie, Bob Geldof, Elvis Costello

Género: Comedia musical. Reino Unido, 1997.

Duración: 93 minutos.

 


(Fotografías: Spiceworld: The Movie official / Facebook )


Tráiler de Spiceworld: The Movie


 

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