La insoportable levedad de los Oscars


El legado del cine clásico sigue vigente en la actualidad, pero cierto espectro de la producción hollywoodiense ha realizado una perniciosa interpretación de los logros alcanzados en esa época. Dos obras de actualidad ejemplifican las dos vertientes. Por un lado, Carol (2015), lo nuevo de Todd Haynes, continúa la línea trazada en esa época dorada, y no por trasladarse a los años 50, momento en el que se ambienta la obra, sino por el corte clásico de su narración. Las atmósferas, la elegancia en el trazo, la transparencia en la forma, todo remite a un estilo que abogaba por eliminar el estilo propio y facilitar la entrada del público en la historia. Una anulación de la autoría que sólo es aparente si detrás de las cámaras se sitúa un auténtico creador. Haynes lo es. Su talento trasciende obviedades y torpezas narrativas, lo que permite que Carol se eleve por encima del grueso de producciones comandadas por una realización efectiva pero automatizada, caudaloso afluente por el que navega Brooklyn (2015).

Irlandés que debutó en los terrenos de la realización de corte alternativo con Intermission (2003), John Crowley dirige esta obra que compite en los Oscars en los apartados de mejor película, mejor actriz protagonista –Saoirse Ronan– y guion adaptado –Nick Hornby–. Al igual que su protagonista femenina, Eilis Lacey, Crowley está entre dos tierras: su natal Irlanda, donde labrarse un futuro está complicado, y los prometedores Estados Unidos, cuna de sus sueños. Si bien hasta la fecha ha desarrollado toda su carrera en las islas británicas y su contacto con la producción estadounidense ha sido sólo uno y televisivo –director del 5º y 8º episodio de la segunda temporada de True Detective (2014)–, todo en Brooklyn remite a Hollywood, y, a diferencia de la cinta de su compañero Todd Haynes, lo hace en la otra vertiente anteriormente nombrada, la perniciosa. Y es que este film, más que clásico, es academicista, entendiéndose este término como la aplicación de pautas y principios por el mero hecho de seguir las normas establecidas, por perpetuar un modelo que se sabe que funciona. La verdadera anulación del autor, pues parte de él mismo.

El grado de corrección de esta obra es lo que la ha llevado a estar presente en el certamen más mediático del mundo, los Oscars 2016 –a diferencia de la sonrojante ausencia de Carol–, y es precisamente esta condición la que acaba con ella. Situada en el vagón de cola de las nominadas, este drama romántico, con la inmigración a mitad del siglo XX como telón de fondo, probablemente abandonará el Kodak Theatre con las manos vacías el próximo 28 de febrero. Y es que, en su afán por ajustarse a los parámetros de La Academia, a Brooklyn se ha olvidado de ser auténtica. Cimentada sobre una historia que cumple cada una de las reglas del guion clásico de cine, esta obra sufre el mismo mal que El viaje de Arlo (2015). Los giros dramáticos, las frases aparentemente intrascendentes que posteriormente cobran un enorme significado, las necesarias metáforas visuales que marcan a fuego las ideas centrales del film…Todo sabe a añejo, a ya visto, a impostado. La espontaneidad se esfuma y la narración pierde todo atisbo de personalidad.

El único detalle reseñable de Brooklyn es el intercambio de roles que se da entre personajes masculinos y femeninos. Habitualmente protagonizadas por hombres, en este caso la principal es una mujer y los que quedan desdibujados son los dos hombres que gravitan a su alrededor, cada uno en un extremo del océano Atlántico que en varias ocasiones ella cruza. Ambos funcionan como excusas para provocar la evolución de la protagonista y carecen de verdadera autonomía, una situación que se convierte en flagrante en el caso de Jim Farrell –interpretado por Domhnall Gleeson–, cuya existencia atiende única y exclusivamente a la generación del conflicto sentimental más importante de la historia.

La última entrega de Pixar-Disney aceptaba las ataduras de su libreto y desarrollaba todo su potencial en la forma, que llegaba desde un exquisito desglose de gags visuales que aprovechaban la bendita limitación de que sus dos personajes principales no se pudieran comunicar mediante la palabra. Esta experimentación, que no abandona los cauces del cine de grandes masas, tampoco está presente en Brooklyn. Esta obra avanza con la soltura que le otorga el modelo infalible, pero genera indiferencia a su paso. Film agradable, entretenido, con algún que otro plano de cierta fuerza narrativa –el juego de miradas de Eilis en la cubierta del barco en sus varios viajes, y el especial énfasis que se hace sobre el horizonte a lo largo del relato–, el poso que deja es inexistente y su destino es atracar en el puerto del olvido. ¿Todos estos argumentos hacen de Brooklyn una mala película? En absoluto. El nuevo trabajo de John Crowley no es malo; es intrascendente, lo que es todavía peor.


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BROOKLYN

Dirección: John Crowley.

Intérpretes: Saoirse Ronan, Emory Cohen, Domhnall Gleeson, Julie Walters, Jim Broadbent.

Género: Drama romántico. Irlanda, 2015.

Duración: 132 minutos.

 

 


 

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