En las narraciones largas (novelas, pongamos por caso) uno de los múltiples criterios que se han aplicado tradicionalmente a la hora de distinguirlas ha sido el que diferenciaba entre aquellas historias donde el peso fundamental lo soportaba la trama, la concatenación de acciones o el giro inesperado de los acontecimientos, por un lado, de aquellas otras donde lo fundamental era el tratamiento de personajes, sus caracteres, su compleja interioridad. Y como existen pocas formas narrativas puras (toda pureza es insoportable, casi terrible: creo que es ése uno de los sentidos principales de aquel verso de Rilke: Jeder Engel ist schrecklich) lo normal ha sido que la mayoría de las historias contuvieran ambas: tanto la importancia de las peripecias como el tratamiento de la psicología de los personajes, si bien con predominio de una o de otra según los géneros. Como muchas veces en la vida (y no solo en Hegel), la solución no pasa por la exclusividad de la tesis o de la antítesis sino por la asimilación y la síntesis; y de este modo novela y cine han proseguido su marcha imparable incorporando para sí todo aquello que les iba saliendo al paso.

Uno de los subgéneros cinematográficos (aunque creo que todavía ni siquiera es tal) que de manera más interesante ha logrado esa integración de acontecimientos externos con complejidad de personalidades es el de aquellas historias en las que se revela el carácter de un personaje, lo más nuclear y esencial en él y por tanto el significado de su vida toda, en la consulta del psicoanalista. Con el precedente moderno en El príncipe de las mareas (B. Streisand, 1991) no conozco, sin embargo, muchos ejemplos en el cine que tengan como conflicto este asunto: la revelación del sentido que cobra la existencia de un individuo una vez que se produce el desvelamiento de su esencia; es decir, la elaboración narrativa moderna de aquella fórmula antigua “carácter es destino”. Quizá porque ese desvelamiento no puede sino ser paulatino, necesariamente lento, interrumpido por constantes retrocesos y reanudado con pequeños avances, no es un asunto que encuentre en un largometraje la estructura formal idónea para su desarrollo: una hora y media o dos horas no pueden ser suficientes para explicar cabalmente el destino de un ser humano; para pelar -con metáfora de Günter Grass- todas las capas de la cebolla.

Debido a ello los casos de elaboración más perfecta y acabada de este tipo de historias se han dado en las series de televisión. Dos son los ejemplos que conozco, ambos magníficos: Los Soprano y En terapia, ambas producto de HBO. Aunque muy distintas en su ejecución global y en desarrollo, ambas se ponen en marcha con la misma idea: ¿es posible llegar a conocer a un ser humano? Y el disparadero que pone a funcionar la maquinaria narrativa es el mismo en ambos casos, y muy sencillo: dos personas (un psiquiatra y un paciente), sentadas la una frente a la otra, hablan: pregunta una y explica fragmentariamente la otra; pregunta algo esta última, responde brevemente la anterior e incita a que la otra siga contando su vida; hablan y hablan. Y por medio del relato que uno de los personajes va elaborando y que el otro ayuda a elaborar es como se nos va mostrando de forma plenaria la totalidad de la persona del paciente.

En el caso de En terapia los capítulos duran algo menos de media hora, y en cada uno de ellos el psicoanalista habla de forma exclusiva con un paciente, uno distinto cada día de la semana. Con la progresión de los capítulos se nos van revelando no sólo la vida de los pacientes sino también la del terapeuta, psicoanalizado a su vez por otro colega el último día de cada semana. En el caso de Los Soprano la trama de la serie es mucho más compleja y omniabarcadora, pero en casi todos los episodios hay un espacio para la sesión semanal de psicoanálisis a la que se somete el protagonista, jefe de una familia dedicada al crimen organizado en Nueva Jersey, con su doctora, con la que habla y habla y la cual, a su vez… también tiene su propio psicoanalista al que le abre su interioridad.

Muchos son los temas secundarios que van surgiendo a lo largo de las dos series: la relación traumática o envenenada con la propia familia, el discurso falso (a veces interesadamente falso, otras producto de una inevitable distorsión) con el que pretendemos explicarnos a nosotros mismos y tratar así de descifrar nuestro lugar en el mundo; la dificultad para distinguir y entender sentimientos como el amor y la aversión, como la culpa, la responsabilidad o lo abrumador que resulta a menudo conducirse por el laberinto de la existencia; también el enamoramiento inevitable que se produce entre dos personas que dejan con el tiempo de ser desconocidas y logran comprenderse la una a la otra en su penumbrosa complejidad. Y el modo como todo ello se desarrolla exclusivamente en la habitación cerrada donde dos seres humanos hablan resulta del todo fascinante.

Pero los temas principales siguen siendo sólo dos: por un lado la necesidad permanente de contar, de narrarnos, y de que nos escuchen en nuestro relato; y de que esa narración que elaboramos nos construya una identidad y nos configure un sentido, y especialmente se lo configure sobre nosotros a los demás, pues son ellos quien a la postre, querámoslo o no, nos concederán aquel sentido de forma definitiva; todos vivimos en el mundo. Y por otro lado la dificultad de juzgar debido, principalmente, a la imposibilidad de llegar a conocer nunca toda la verdad de un ser humano: nadie es enteramente inocente ni enteramente culpable, y la verdad que se nos muestra siempre es parcial, fragmentaria e incompleta; la verdad sólo lo es en el tiempo, y el tiempo cambia, y la verdad de ahora puede verse impugnada por una verdad nueva que venga a sustituir a la anterior y la invalide. Así, las narraciones que elaboremos sobre nuestra vida nunca serán nuestra vida sino el ensayo epistemológico imperfecto, transitorio y claudicante, de llegar a comprenderla.


(Fotografía: Freud last home, 20 Maresfield Gardens Hampstead London / Rup 11. CCSa 30)


 

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