En esta última edición del Atlántida Film Fest, la sección alternativa a las tradicionales Oficial y Atlas ha sido (Anti)Propaganda, que recoge el testigo de su precedente en 2014, Reflejos, aglutinando las piezas documentales del festival. Si el eje sobre el que se movían los títulos concentrados en Reflejos giraba en torno a los vericuetos del mundo del cine, las películas de la Sección (Anti)Propaganda han orbitado sobre la construcción narrativa de nuestra realidad –y, más concretamente, nuestra actualidad–, presentando puntos de vista muy particulares sobre diferentes problemáticas cuyas conquistas epistemológicas, en nuestro mundo democrático, son determinantes para el devenir del rumbo político.

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No borres estos vídeos, los veremos cuando seamos mayores” es la primera frase que se acierta a escuchar en Children 404 (2014, Askold Kurov y Pavel Loparev), y sintetiza muy bien lo que significa este trabajo: un notable testimonio del bochorno nacional que, más pronto que tarde, representarán las políticas represivas de Vladímir Putin en Rusia contra el colectivo LGTB. El documental sigue, en parte, los pasos dados por la iniciativa Children 404, dedicada a difundir y denunciar las situaciones de acoso escolar y vejaciones que sufren los menores a consecuencia de su orientación sexual, con entrevistas tanto a la periodista que promovió el proyecto –en pleno proceso judicial tras ser denunciada de acuerdo a una ley, aprobada en 2013, que vigila y sanciona lo que denomina propaganda de “relaciones sexuales no convencionales” para niños– como a jóvenes afectados por esta cultura del rechazo promocionada desde las jerarquías, tanto en las escuelas como en el ambiente familiar. En general, resulta muy impactante por el mismo disparatado conflicto que aborda, todo un statu quo de segregación en pleno siglo XXI en uno de los más grandes y poderosos países del mundo, y presenta historias realmente duras (por ejemplo, la de una chica que queda parapléjica tras intentar suicidarse porque su madre no acepta su condición), pero da la impresión de que todo ese material podría haberse dispuesto más eficazmente con una estructura narrativa concisa, de la que el documental no goza. Aun así, la fuerza de dicho material trasciende la forma.

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Es difícil valorar en términos cinematográficos un trabajo como The UK Gold (2013, Mark Donne): sin duda, merece la pena que exista solo con que sirva para que una única persona se enfade y cambie la orientación de su voto al enterarse de las lamentables prácticas fiscales que llevan a cabo diversas empresas en el Reino Unido, con la complicidad del propio Reino Unido, pero sus bondades son meramente informativas, no como película. Narrado por Dominic West, el célebre protagonista de la serie The Wire (2002-2008, David Simon), The UK Gold alterna las explicaciones de diferentes economistas y periodistas con el relato, más o menos eficaz, de la manera en que se encuentran distribuidas las cargas a lo largo de los territorios de la Corona británica, como las Islas Caimán, donde no existen impuestos directos a las empresas y no hay obligación de revelar el nombre de las que eligen tributar allí; o cómo multinacionales se aprovechan de la debilidad de países como Zimbabue, operando en el lugar pero pagando fuera, y evadiendo unos impuestos con los que podría escolarizarse a casi 50.000 niños. Estas actividades tienen su corazón en el distrito financiero de la llamada City de Londres, clave en la economía mundial, al que trata de denunciar el reverendo William Taylor en una visita al parlamento. Su cruzada, condenada desde el principio al fracaso como apreciaremos cuando se nos muestre el tamaño de la hidra a la que se enfrenta, será la que vertebre el documental, acompañado de banda sonora original de Thom Yorke (Radiohead), Robert del Naja (Massive Attack) o Guy Garvey (Elbow) como reclamo y desconcertantes ilustraciones oníricas que no llegan a armonizar en el conjunto y parecen ir aparte.

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Cada imagen que nos llega del interior de Corea del Norte tiene un cierto parentesco con lo que nos envía el robot Curiosity desde Marte: retratos fascinantes en el interior de un lugar ajeno al que seguramente no vivamos para acceder, y cuya repercusión informativa es, paradójicamente, equiparable al enorme misterio que encierra (puede que ahora mismo, de hecho, existan más datos empíricos sobre el cuarto planeta del Sistema Solar que sobre Corea del Norte). Es por ello que Songs from the North (2014, Soon-Mi Yoo) ya tiene buena parte del terreno ganado desde el principio. Se trata de una incursión entre las fronteras del país más hermético del mundo, con todo lo que ello conlleva, desde imágenes que parecen tener noventa interpretaciones de lo ambiguas que resultan hasta inquietantes aproximaciones a la propaganda del país, formulada sobre unas dinámicas de espectáculo y ostentación contrapuestas a la coyuntura en que parecen encontrarse buena parte de sus habitantes, de acuerdo con las informaciones que se nos ofrecen en el exterior. Si todo esto ya es críptico de por sí, la mirada de la directora, surcoreana, contribuye a alimentar esta desorientación eligiendo un estilo próximo al videoarte para transmitir su desaliento y amargura no tanto ante un régimen al que no ataca explícitamente, como ante la todavía, en principio, irresoluble fractura de una península que lleva más de un siglo, desde la ocupación japonesa de 1905, sin acariciar la posibilidad de vivir tranquila y dueña de sí misma.

propaganda

Mucho menos interesante es la zafia Propaganda (2012, Slavko Martinov), falso documental neozelandés que se hace pasar por un vídeo de propaganda norcoreano relatando los horrores de Occidente, como la dictadura del consumismo, el culto a la fama o la beligerancia de las naciones aliadas. La gracia está en hacer un ejercicio de autocrítica para que volvamos la mirada sobre nuestras atrocidades en lugar de preocuparnos tanto por las del régimen de Kim Jong-un, del que realmente sabemos bien poco, pero, si bien es una buena idea, el chiste se agota a los pocos minutos por el hecho de que, distancias irónicas aparte, lo que vemos acaba siendo un panfleto auténtico: a Slavko Martinov no le atrae el formato como oportunidad para efectuar una ejercicio de estilo, y sí como herramienta para sermonear, y se toma tan en serio este cometido, es tan megalómano en su empresa de denunciar todos los males que nos aquejan, que su más de hora y media resulta bastante infumable. Aparte de que muchos de los análisis que realiza son pobrísimos y tópicos (¡Tarantino y el Call of Duty nos gustan porque amamos la violencia!), Propaganda, a diferencia de la propaganda de verdad, carece del más mínimo sentido del espectáculo y tiene, en su lugar, una planísima y monótona manera de narrar las cosas que difícilmente, si entrásemos en el juego del documental, podría persuadir de nada a nadie en ningún sitio.

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La notable Forbidden Films (2014, Felix Moeller) es un muy completo documental que se propone estudiar, a grandes rasgos, las ideas políticas, sociales y filosóficas que difundían las películas de la Alemania nazi y el modo en que lo hacían, más allá de los ejemplos trillados que conocemos. El documental trabaja sobre títulos aún a día de hoy prohibidos, mostrando algunos fragmentos y tratando de evaluar sus efectos en el espectador, acudiendo a proyecciones especiales –siempre en marcos académicos– y hablando con profesores y directores de cine a fin de desentrañar las, por otro lado, enormes virtudes artesanales de unos trabajos comprometidos hasta la médula con su función de asaltar las conciencias del público e inocularles el virus del odio. Forbidden Films, en su afán por explorar el impacto que estas películas propagandísticas podrían tener en el siglo XXI e investigar su verdadera obsolescencia, no tiene miedo a hacer movimientos complicados en pos de la polifonía, como podría ser la decisión de entrevistar a auténticos neonazis, con la cara oculta y la voz distorsionada, para dar también su opinión, de un valor innegable al encontrarse éstos, precisamente, en el centro del problema que se pretende evitar con su prohibición.

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