Misterio en el pueblo


En el primer episodio de True Detective (2014), el guionista y showrunner Nic Pizzolatto (con la cooperación entusiasta de Matthew McConaughey) comenzaba poniendo a prueba todos los límites de la intensidad haciendo soltar al protagonista, a su llegada a la primera escena del crimen, un inenarrable monólogo en el que, entre otras cosas, calificaba al cuerpo de la vejada víctima como “el mapa romántico de la parafilia” (sic). En el arranque de El pequeño Quinquin, tras encontrar restos de una persona en el cadáver de una vaca, uno de los policías, con mirada profunda, alude a La bestia humana (1890) de Émile Zola pero, inmediatamente, su jefe le exhorta a dejarse de tonterías filosóficas: es un simple gag, si bien el gesto puntualiza las coordenadas en las que va a moverse el thriller e incluso sus propios mecanismos vertebradores, una intriga de premisa familiar para la mayoría de los telespectadores (extraños asesinatos en pueblo rarito), pero con idiosincrasia propia y cuya apuesta por la comedia, en contra de las apariencias, no tiene nada de liviano. Aunque Twin Peaks (1990-1991, David Lynch y Mark Frost) podría parecer un modelo más cercano que la serie de Pizzolatto si la redujésemos a su hueso, El pequeño Quinquin, al igual que aquella, es un trabajo genuinamente personal de su autor, donde el suspense se articula por la tensión entre los sucesos y el extraño concepto que flota en el ambiente, algo así como un cruce entre la sensibilidad provinciana y el absurdo francés más bufo y tatiano.

Este crítico ignora, en el momento de escribir el texto, cuál será el modo de explotación comercial por el que opte la distribuidora finalmente para su estreno en España; en cualquier caso, es importante señalar que El pequeño Quinquin fue concebida para el canal de televisión francés Arte como una miniserie en cuatro entregas de 50 minutos, por lo que, si bien siempre se consume con placer, la experiencia de ver sus casi tres horas y media del tirón (como, por gajes del oficio, le ha tocado a uno) puede ser algo apabullante, a la vez que –el que avisa no es traidor– un poco frustrante: las maneras de Bruno Dumont no son, al menos aquí, nada densas, pero sus propósitos también distan de ser los de un narrador al uso. Por hablar claro, más que interesarle el género del suspense para articular una trama, a Dumont le interesa el mismo suspense, así que su ejecución no está orientada, como en un folletín convencional, a la satisfacción de la catarsis.

El pequeño Quinquin corre el riesgo de ser malentendida, en un vistazo rápido, como una huida del director a zonas más seguras, pero es, de hecho, todo lo contrario. Monje del realismo acostumbrado a trabajar con actores no profesionales –que llevó al extremo en su anterior trabajo, Camille Claudel 1915 (2013), donde rodeó a Juliette Binoche de los internos de un manicomio real–, Dumont utiliza nuevamente recursos naturales (tanto una localidad real como sus habitantes auténticos) para formular un enigma consustancial a estos: podría definirse como el desafío de elaborar una película de género desde el naturalismo.

El críptico cierre que elige para sus más de tres horas de relato no hace sino intensificar el valor de estas: volviendo la vista atrás para intentar resolver el enigma, la mayor certeza que se halla es que esa duración es un recipiente, en realidad, muy, muy pequeño para el vastísimo mundo que Dumont nos ha mostrado. Las indescifrables miradas entre Quinquin y su novia Eve, los paseos en círculo del discapacitado mental, los tics del inspector o las flexiones vocales de la aspirante a cantante se erigen así en cosmos independientes de tamaño inescrutable que obligan a admirar la empresa.

El espinoso episodio del chico musulmán hace plantearse si el director estaba tratando de dibujar un gigantesco mosaico de la no menos insondable Francia actual, mientras que el apunte reiterativo de los niños, sobre quienes en realidad apenas llegamos a saber nada, como siniestros futuros dueños del mundo recuerda a la estrategia de terror emprendida por Michael Haneke en La cinta blanca (2009). Quizá lo que nos esté diciendo El pequeño Quinquin es que el retrato de costumbres de nuestros días debe incluir, por definición, el Apocalipsis: con las cosas poniéndose tan feas, en vez de esperar a ver un fin que seguramente venga a vernos antes a nosotros, de pronto lo más sensato podría ser hacer caso al impulso de conducir a dos ruedas un coche de policía en el momento más inadecuado.


EL_PEQUEÑO_QUINQUIN_HD_05


Cartel_Baja_EL_PEQUEÑO_QUINQUINEL PEQUEÑO QUINQUIN (P’tit Quinquin)

Dirección: Bruno Dumont.

Guion: Bruno Dumont.

Intérpretes: Alane Delhaye, Lucy Caron, Bernard Pruvost, Philippe Jore, Corentin Carpentier, Julien Bodard, Baptiste Anquez, Lisa Hartman.

Género: comedia, intriga. Francia, 2014.

                                                                                 Duración: 200 minutos.


 

 

 

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