Aunque no estoy muy puesto en el tema me imagino que con la invención de la imprenta allá por el siglo XV y la consiguiente multiplicación de los libros en el tiempo y en el espacio hubo quienes clamasen contra el nuevo artilugio. Puedo imaginarme las suspicacias con las que sería recibido y cómo habría quienes le atribuyeran una naturaleza diabólica, algo enviado por el demonio para hacer sucumbir al ser humano, o algo así; imagino que no pocos de estos dicterios vendrían también de quienes en seguida se sirvieron del invento para reproducir misales, catecismos, vidas santas y cosas por el estilo. Seguro que hay por ahí obras interesantes que aborden desde el punto de vista sociológico el advenimiento del libro impreso; la Historia del libro de Svend Dahl no dice nada al respecto. Una lástima, porque me gustaría saber más.

Como con la imprenta imagino que habrá ocurrido con todos los inventos. Parece que tampoco la primera enciclopedia se libró de este tipo de ataques: tengo por aquí la nueva novela de Pérez-Reverte que compré el otro día en el Carrefour y parece que cuenta algo de esto; a ver si encuentro tiempo para leerla antes de que publique la siguiente, tarda este hombre en escribir un libro menos tiempo que yo en leerlo y no me resulta agradable la sensación de que se me va acumulando el trabajo, aunque las novelas de este escritor tampoco es que me vuelvan loco. Pero en fin, no quiero salirme del tema; de lo que quería hablar es de otra cosa.

Sí he tenido tiempo y ocasión, sin embargo, de leer aquí y allá revelaciones sobre la naturaleza un tanto demoníaca de Internet, los smartphones y todo esto. Hay quien dice (Nicholas Carr) que el uso de esta tecnología está alterándonos el cerebro con las “multitareas”, y que con el tiempo los humanos seremos incapaces de centrarnos en nada concreto, nos volveremos incapaces biológicamente hablando para dedicarnos productivamente a todo asunto que requiera concentración, tiempo y constancia, y seremos todos un poco cabezas de chorlito. La extensión en el uso de Internet será así tan nociva para el ser humano que ya no existirá el Déficit de Atención e Hiperactividad porque todo el mundo lo tendrá; dejará entonces de ser una patología y pasará a formar parte de la normalidad, supongo que igual que no existe el “Déficit de Longevidad Pasados los Cien Años” o el “Déficit de Aprendizaje de Lenguas No Maternas”. También he leído (a Byun-Chul Han en sus libros o a Jordi Soler en sus últimos artículos en El País) admoniciones contra el uso de los smartphones y las tablets: parece que estos inventos están destinados a esclavizar con su uso al Homo Sapiens, a atomizarlo y aislarlo del grupo social para desintegrar este como agente activo y proceder así a su dominación por parte de los de arriba. No niego que haya usos de este tipo de tecnología que puedan resultar patológicos, adictivos o lo que se quiera, pero de ahí a lanzar una enmienda a la totalidad hay un trecho muy largo, digo yo. En la famosa dicotomía de Umberto Eco entre “apocalípticos” e “integrados” casi siempre me he visto entre los segundos: sin negar que puedan tener parte de razón, los argumentos agoreros así a lo bestia siempre me han parecido un poco infantiles. Porque llevados esos razonamientos a sus últimas consecuencias resulta que toda herramienta es alienadora: el bolígrafo con el que escribimos nos separa de una vivencia más auténtica de la realidad, nuestro cuerpo nos separa de una interacción más íntima con el exterior; el propio lenguaje condiciona y limita el modo como percibimos la realidad y habitamos este mundo, y así con todo. Y también con el cine, pensaba yo.

¿Cuánto tiempo lleva existiendo el cine? ¿Más de cien años ya? Cuánto nos habrá modificado en lo mental y condicionado en lo psicológico. Por lo pronto, limitando el tiempo en que nuestra atención es capaz de aplicarse a una historia: una hora y media o dos horas como mucho suelen ser lo habitual para los largometrajes; habría que ver cuántos son capaces de aguantar hoy en día las cuatro o cinco horas que duran muchas óperas que entretenían a los espectadores del siglo XIX; muy pocos. Podrá objetarse que todavía hoy existen espectáculos de esa duración y que la gente es capaz de seguirlos: desde luego las corridas de toros (que también tienen su narrativa) duran lo suyo, pero muchos somos ya incapaces de seguirlas sin aburrirnos, y yo en concreto después del segundo toro comienzo a ponerme nervioso. Incluso cuando un partido de fútbol se prorroga demasiado y se llega a los penaltis estoy deseando que acabe cuanto antes: un poco coñazo ya, y que gane quien sea. Desde luego a mí el cine me ha influido en este aspecto, y supongo que también en otros de los que no soy consciente; es lo que hay y tampoco me supone un drama.

Skitterphoto. CC0 Public Domain
Skitterphoto. CC0 Public Domain

Hay otros a los que les ha influido a peor, en mi opinión. Como yo me fijo bastante en cómo habla la gente hace tiempo que noté cómo se repiten entre algunas personas varios clichés verbales traídos aquí por el cine y que reflejan en el fondo clichés mentales, y un poco de simpleza. Cuando los percibo me sirven para identificar igualmente a una persona que ha visto muchas películas y que padece un grado variable de cretinismo, la verdad. Expondré a continuación tres de los más extendidos.

Si no fuera por el cine, y en concreto por el norteamericano, nadie llamaría a los euros “pavos” (“me quedan veinte pavos”, “el móvil costaba doscientos pavos pero me hicieron un descuento guapo porque mi primo…”). Esto lo oigo principalmente en un tipo de personas muy determinado: más bien macarrillas, más bien jóvenes (o ya no jóvenes pero creen serlo todavía), más bien vocingleros cuando hablan por ese móvil de doscientos pavos, y con probables tatuajes de caracteres japoneses y chinos, y algún piercing. No suelen ceder el paso en las incorporaciones ni en las rotondas cuando conducen, y son los que se tiran dos horas para pedir un triste kebab especificando minuciosamente cuánto de una salsa, cuánto de la otra, cuánto de lechuga, cuánto de esto y cuánto de aquello; son desesperantes si te toca pedir justo detrás. Además, nunca he sabido por qué desde el principio se tradujo en el cine con “pavo” la palabra inglesa buck que designa allí al dólar.

El grupo anterior se subsume en este otro, algo más amplio: el de quienes se han educado viendo en el cine americano que the customer is always right, y van por ahí seguros de que efectivamente “el cliente siempre tiene la razón”. En general, la mayoría de estos son de algo más edad que los anteriores; también tienen más poder adquisitivo, un convencimiento de que lo que dicen es ley y el resto no tenemos ni puta idea, y muchas ganas de discutir con quien haga falta en los restaurantes si se los contraría levemente. Suelen tener el aire de lo que –también en el cine- se llama “profesionales cualificados”, aunque no lo sean, y la creencia de que por las bravas se puede conseguir todo: da igual si tienen delante a un dependiente, al médico o a la directora del colegio de los niños. Claro que si lo que se encuentran es un camarero madrileño de toda la vida van listos: todo el mundo sabe que los camareros y los taxistas madrileños tienen más razón que nadie y son gente con la que un cliente ha de andarse con cuidado. Ni camareros ni taxistas de Madrid se han dejado influenciar por el cine americano.

Hay un tercer tipo de personas que ha visto también mucho cine, también americano, y también lo han asimilado mal. Son un tipo humano completamente distinto de los dos anteriores: aunque suelen ser jóvenes como los del primer grupo, son mucho más cultos. Escritores jóvenes, actores jóvenes, directores de cine jóvenes (no hay tantos) y periodistas culturales jóvenes son a quienes he oído exclusivamente el término “perdedor” para hablar de algún personaje de sus obras o de algún papel que les ha tocado interpretar. La traducción que el cine ha hecho de “loser” como “perdedor” ha causado, creo yo, un daño bastante grande a estas gentes que uno se encuentra por Fnac y La Central: lo que en realidad se llamaría “pobre desgraciado” de toda la vida, al convertirlo en “perdedor” se asume implícitamente esa metáfora americana de la vida como competición dividida en “ganadores” y en los otros, indicio de un esquematismo mental que los nuevos culturetas no deberían permitirse. A punto he estado varias veces de ir a ver alguna película de esta gente, o de comprar alguna novela de autor joven hasta que he visto que llamaban “perdedor” a alguno de sus personajes: eso me ha echado para atrás y me ha convencido de que nada interesante tendría que contarme quien habla de winners y losers. Por mi parte, he estado alguna vez tentado de mandarles algún libro de Lakoff y Johnson (Metáforas de la vida cotidiana) para ver si así se les quitaba la manía.

En fin, que se podría seguir hablando de la devastación mental que el séptimo arte americano ha ejercido por nuestros lares: y si no, a ver de dónde ha venido eso de ponerles a los niños españoles nombres como Kevin, Brian, Jonathan o Jennifer, marcando así para siempre a los pobres en su modesto origen, en una sociedad cada vez más clasista como la nuestra. También habría mucho que decir acerca de cómo el cine ha influido en el modo como se conciben ahora muchas relaciones amorosas, eróticas y sexuales. Pero esto último no se puede ventilar así como así en unas pocas líneas; este artículo da para lo que da, y el resto para otro día.


GoldenMedows / Piccolo Namek . CC BY-SA 3.0
GoldenMedows / Piccolo Namek . CC BY-SA 3.0

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