El mismo fastidio se ha repetido durante las últimas temporadas: los bombazos coreanos en taquilla – con recaudaciones siempre en torno a los diez millones de entradas, agárrense, ¡en un país con cincuenta millones de habitantes! – viven una andadura comercial muy deficiente, eso si hay suerte, en las pantallas españolas. Hace pocos meses le sucedió a The Berlin File (Ryoo Seung-wan, 2013), antes a The thieves (Choi Dong-hun, 2012) y dos veranos atrás a El hombre sin pasado (2010), que probablemente constituya el ejemplo paradigmático, amén de ser el mejor film entre los mencionados.

Expectación previa, críticas elogiosas por parte de los medios especializados y los generalistas, hasta comentarios en telediarios… para acabar siendo estrenada no se sabe muy bien cómo, no se sabe muy bien dónde. En Madrid salió con una sola copia que proyectaron una semana en un multisalas poco concurrido de la periferia de la capital.

Ojo, hablamos de un film que no se vincula el círculo de los cineclubs o ambientes minoritarios; es uno precisamente perfecto para los multisalas por su espectacularidad y su despliegue de emociones. Exacto: una muestra del milagro que lleva protagonizando el cine de Corea del Sur durante los últimas dos décadas, un florecimiento en el cual uno de sus pilares ha sido el desarrollo, con premeditación y sin prejuicios, de un cine de consumo unido a la calidad y que permite en bastantes ocasiones la expresión autoral a gran parte de sus creadores. Exacto de nuevo: todo lo que la industria norteamericana pone en práctica cada vez menos.

He aquí la paradoja, cuando una película pensada para satisfacer la oferta genérica tiene menor duración en cartel e ínfimas posibilidades de ser vista que otra cualquiera también coreana proveniente del ambiente festivalero (de la una o dos que se exhiben al año: no es que traigan más tampoco de estas, a decir verdad).

Al menos nos quedan las ediciones en dvd que llegan con cuentagotas para así poder disfrutar de manera digna películas que lo merecen. Y El hombre sin pasado, una historia de venganza y amistad con trasfondo social situado a los márgenes más espeluznantes de la criminalidad, sin duda es una de las que iría en primer lugar.

El esquema del llanero solitario que intenta salvar a alguien de los malos es el clásico y de thrillers con menor ya hay referencias. Lo que convierte en original al trabajo del realizador Lee Jeong-beom, lo que embelesará al espectador se extrae de la insospechada combinación de adrenalina a base de los porrazos, los tiroteos y los enfrentamientos a cuchilladas, hipérbole que no desentona junto al ambiente realista y ternura que nace en la relación entre el pistolero y su pequeña amiga. Nada más… y nada menos.

¿Habrá que colocar a Jeong-beom al lado de Park Chan-Wook o Kim Ji-Woon? Quedamos a la espera del estreno en su país – y haciendo un ejercicio de optimismo, aquí después – de su nuevo largo, The Crying Man. Y quienes estén poco familiarizados con las cinematografías del Extremo Oriente apunten otros dos nombres, los de los protagonistas: el gran Won Bin, un modelo guaperas que hace cine de Pascuas a Ramos y en cada actuación lo borda (Lazos de sangre, Madre), y Kim Saeron, la maravillosa pequeñuela que debutó en esa dolorosa e imprescindible joya titulada Una vida nueva (Ounie Lecomte, 2009).

 


(Imagen: Lee Jeong-beom, Kim Saeron y Won Bin (Fuente :http://kinocine.com)

(Publicado originalmente en Ociozine)

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