Dios escribe (recto) con renglones torcidos

Jesús Cuéllar

El relato que presenta el cineasta polaco Jan Komasa sobre el turbulento Daniel (interpretado por Bartosz Bielenia), un joven internado en un reformatorio que deviene falso sacerdote para escapar a un destino de exconvicto explotado, se articula alrededor de tres sucesos violentos: el que da inicio a la película y el que le pone fin, ambos en el reformatorio, y un tercero que no vemos, pero que condiciona toda la trama, y del que tenemos noticia a mitad del metraje. Sin embargo, el resto de la película es tensa, en ocasiones incómoda, pero pocas veces violenta.

Komasa vuelve a los confusos territorios de la juventud, ya explorados en La sala de los suicidas (2011), pero esta vez no se centra en la ausencia de expectativas de un muchacho rico y malcriado que busca respuestas a su crisis de identidad en las redes sociales, sino en un delincuente que, quizá por la presión ambiental del centro en el que está recluido, por una fe sincera aunque desnortada o simplemente para ganarse la vida, ansía hacerse sacerdote. En una entrevista publicada en la revista Deadline, el guionista de la película, Mateusz Pacewicz, declaraba que el fenómeno de los falsos sacerdotes es muy frecuente en Polonia, ya que los más desfavorecidos pretenden utilizar esa argucia para ascender socialmente. Y el propio Jan Komasa ha señalado a este cronista que la película se basa en un hecho real registrado en 2011, pero que el pasado delictivo del protagonista y su paso por un reformatorio se añadieron después. Estos elementos tienen que ver con el deseo de describir entornos sociales ajenos a los propios, ya plasmado hace años en un documental que Komasa realizó sobre drogadictos y su paso por centros de menores.

 

El director y el guionista de esta fascinante película no condenan a su personaje a las agónicas inquietudes teológicas que sufrían los reflexivos sacerdotes verdaderamente ordenados que protagonizaban tanto El reverendo de Paul Schrader (2017) —que el director polaco no ha visto— como su antecedente directo, Diario de un cura rural de Robert Bresson (1951). Al contrario que aquellos, el desenfrenado Daniel no escribe diarios, más bien fuma, bebe, se droga y cuestiona de palabra y obra el supuesto voto de castidad que todos creen que ha tomado. Sobre su fraudulento pero bienintencionado apostolado pende la amenaza de un pasado marcado por la violencia, y el futuro pastoral que quiere imaginarse no lo será si se descubre su impostura.

 

Entretanto, Daniel improvisa, como muchos otros sacerdotes, verdaderos o falsos, ante sus feligreses. Cita los sermones con los que le martilleaban en el reformatorio («Rezar no debe ser algo mecánico», repite) y, a medida que se va soltando en su papel de sanador de una comunidad traumatizada por un trágico accidente, confiesa también sus propias dudas, vitales y religiosas, y desconcierta a los lugareños al enfrentarse al caciquismo del alcalde de la localidad. Sin embargo, con sus heterodoxos métodos y un descaro juvenil no domeñado por ningún seminario, se muestra más cercano a sus conciudadanos que el viejo cura borrachín al que sustituye en la parroquia. En la entrevista concedida a Revista Insertos, Komasa apuntaba que, sin querer hacer un «pronunciamiento personal» sobre la religión ni sobre ningún otro tema, sí le interesaba explorar en esta película los acuerdos sociales que rigen nuestra convivencia y lo que ocurre cuando hay personas que los vulneran.

 

Todo el tránsito de criminal a improvisado líder religioso por el que pasa Daniel se narra con ritmo lento, pero sin tregua, con pulso de thriller (Komasa reconoce su deuda con Leviatán de Zvyagintsev, por el ambiente de peligro en una pequeña comunidad que captaba el director ruso). Y la película deposita gran parte de su potencia en unas excelentes interpretaciones y en el retrato veraz de un entorno rural —a veces fanático en sus creencias, otras desdeñoso de los dogmas, pero siempre sobrevolado por la presencia omnipresente de la Iglesia católica— tan aislado como el reformatorio del que procede Daniel. Con buen criterio, Komasa ha evitado por completo los esquematismos y las lecturas unívocas. A veces Corpus Christi parece una reivindicación de una religiosidad popular tosca pero cercana, «populista» dirían algunos, en la que lo sobrenatural pasa a un segundo plano frente a un necesario consuelo terrenal o, simplemente, a un cálido acompañamiento emocional. Otras parece el retrato pesimista de una redención —no necesariamente religiosa—, incluso de un involuntario sacrificio, condenados al fracaso casi de antemano. La poderosa escena en la que Daniel emula en cierto modo la imagen de Jesús crucificado al despedirse de sus atónitos feligreses plasma la ambigüedad del mensaje, el desconcierto de ese pastor, privado definitivamente de su cayado, y el de aquellos a quienes debía conducir a pastos tranquilos.



 

CORPUS CHRISTI

Dirección: Jan Komasa.

Intérpretes: Bartosz Bielenia, Aleksandra, Konieczna, Eliza Rycembel, Tomasz Zietek.

Género: drama. Polonia, Francia, 2019.

Duración: 115 minutos.

 


 

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