Por un pozo sin fondo

Jesús Cuéllar


Al principio, vemos los fogones de un restaurante de lujo, en el que todo parece funcionar como un reloj bajo la severa dirección del jefe de cocina. Después, un hombre, Goreng (Iván Massagué), se despierta en un entorno desnudo y amenazador. La escena, gris y opresiva, recuerda vivamente a la de la mítica instalación Double Bind, que el artista español Juan Muñoz exhibió en la Tate Modern londinense en 2002, con sus personajes absortos al borde de un gran boquete arquitectónico, que observan entre la incredulidad y la indiferencia. En ese arranque, y en sus primeros e impetuosos minutos, El hoyo nos va dando informaciones que nos sitúan, como a los propios personajes de la película, junto a un inquietante precipicio, sin saber a qué carta quedarnos. Algo muy de agradecer en un thriller.

Como los platos de ese festín, que tardamos un buen rato en saber para quiénes son, el primer largometraje de Galder Gaztelu-Urrutia, director novel que viene del mundo de la publicidad, es un producto de excelente factura técnica, que aprovecha al máximo los recursos de los que dispone. El montaje, a cargo de Haritz Zubillaga y Elena Ruiz, y la producción de sonido, de Iñaki Alonso, son excelentes, y otorgan al conjunto una cohesión y un tempo notables. La dirección de Gaztelu-Urrutia tiene nervio (aunque a veces caiga en la estética del videoclip televisivo), y tanto las interpretaciones de Massagué como la de su némesis y casi «demonio guardián» Trimagasi (Zorion Egileor), y también la de Antonia San Juan (en el papel de Imoguiri), responden eficazmente a lo que pide el guión. El problema radica, precisamente, en ese guión; en la historia y los diálogos concebidos por David Desola y Pedro Rivero.

Con ecos de clásicos del cine futurista como Cube (Vincenzo Natali, 1997) o de evasiones y duelos interpretativos en espacios agobiantes como El tren del infierno (Andrei Konchalovski, 1985), El hoyo incorpora una profusa serie de guiños alegóricos que, a pesar de su indudable capacidad de sugerencia, se deshilachan por exceso de pretensiones. En medio del torbellino de sangre en el que acaba precipitándose la película, el esbozo de cuestiones como la insolidaridad, la manipulación de los sentimientos, la «esclavitud» voluntaria a lo Gran Hermano o la tendencia del individuo a cargar sus propias culpas en subordinados o superiores lastra la evolución de la trama, dejando tras de sí un rastro de apuntes que no acaban de formar un todo coherente.

No obstante, El hoyo, cuando logra contener la tendencia a lo gore, ofrece momentos de buen cine de acción y suspense, y no cabe duda de que consigue crear un ambiente opresivo del que resultará difícil olvidarse.



 

EL HOYO

Dirección: Galder Gaztelu-Urrutia.

Intérpretes: Iván Massagué, Zorion Eguileor, Antonia San Juan, Emilio Buale.

Género: ciencia-ficción, terror. España, 2019.

Duración: 94 minutos.

 


 

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