Una hoguera de buganvillas

Diego R. de Olmedo


«Las flores resplandecen en toda su gloria: no hay un solo pétalo descolorido o mordisqueado: las buganvillas y los geranios arden en los murallones, en las barandas, como barnizados. Estupendos caparazones morados, claqueta, adheridos por algún maestro sobre el azul de las enredaderas, repujadas en el púrpura».

Pier Paolo Pasolini

Nuestra ipseidad sobrevive a los días a base de asociaciones, de concatenar olores a ideas, de translocar deseos que se quedaron a medias y se convierten en un recuerdo vago, pero con cierto grado de realidad. A través de los complejos sistemas de la memoria generamos una red de imágenes mentales capaces de sustentar con dulzura aquellas vivencias que están por venir. En mi cerebro hay un porrón de monjitas sinestésicas encargadas de arropar todo aquello que voy a vivir. Me las imagino con el hábito y el propofol en sus diminutas manos, y no sé si reír o llorar. Mi metafísica es tan atea como clerical.

Hace un par de días se cumplió un año de mi última estancia en Roma, mi amada Roma. De ese viaje lo recuerdo todo, pese a que en ciertos momentos preferiría no tenerlo demasiado presente. Pasan los años y soy consciente de que si bien no cumplo el perfil de turista, tampoco cumplo el de viajero. Carezco de la sed de aventura implícita a mi juventud, no busco esas grandes historias que, pensamos, solo viven los demás. Nos hacen creer eso para que no nos demos cuenta de que la gran historia la tenemos entre las manos. La historia presenta momentos brillantes y tenebrosos articulados entre sí por todos aquellos instantes que olvidamos. Probablemente todo lo olvidado sea la vida. Llevo una serie de años intentando darle valor a esos matices de bajo perfil que antes se me escapaban, y que a día de hoy formulan preguntas y disipan ciertas dudas. Alimentan mi conciencia.

Creo que lo de ser mal turista y mal viajero va de la mano de mi absoluta incapacidad para dejar de pensar. Llego al lugar de destino y me siento exactamente igual que como me sentía en el de partida. Aunque a decir verdad hay una excepción que me gustaría explicar.

Lo que viene a continuación es un absoluto acto de fe. Entender a Pasolini tiene mucho que ver con esto. Si te empeñas en comprender cada matiz de su personalidad y su obra estás perdido. La única manera de entrar en su mundo es confiando plenamente en él. Hacerte de él.

Como intermediario taumatúrgico de nuestro viaje nos servirá imaginarnos un remolino de buganvillas deslizándose por una ocre y desconchada pared. El abrasador calor de un julio romano produce la sensación de que las flores van a arder y explotar perpetuando su fragancia en nuestras amarillas pituitarias.

Si has sido capaz de acceder a mi invitación ya estás dentro de este viaje sin maleta ni fardel.

Llegamos a la estación Termini de hace sesenta años. Es julio de 1959 y Pasolini está absolutamente exultante y feliz. Hace un mes inició un viaje desde la frontera con Francia para llevar a cabo una serie de artículos sobre la vida en las playas de Italia como encargo de la revista Successo. Hemos tenido la suerte de que hoy, en su día de descanso, ha llegado a Roma y está dispuesto a compartir con nosotros su siempre enriquecedora compañía y experiencia vital.

Pese a su extremada timidez, y debido al empujón en la esfera emocional que genera el entusiasmo de un futuro que se aventura enriquecedor, nos recibe con una cándida media sonrisa.

Está sentado sobre el capó del Fiat 1100 que está usando en su viaje a través de las costas italianas y viste con unos pantalones de lino y una camiseta estampada con rayas venecianas. Pier Paolo tiene 37 años y aún no ha dirigido su primera película, Accattone. Lo hará en apenas un año y medio. Hace cuatro que ha publicado su primer novela, Ragazzi di Vita, la cual le ha generado tantas excelentes críticas como denuncias, le ha puesto en el mapa. Hace unos meses ha editado la segunda: Una Vita Violenta, la cual ha sido nominada al premio Strega.

Al verme me pregunta por el viaje; está entusiasmado con la idea de que un admirador del futuro venga a visitarle. Pero haciendo uso de su extrema inteligencia es plenamente consciente de que no puede preguntar sobre lo que ha de venir. Tampoco parece interesarle mucho, se conforma con vivir. La vida presente ya es mucho, como para pensar en el futuro.

En cuanto Pasolo arranca el coche yo ya me siento parte de la ciudad. La roña que lo inunda todo la percibo como la pátina que a la obra pictórica hace descansar. Quedarse en la superficie nunca te permite siquiera imaginar todo aquello que es nuclear, todo lo que una emoción guarda detrás. Atravesamos las calles entre cientos de edificios de colores terrosos y asalmonados, mientras la luz incide generando un clima fantasmal. Resulta complicado en este momento delimitar qué es inventado y qué realidad.

Tras unos minutos callados comenzamos a hablar. Lo que sucede entre dos tímidos exacerbados cuando les da por dialogar es que todo deviene, supongo que porque llevar media vida callado te obliga a pensar. Al preguntarle por lo que más le ha gustado hasta ahora del viaje no duda en contestar: hace apenas unos días ha estado en la playa de Cinquale, y fue mirar ese infinito mar y venirle a la mente un millar de recuerdos, recuerdos de otros que ya habían pensado y escrito desde ese lugar. Me dice que se encontró a su amigo Attilio Bertolucci, el poeta, el cual siempre va allí a veranear. Sonríe al recordar cómo su amigo le intenta encasquetar desde hace meses a su hijo Bernardo para que le ayude a rodar alguna de sus futuribles películas. El chico quiere ser director, lo será. Me comenta que en Cinquale descansó D’Annunzio. Que también desde allí llegaron a escribir Huxley o Mann. Incluso Rilke se fue allí a soñar. 

Tras aparcar el coche en una destartalada acera de Trastevere, nos ponemos a pasear. Ha tenido la deferencia de invitarme a Da Enzo al 29, una de las mejores trattorie de la ciudad. Le cuidan como si fuera el rey de la casa, nos ponen varios platos de pasta inundada en salsa all’amatriciana, de fiori di zucca y polpette, hasta que ambos no podemos más. A esto sabe la Roma de verdad. Un puñado de liras intercambiadas por un montón de manjares y dosis de felicidad.

El día transcurre con esa serenidad propia de lo inesperado, pero lleno de vitalidad. Como cuando eres un crío y al inicio del verano la profesora te dice que hoy toca descansar. Parece que las horas no pasan y que el irremediable tiempo se puede estirar.

Nos intercambiamos confesiones. El me habla de Sergio Citti, de que luego quizá nos pueda acompañar. También de Alberto Moravia, que está inmerso en la escritura de La noia.  Yo le explico que en mi próxima visita a Roma pretendo invitar a una chica de pelo enmarañado, la cual parece haber nacido en Sorrento o Positano, pero es probable que lo pueda rechazar, no le gustan las iglesias y de eso aquí está inundado. Pasolini se ríe y me dice que no comprende que a alguien no le gusten las iglesias. La Iglesia en sí es otro cantar.

Me ha revelado que nos dirigimos hacia el mar, a través de la carretera que lleva a la ahora denominada Ostia Antica, pero que antes pararemos en Acilia a descansar. Me tiene algo preparado, asegura  que me va a gustar.

Al llegar observó un centenar de personas trabajando sin cesar. Son la troupe de una película grande, diría enorme. Pronto me puedo imaginar qué me ha traído a visitar. Escuchamos un fedelissimo Paolino! que me suena familiar. Al girarme ya comprendo lo que se dedican a rodar. Fellini maneja sus delirios y los pone al servicio de la humanidad para transformar los miedos y los vicios de una sociedad llevándolos a la pantalla la película más grande que se ha llegado a filmar. El rodaje de La Dolce Vita ya hacía unos meses que se había iniciado y Fellini le propone como encargo que Pier Paolo se ocupe de todo aquello que delimite el arrabal. También lo relacionado con lo literario.

Incluso Pier Pà me llega a hablar de una escena de la que estaba a cargo y que nunca se llegó a rodar. La rediviva Luise Rainer iba a interpretar el personaje de Dolores, una escritora de la que Marcello Rubini se enamora perdidamente, una vez más. Pero todo ello, como nuestro viaje, nunca llegó a pasar.

PaSolo me hace un gesto con la mano, el día está a punto de finalizar. Partimos hacia el lido romano, Ostia Antica, lo que algún día se llegará a recordar asociada a su nombre y los que tienen predilección por el mal. Pero de eso por ahora nos hemos olvidado, hemos venido a observar, en tu día de descanso, un rato el mar.

Te ofrezco un trozo de papel, bolígrafo y una botella.

Has escrito algo: «Llego a Ostia bajo un temporal azul como la muerte». Lo has introducido en la botella. No has dudado en lanzarla.

El mar, como yo, no te olvidamos. 

Y te prometo, amigo, que pronto nos volveremos a encontrar.

Cierro temporalmente esta serie de cartas.

Las volveré a retomar

1 Comentario »

  1. Gracias Diego Olmedo, por el fantástico artículo-reportaje, de uno de los mejores cineastas , poeta, crítico y ensayista comprometido con su tiempo y con los oprimidos Pier Paolo Pasolini
    Un abrazo

    Me gusta

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