Hacia el infinito

Jaime Lorite


El pasado septiembre, Jim Carrey concedía una inquietante entrevista al medio E! News, desde la alfombra roja de la New York Fashion Week. A medio camino entre un gag que se va de las manos y la sirena de una gigantesca alarma, Carrey comenzaba diciendo que había decidido acudir allí tras concluir que era “la celebración más insignificante” en la que uno podía participar, para después lanzarse a una andanada metafísica capaz de rivalizar con el McConaughey de True Detective: “Solo somos combinaciones de tetraedros en campos de energía, este no es nuestro mundo y la buena noticia es que no importamos”. Una semana más tarde, el actor aparecía en el Festival de Venecia y, saliendo al paso del eco mediático, aseguró encontrarse bien para, más tarde, lejos de apaciguar la intranquilidad de sus seguidores en todo el mundo, dejar un buen número de titulares doblemente extraños entre los que sobresalía: “Jim Carrey ha sido un personaje que he interpretado toda mi vida, pero ahora ya no existe”.

Conocida víctima de la depresión a lo largo de su carrera, en 2015 el suicidio de su expareja, apenas días después de que el actor rompiera con ella, había disparado comprensiblemente la preocupación sobre su estado mental y anímico, alimentada por su retiro temporal, su desgastado aspecto físico y su errático comportamiento en las escasas apariciones públicas que realizaba. Cuando la sola idea de tener de vuelta al cómico que fue Ace Ventura era algo que, por supuesto, no estaba ni siquiera sobre la mesa –aparte de que esperar algo así, dado el terrible estado de cosas, parecía más bien el insensible deseo de un fan egoísta–, el documental Jim y Andy surge ahora de pronto como una bola extra en forma de gema dentro de su filmografía y una valiosísima pieza que obliga a reconsiderar, desde otra perspectiva, el trabajo de toda su carrera.

En Man on the Moon (Milos Forman, 1999), Jim Carrey dejaba una de las interpretaciones más memorables del cine reciente al meterse en la piel del transgresor Andy Kaufman, legendario cómico (aunque él renegase de la etiqueta) de culto por haber expandido los registros del género hasta límites nunca vueltos a batir. Considerado la punta de lanza de lo que algunos teóricos han denominado “antihumor”, el arte de Kaufman se basaba en arriesgadas performances, que podían consistir en recitar la novela El Gran Gatsby durante sus espectáculos, reproducir la sintonía de Súper Ratón cantando con entusiasmo solo una línea de la letra, pelear con mujeres en combates de lucha libre mixta mientras escupía comentarios misóginos (las adversarias, debe matizarse, estaban al tanto y participaban de la broma) o representar al desagradable Tony Clifton, un personaje maleducado y odioso con el que se enfrentaba al público.

Sintiéndose ante el mayor desafío –y, como admirador de Kaufman, la mayor responsabilidad– de su trayectoria profesional, Carrey decidió comportarse las veinticuatro horas del día durante todo el rodaje como si fuera Kaufman o Clifton, hubiese o no cámaras delante. Al considerar que lo sucedido en el set dañaba la imagen de la estrella y del proyecto, Universal prohibió entonces la difusión del material que Lynne Margulies y Bob Zmuda (respectivamente, la antigua novia y el mejor amigo de Kaufman) filmaron con la complicidad de Carrey para hacer un making-of. Escondido durante casi veinte años en la biblioteca privada del actor, el contenido de esas cintas se muestra ahora por primera vez.

Chris Smith, que alcanzó notoriedad con el documental American Movie (1999), se sienta con el Jim Carrey actual, desaliñado, con una larga barba, para comentar las imágenes y tratar de entender lo que conllevó aquel proceso de transformación. Por el camino, Smith encuentra un inesperado vaso comunicante entre lo sucedido durante el rodaje de Man on the Moon y la etapa que ahora Carrey atraviesa: obsesionado con la idea de desaparecer, el actor habla del borrado de personalidad como herramienta para la comedia (una especie de Mr. Hyde payaso, en sus palabras), pero también como proceso liberador. Dando una vuelta de tuerca al arquetipo del monologuista stand-up herido que utiliza el humor como terapia, el protagonista de títulos como Un loco a domicilio (Ben Stiller, 1995) o Yo, yo mismo e Irene (Peter y Bobby Farrelly, 2000) se muestra convencido de que esa habilidad desarrollada durante su carrera para salir y entrar de personajes completamente alejados de él, como el propio Clifton, es ahora el billete que le permitirá huir para siempre de los problemas y la infelicidad crónica… a base de borrar de su vida al depositario de ello, el mismo Jim Carrey. Estableciendo analogías con La máscara (Chuck Russell, 1994) –la idea del alter ego cómico– y El show de Truman (Peter Weir, 1998) –que, de forma insólita, Carrey interpreta como la película que profetizó el estado de conciencia en que se encuentra, tras haber hallado “un agujero de su mente” desde el que huir de una realidad mediocre–, Jim y Andy otorga sorprendentes nuevas capas de sentido al conjunto de la obra del mito, representando no solo un valiosísimo sumario de todo un discurso artístico, sino la culminación y final superación (un tanto devastadora) del mismo.

Pero la grandeza del documental alcanza mucho, muchísimo más. Por el valor de las imágenes que descubre y las diversas reflexiones sobre humor, identidad y representación que encierra, la película de Smith es también, sin ningún género de dudas, un documental histórico y extraordinariamente singular entre los ambientados en el mundo del cine. Fascinante como estudio de una actuación del método totalmente radical, la película contiene una generosa ristra de situaciones hilarantes (Milos Forman exhausto, incapaz de controlar a Carrey; el luchador Jerry Lawler agrediendo al actor por sus provocaciones) y también reivindica el poder del oficio para conducir a catarsis revolucionarias. La hija de Kaufman, que nunca conoció a su padre, comunicándose con él a través del actor (a modo casi de médium) para afrontar el dolor de la ausencia, o la emoción de una trabajadora recordando a su familia después de una bronca entre Carrey y su padre en la ficción –ambos en el papel– durante una sesión de peluquería, son dos de los momentos más emocionantes que se pueden recordar en este año cinematográfico. Y como colofón, en su retrato visceral de una bestia cómica desatada, que arrasa con todo hasta convertir la normalidad en un campo de minas para el accidente poético y la broma pesada, acaba haciendo más justicia a Andy Kaufman que la propia Man on the Moon (1999).


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JIM Y ANDY (Jim & Andy: The Great Beyond – Featuring a very special, contractually obligated mention of Tony Clifton)

Dirección: Chris Smith.

Género: documental. Estados Unidos, 2017.

Duración: 94 minutos.

 


 

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