Se dice que el feminismo ahora vende. Que poner a mujeres a protagonizar una serie está de moda. Se dice por la variedad de producciones en las que ellas sufren, aprenden y triunfan, como la reciente Glow, sobre un grupo de actrices de segunda que encuentran su oportunidad en el wrestling de los años ochenta. O como Girlboss,  Big Little Lies, The good fight. Series que no están en segundo plano, incluso series que son de lo mejor de la temporada, como El cuento de la criada, esa estremecedora historia de un futuro donde las escasas mujeres fértiles son esclavizadas por las familias poderosas para tener descendencia. Series que también ven los hombres. Sorpresa.

La proliferación de contenidos audiovisuales de calidad en esta enésima época dorada de las series de televisión ha permitido quizá que muchas mujeres se pongan al frente de proyectos ambiciosos, cosa mucho más complicada de conseguir en la industria cinematográfica. Y si una mujer decide crear, escribir o dirigir una historia, será muy probable que la protagonicen mujeres. Es normal. Si los canales deciden comprar esa historia porque creen que va a tener éxito, no andarán muy desencaminados: las mujeres son la mitad de la población y, además, son consumidoras habituales de productos culturales. Por no hablar de que el género del protagonista rara vez interfiere en la calidad del producto o, si no, pregunten a las hordas de seguidoras de Tony Soprano, Don Draper o Walter White. Así que el hecho de que las series con mujeres protagonistas tengan éxito es, básicamente, normal.

Así que no, el feminismo no vende en televisión porque esté de moda. Aunque no está de más celebrar la gran cantidad de mujeres poderosas que conviven hoy en la pequeña pantalla. El cuento de la criada, adaptación de la lúcida novela de Margaret Atwood trasladada a la televisión por Bruce Miller (con un equipo donde las mujeres son abrumadora mayoría en dirección y guión), es la distopía más aterradora llevada a imágenes en los últimos años. Con esos colores cálidos y suaves, como de cuadro de Vermeer, y con esa portentosa Elisabeth Moss que solo necesita torcer el gesto levemente para que sintamos su asco en carne propia.

Y sí, Glow, creada por Liz Flahive y Carly Mensch (a sus espaldas otras series con protagonistas femeninas como Orange is the new black, Nurse Jackie o Weeds) recurre de nuevo a la nostalgia ochentera, es intrascendente y sencilla, pero tiene carácter, huye de los estereotipos y deja muy buen sabor de boca. Así que podemos estar tranquilos: los tiempos en que Jessica Fletcher, con su máquina de escribir, su bicicleta y siendo más lista que ninguno, era una rara avis televisiva, han quedado desterrados. Aun lejos de Poniente, donde Daenerys, Cersei, Arya y compañía plantan batalla, también tenemos luchadoras de sobra para elegir.


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