En su penúltima jornada, el Festival de Cine Italiano volvió a demostrar carácter con cuatro propuestas, como poco, inusuales y atrevidas. En este (amplio) sentido, el cortometraje encargado de abrir la jornada no pudo estar mejor elegido. Krineide (2015) es el muy tronado primer trabajo de Roberto Flammia, una incursión en la ciencia-ficción distópica que, aunque no podría calificarse precisamente de buen cine ni decirse que la sutileza se encuentre entre sus virtudes, lo cierto es que, en este marco, se agradece por su muy asumido y autoconsciente aire verbenero: estamos hablando de un drama futurista donde, en un momento dado, un miembro de una facción rebelde queda en un plaza con otra miembro y se identifica mediante una barra de pan. Krineide se ambienta en un mundo donde las mujeres han quedado sometidas a reglas que les obligan a vestir igual y lucir el mismo color de pelo, y donde las relaciones sentimentales se forjan a través de algoritmos de un ordenador. Las intenciones de su responsable son un misterio, porque, por un lado, nadie dentro de esta borrachera de AfterEffects parece estar tomándose demasiado en serio ningún aspecto de la historia, pero, sin embargo, su tono grave, solemne y afectado con horterísima música de heavy metal incluida apunta a lo contrario. No es lo que se diría una contribución estimable de cara al empoderamiento femenino, pero una locura de este calibre a las cinco de la tarde despeja fulminantemente del cuerpo cualquier asomo de siesta.

Romeo e Giuletta (Massimo Coppola, 2015) es una de las mejores películas que se han visto hasta ahora en una sección, la de documentales, para nada exenta este año de buenos títulos. Su director –responsable también de la edición italiana de la revista Rolling Stone y que, antes de que alguien lo pregunte, no tiene ningún parentesco con Francis Ford ni con Nicolas Cage– se introduce en un campo de nómadas habitado principalmente por gitanos bosnios para animar a los jóvenes a sacar adelante una película sobre la obra homónima de Shakespeare. Se trata de un trabajo muy interesante por el tono que Coppola le da, gracias a su respetuosa manera de acercarse al modo de vida de sus habitantes, pudiendo ofrecer así un valioso retrato del mismo, de su concepción del mundo y sus contradicciones. La adaptación de algo tan aparentemente remoto como Romeo y Julieta acaba sirviendo para dialogar de manera muy sorprendente con el presente de las familias que se dan cita a lo largo del documental, también enfrentadas por viejas rencillas absurdas que no están consiguiendo nada más que restar a sus hijos, a su futuro, cualquier posibilidad de luchar por salir de la exclusión.

CLORO 02

Al contrario que la psicoactiva Krineide, el largometraje Cloro (Lamberto Sanfelice, 2015) no puso fácil a este cronista resistir los envites del cansancio. El lento proceso de una familia por superar la muerte de su madre es narrado con elegancia y sensibilidad por el debutante Sanfelice (aristócrata romano que, como dato para los lectores de INSERTOS interesados además en la prensa rosa, es la actual pareja de Carlota Casiraghi, hija de la princesa de Mónaco), que logra transmitir a través de sus imágenes esa deprimente quietud del que ya no sabe cómo levantarse. En el centro del relato, la adolescente huérfana, sin ganas de retomar su carrera en la natación después de que la noticia le cogiera por sorpresa tras uno de sus entrenamientos. Parece claro que Sanfelice está utilizando el motivo del cloro para hablar de la voluntad de salir adelante y purgar los fantasmas que nos atrapan cuando les permitimos la entrada; un poco de brío narrativo, no obstante, no le hubiera venido mal, pues en su drama la indulgencia propia acaba imponiéndose a la poesía, con una duración tampoco demasiado extensa que sin embargo queda algo grande al interés que la película definitivamente tiene. Debe resaltarse, eso sí, que citas de este tipo, donde uno pasa seis horas casi ininterrumpidas en una sala viendo de todo, no hacen demasiada justicia a propuestas tan austeras, que exigen un detenimiento aquí imposible de conceder.

El pasado mayo fallecía víctima de un cáncer el director Claudio Caligari, cineasta envuelto en un aura de artista maldito por las dificultades que han envuelto a su desgraciadamente no muy extensa filmografía, iniciada en 1978 con el documental Droga che fare. Al igual que éste, o que su título más célebre, Amore tossico (1983), su película póstuma Non essere cattivo (2015) versa sobre la adicción a la droga. Rodada a lo largo de tres años, en los que Caligari ya sufría los estragos de la enfermedad, en Non essere cattivo se constata que el autor estaba más joven en plena sesentena que muchos de sus sucesores: estamos ante un trabajo enérgico, que recuerda al Scorsese de los noventa con inevitables ecos, a su vez, de Pier Paolo Pasolini, insigne merodeador habitual a su vez de Ostia, el lugar donde se desarrolla la trama. Como Gomorra (Matteo Garrone, 2008), la película muestra el callejón sin salida al que se ven abocadas las clases más bajas en Italia, para las que la delincuencia es la única manera de prosperar. Caligari rehúye todo moralismo, principalmente porque no hay una enseñanza fácil que extraer de su relato y ayude a entender los caminos del bien y el mal, y, de hecho, cierra la historia con un falso final abierto: los espectadores de 2015 ya sabemos a la perfección, de buena cuenta, que a esos personajes de 1996 el futuro no les depara nada bueno. 

NON ESSERE CATTIVO 03


Web del FESTIVAL DE CINE ITALIANO DE MADRID


 

 

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