La quinta jornada del Festival de Cine Italiano de Madrid se desarrolló con la firme intención de exigirle una actitud activa al público asistente. Vorrei che fosse notte (2015) fue el cortometraje con el que se inició las proyecciones. Dirigido por Claudio Pelizzer, presente en la sala para presentarlo, cuenta la historia de una mujer afectada por la ausencia de su marido; un drama definido por su propio director como “un relato sobre las dificultades para expresar lo que se siente”. Rodado con pocos medios, este relato de quietud física y alboroto interior se desarrolla en apenas dos habitaciones y apuesta por la narración esquiva, la elipsis y la sugerencia de ideas, conformando un conjunto que tiende a lo evidente pero que rechaza facilidades a la hora de explicar lo que pretende.

La cúspide de la aridez narrativa llegó con Bella e perduta (Pietro Marcello, 2015). Su inclusión en la última edición del Festival de Locarno, el certamen que reúne el cine más arriesgado, lo dice todo. Marcello juega con los estándares del documental para confeccionar una trama que gira en torno a, sí, la vida de un búfalo con alma y capacidad para expresarse mediante la palabra, aunque sólo un humano pueda entender lo que dice. Mezclando realismo y elementos sobrenaturales, combinando la realización de ficción con la esencia del documental, el autor desarrolla un discurso apasionante en los ambientes creados y las propuestas que se atreve a llevar hasta las últimas consecuencias. El fotograma posee las proporciones de Jauja (Lisandro Alonso, 2014), sus encuadres generales a base de gran angular y esa aura de realismo mágico de etérea solemnidad. La fotografía la acerca al cine de Carlos Reygadas (Japón, 2002; Post tenebras lux, 2012), con quien también comparte ese ritmo pausado y un retrato oscuro de la naturaleza, que destaca su belleza pero alerta de sus peligros. Una obra indigesta, que se dispersa en su segunda mitad, pero apasionante en su inconformismo.

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Craco, el escenario de ‘Montedoro’.

Menos radical en sus planteamientos pero con ideas de mayor calado aparece Montedoro (2015), opera prima de Antonello Faretta, asistente de lujo para presentarla y participar en un breve coloquio con los asistentes tras la proyección de su film. La historia se centra en el viaje de una italiana, emigrante forzada a EE.UU. con cuatro años, que vuelve a su tierra natal del sur del país para reencontrarse con su madre. Un viaje interior hacia los orígenes, un recorrido por las tierras desérticas y desiertas de vida, por pueblos fantasma anclados en el pasado e inexistentes para el resto del mundo. De comienzo en el realismo más absoluto, el paso del metraje incide en el crecimiento de un onirismo alegórico que culmina en catarsis. La gélida aridez de los parajes filmados recuerda a Lejos de los hombres (Loin des hommes, David oelhoffen, 2014), con quien comparte además una banda sonora minimalista y etérea. El resto recuerda a Nostalgia (Nostalghia, Andrei Tarkovski, 1983). El ritmo pausado, la fuerza en la puesta en escena y en la narración por imágenes, la trascendencia de las mismas, la decadencia del casco antiguo de Craco –donde tuvo lugar el rodaje–, todo desprende una exquisita poesía visual en continuo crecimiento hasta un clímax arrebatador.

Cerró la jornada Per amor vostro (2015), la nueva película de Giuseppe Gaudino, que también presentó su obra y dialogó con la audiencia al término de la misma. La cinta se compone como una suerte de Amélie (Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, Jean-Pierre Jeunet, 2001) en el plano trágico. De mirada plenamente subjetiva, la narración de la historia es la visión que la protagonista tiene de la vida. Interpretada por Valeria Golino, ganadora de la Copa Volpi a la mejor actuación femenina en la última edición del Festival de Venecia, Anna es una napolitana emocionalmente inestable, que lucha contra sus fantasmas interiores y la crisis económica para sacar adelante a su familia. Su vida es gris, como gris es su visión de la propia existencia tras todos los palos recibidos; una apatía que se traslada al blanco y negro de la fotografía del film. En la narración se intercalan secuencias de realismo con las que plasman en imágenes sus sentimientos, que escapan de su cuerpo e invaden todo el escenario. De simbolismo asfixiante, su estilo es más cercano a la floritura manierista que al verdadero poso existencial. Demasiado interesada en ser poética en todo momento, su tremendismo visual recuerda a ma ma (Julio Médem, 2015). Su sentimentalismo desborda como el de la película española, pero se queda en una capa de superficialidad superior, componiendo un conjunto de reflexiones en realidad evidentes, aunque estén recubiertas de un énfasis narrativo que, si bien efectista, también es virtuoso.


Web del FESTIVAL DE CINE ITALIANO DE MADRID


 

 

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