Entramos en el ecuador del Festival de Sitges con una lista de éxitos y fracasos, aunque también de películas que de algún modo nos han sorprendido sin llegar a ser grandes obras. Las películas de este quinto día de festival engrosan todas esas listas, pues la diversidad de calidad e interés de todas ellas es apabullante: desde genialidades como Cemetery of splendour y Youth, hasta una decepción como Strangerland, pasando por la correcta Endorphine. En todas ellas, los personajes buscan respuestas o simplemente intentan salir de una situación que les asfixia, aunque algunos de ellos no tienen ningún tipo de esperanza. Así, a través de los sueños, de lo onírico de la vida, intentan sobrellevar sus dramas individuales. 

Asimismo, ha sido un día cargado de estrellas, destacando a Michael Caine y Harvey Keitel, con un pequeño papel de Jane Fonda, en Youth, y Nicole Kidman y Joseph Fiennes en Strangerland. Una jornada completa que marca el inicio del fin de esta 48 edición del Festival de Sitges. 

Endorphine, baile de conceptos

Endorphine

Se podría decir de Endorphine, tercer film de André Turpin, que encaja en el refrán “lo que bien empieza, bien acaba”. Pero lejos de ser esto un comentario positivo, refleja que lo que prometía en un principio se va perdiendo en toda la parte intermedia y se recupera mínimamente al final. Con todo, Turpin no consigue remontar un film al que la total falta de ritmo lo convierte en por momentos en algo tedioso.

Las endorfinas son las hormonas directamente vinculadas a la felicidad, ya que son capaces de neutralizar lo que nos transmite el dolor, así como producir en nuestro cerebro sensaciones varias. Aunque se relacionan mucho con el deporte, las endorfinas se segregan también en otras situaciones, como, por ejemplo, la que vemos en el film: una experiencia traumática. Es fácil identificar estos procesos complejos del cerebro (tras la muerte de su madre, la protagonista parece no sentir nada, sino que se preocupa por cosas banales como el sabor de una lengua), aunque es difícil conocerlos bien de antemano. Es por eso que Endorphine pillará a muchos desprevenidos, hecho que no la ayuda a tener una mejor recepción entre el público dado el ritmo lento de su narrativa y sus saltos constantes en el espacio y el tiempo.Teniendo en cuenta estos detalles de contexto que, desgraciadamente, la película brinda de una forma demasiado técnica y poco esclarecedora, podemos decir que Endorphine es un relato sobre la superación de la pérdida, la recomposición de las emociones tras el shock de un instante. El film acompaña a Simone en su proceso de ser capaz de afrontar el trauma al que ha sido abocada, a través de un relato lleno de viajes en el tiempo, realidades paralelas y encontronazos con el asesino de su madre.

Turpin hace gala de su faceta más conocida, la de director de fotografía – ha trabajado en films como Tom à la ferme (Xavier Dolan, 2013) o Incendies (Denis Villeneuve, 2010) – en escenas como la inicial, en la que utiliza un cautivador truco de luces y movimientos en el espaciotiempo. Estos detalles, junto con otros pocos momentos lúcidos del film, son lo único que salva a Endorphine de convertirse en fracaso.

Cemetery of splendour, la Tailandia onírica

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Con ritmo pausado e imagen contemplativa, Cemetery of splendour nos lleva a la rutina de un grupo de voluntarias de un hospital, que se ha habilitado en lo que antes era un colegio. Entre ellas se encuentra Jen (Jenjira Pongpas), con una pierna diez centímetros más corta que la otra y una habilidad especial para comunicarse con muertos y vivos. Mediante la relación de amistad de esta mujer con uno de los soldados enfermos del edificio, el director tailandés Apichatpong Weerasethakul dibuja un fresco de su zona natal, sin grandes eventos ni polémicas declaraciones, sino con los diálogos más triviales, los encuentros más surrealistas y los paseos imaginarios por otros mundos. El film nos muestra una Tailandia silenciosa, que aunque no se explicite vive bajo el yugo de los militares que se hicieron con el control del país en mayo de 2014 y que tienen atemorizados a aquellos que expresen sus opiniones más de lo que debieran.

En el número de octubre de la revista Caimán Cuadernos de Cine han publicado una entrevista con este fascinante director, a quien se le rendirá homenaje a través de una retrospectiva en el próximo Festival de Gijón. Como broche final de esta fantástica entrevista realizada por Nicolas Rapold, preguntado por su permanencia en su país natal, Weerasethakul responde: “Y te preguntas, ¿sigues siendo un artista si no puedes decir lo que quieres?”. Así, con esta honestidad y sensibilidad que le caracteriza a él y a su cine, sigue impregnando obras como Cemetery of splendour, que combina el humor cotidiano con lo místico de la naturaleza que les rodea y que juega constantemente con lo paradójico: la botella de Pepsi con la cara de Messi, las luces de neón en un hospital improvisado, los eventos de venta de cremas hidratantes de las que solo se usan las muestras… Sitges acoge una de las películas más profundas de su programación, un relato que rezuma emoción contenida y muchas, muchas capas de significados. A pesar de algún que otro elemento sobrenatural, resulta curioso que una película así forme parte de la Sección Oficial de un festival dedicado al cine de terror y fantástico. Aunque por ver films como este, la coherencia se puede dejar a un lado.

Sesiones especiales: Youth, tentaciones

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Como Love, que reseñábamos en el cuarto día de festival, Youth también tuvo que sufrir las malas críticas de la prensa a su paso por la pasada edición del Festival de Cannes. Y como en el film de Gaspar Noé, no estamos de acuerdo.

Lo nuevo del director italiano Paolo Sorrentino puede presumir de tener una estética impecable y un mensaje claro y conciso. Paradójicamente, Youth (La juventud) trata sobre la vejez y lo que conlleva: la soledad, la pérdida progresiva de los recuerdos, los problemas de salud, las compras millonarias de medicamentos, la falta de actividad y, como broche, la expectativa de la muerte. Todas estas emociones se recogen en este film que cuenta con imágenes de gran fuerza visual y un guion elocuente, divertido y entrañable, en el que Sorrentino aúna a dos pesos pesados: Michael Caine y Harvey Keitel. Mano a mano, esta pareja de veteranos consiguen comerse la pantalla en cada escena, pues si de algo se caracterizan ambos es por el magnetismo de su presencia. Con una pareja protagonista de este calibre, la cosa tenía que ir bien.

Youth se sitúa en un spa suizo, donde personas provenientes de todo el mundo buscan un momento de paz. Aunque hay de todo tipo, la mayoría de los clientes de este cotizado espacio son ancianos que, en su última etapa, se dedican a dejarse llevar por las rutinas del complejo. Sorrentino los filma de una forma muy particular: figuras quietas en saunas y piscinas, como esculturas que forman parte de la decoración del lugar, con la mirada perdida y fija en el horizonte, sin nada interesante que decir. Porque se encuentran en el final de la vida, un lugar donde la existencia parece convertirse en relativa. El spa se convierte entonces en un museo de cera tétrico, donde los únicos que parecen tener algo de vida son Keitel y Caine. Incluso este ir y venir pausado en un espacio conjunto recuerda vagamente a El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961) y su aire existencialista en ese tiempo que parece haberse detenido por completo.

Muchos han visto en este film un intento fallido de Sorrentino de alcanzar el nivel de aquella obra maestra que fue La gran belleza (2013), unánimemente alabada en todo el mundo (hasta en los Oscars). Y está claro que Youth no alcanza ni alcanzará esa posición, pero no por ello hay que despreciar una película con tanta personalidad, emoción y mensaje.

Noves Visions One: Strangerland, en tierra de nadie

STRANGERLAND

En un pueblo perdido de Australia, una pareja se enfrenta a la desaparición de sus dos hijos: un niño aislado debido a los problemas familiares y una adolescente de 15 años cuya única afición es buscar hombres con los que tener sexo. En mitad de las tensiones entre los padres, interpretados por Nicole Kidman y Joseph Fiennes, sucederá la tragedia, que movilizará al pequeño pueblo en el que acaban de mudarse. Siendo este suceso el punto de inflexión de la película, se esperaba un cambio en el ritmo, narrativa o ambiente, pero nada más lejos de la verdad.

La historia, plana y hueca, no llega ni a rozar lo fantástico, ni mucho menos lo inquietante. A través de un ritmo repetitivo y vacío de toda emoción o clase, Strangerland intenta sin éxito combinar la búsqueda de los niños con la mitología y el drama romántico. Realización y guion parecen estar a años luz el uno del otro, provocando una desconexión evidente que impide cualquier coherencia o empatía con la historia. Lo único destacable de este debut en la dirección de Kim Farrant es la muy aceptable interpretación de Kidman como madre desesperada con un pasado misterioso. Una lástima haber desaprovechado tan espectaculares paisajes áridos australianos y la prometedora premisa de la que partía.

 

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