En persona, Isabel Coixet (Sant Adrià de Besòs, Barcelona, 1960) es completamente fiel a la imagen que uno podría formarse de ella viendo sus películas: segura de sí misma, sin que parezca quitarle el sueño el qué dirán, y, sobre todo, visceralmente honesta, aunque unas cosas que diga caigan mejor que otras. Las filias que exhibe orgullosa, como la literatura, se filtran en la idiosincrasia de sus trabajos, así como sus fobias: al completar la segunda jornada de presentación de su nueva película ante la prensa, mientras recoge, comenta con la responsable de prensa la “manía” que le tiene a Haneke.

REVISTA INSERTOS participó en un encuentro con la directora para medios online, que a lo largo de la entrevista demostró un gran sentido del humor y de la autoconsciencia: a diferencia de lo anterior, sus dramas siempre intensos y graves no permitirían adivinar esto. Al menos, no hasta ahora, porque en Aprendiendo a conducir, su ya penúltimo título (estrenó nueva película en la pasada Berlinale), se adentra por primera vez en el terreno de la comedia.

De repente, una comedia luminosa.

(Risas) Hombre, Resacón en Las Vegas no es, cuidado.

¿Necesitabas tal vez ese cambio?

La verdad es que cuando Patricia [Clarkson] me pasó el relato, tampoco lo vi como una cosa tan alejada de lo que ya había hecho. Lo que pasa es que el tono no podía ser de tragedia, ¿no? Con ese punto de tragicomedia agridulce, amistad, con tinte romántico… A mí la historia me tocó mucho, aunque ya la leí hace ocho años, y en ese tiempo han pasado muchas cosas: parecía que había unos hindús que la querían financiar, luego unos rusos, luego HBO Films, pero por unas razones o por otras no salía. Lo típico. Entonces unos chicos, dos hermanos de 30 y 28 años, que habían creado un fondo de inversión y se habían hecho ricos, decidieron comprar el guion y financiar la película porque se enamoraron del proyecto, cuando ya llevaba dos años pensando que no se iba a hacer. Me llamaron en junio, y en agosto estábamos rodando. Esas cosas pasan a veces. A mí es la primera vez. Siempre me pregunté si pertenecían al narcotráfico.

Ya habías trabajado antes tanto con Ben Kingsley como con Patricia Clarkson, que son además amigos tuyos. ¿Cuánto hay de bueno y cuánto de malo en trabajar con viejos conocidos?

Lo bueno es la confianza. Yo sé de qué son capaces, sé hasta qué punto puedo pedirles cosas… Pero lo malo también es la confianza, porque hay veces que tienes que cantar las cuarenta, y hacer eso con un actor con el que no tienes ningún vínculo es más fácil que hacerlo con amigos tuyos, que han estado en tu casa, que les has preparado la comida, que sabes muchas cosas de él y de ella, y que a su vez él y ella saben muchas cosas de ti. Con la que más me peleé fue con Patricia. Ben en seguida se puso el turbante y se camufló en Sij, al que no se parece en nada, por mucho que todo el mundo tenga esa idea de él desde Gandhi. Cuando Gandhi, de hecho, era la primera vez que iba a la India: su padre era indio, pero él siempre ha tenido un conflicto con sus raíces. Hizo también otro papel de este tipo en Casa de arena y niebla, pero, en realidad, del mundo de Sij, si yo no tenía ni idea, él tenía todavía menos. Se lo tomó como un ejercicio de aprendizaje sobre una cultura de la que no sabía nada, estaba muy tranquilo, y hasta cogió el movimiento este que hacen muchos con el turbante [mueve la cabeza a los lados, entre risas], que a mí me hacía mucha gracia cada vez que lo veía. Patricia, en cambio, creo que se angustió un poco, porque ella había sido la que nos había embarcado en la historia, la que había comprado los derechos. Y eso la ponía muy, muy nerviosa. Durante el rodaje nos gritamos varias veces. Seguimos siendo amigas, es una tipa a la que adoro. Pero esta especie de paraíso que venden siempre los directores y los actores diciendo los unos de los otros que son maravillosos… Si en algún momento le hubieran preguntado a Patricia, creo que no hubiera dicho que yo soy maravillosa. Y en el fondo es lo normal, lo raro es que todo sea maravilloso.

Me llamó la atención que en esta película se presenta la idea de conformarse no como una opción cobarde, sino como una manera de ser valiente y tirar hacia adelante. Para los personajes, ¿la experiencia es un grado o una desventaja?

No hay nada que sea un grado o una desventaja. En el mundo laboral de hoy, a veces alguien llega con un currículum de la hostia y la persona que tienes delante prefiere a otro con menos currículum, porque no la va a hacer sombra, y se forma un entramado de relaciones que no sabemos qué es peor o qué es mejor… Mi protagonista es una mujer de cincuenta años, intelectual, que ha currado sin que nadie le haya regalado nada, con un marido, una hija y una casa estupenda, pero cuando le quitan el marido, a veces, yo tenía la impresión de que lo que más le importaba a ella era la casa. ¿Es amor o es boom inmobiliario? Porque muchas veces, en una pareja bien establecida, parece que ambas cosas van juntas. Ella se comporta como una histérica, como una adolescente, no se da cuenta de que el otro le ha dejado por una mujer que le gusta más, de la que se ha enamorado y que no es más joven. Y esto tan sencillo le cuesta muchísimo entenderlo, por mucho que haya leído, por muchas tesis de Jane Austen que haya escrito. Y el personaje de Sij ha tenido una vida durísima, es un vigilado político, que ha estado en la cárcel y le han torturado, y que le traen una mujer del Punyab con la que realmente no sabe qué hacer. Le reprocha encima a la pobre que no hable inglés, ni sepa leer ni escribir, como si no fuese él responsable ni tuviera que hacer nada aparte de darle dinero. Es una cosa muy común. Yo recuerdo que a mí lo de los matrimonios arreglados me parecía una locura, no lo entendía, y estuvimos hablando con mujeres que habían tenido matrimonios arreglados y que, de pronto, te decían que eran muy felices, que les había funcionado muy bien y llevaban años; sin embargo, otras te decían que eran un infierno, y te lo decían además claramente. Te das cuenta de que es como los matrimonios no arreglados, una especie de lotería extraña que hace que a veces una gente funcione y otras veces no.

Si, tal y como aseguras, no es una comedia como Resacón en Las Vegas, ¿en qué género la encuadrarías?

Es como darle una vuelta a esa cosa de “Chica encuentra chico”, lo que pasa es que la chica tiene cincuenta años y el chico tiene setenta, y entonces es diferente. No es lo mismo a esas edades, sobre todo porque uno se da cuenta de las consecuencias de las cosas, se da cuenta de que no puede estar predicando “Yo jamás sería infiel”, “Yo esto no lo haría”, y luego no ser coherente. En ese sentido, él le enseña ciertas cosas a ella, pero ella también le enseña a él poniéndole de frente con su realidad, el matrimonio concertado con la chica que trae de la aldea. Por eso, pienso que la película termina como tiene que terminar. Lo que te dicen cuando tienes veinte años de que las relaciones hay que currárselas, y a ti te da una pereza inmensa, en otro momento de la vida te das cuenta de que, o te lo curras, o vas a estar más solo que la una.

En Aprendiendo a conducir has trabajado con Thelma Schoonmaker, la legendaria montadora de Scorsese. ¿Qué ha supuesto esta colaboración y cómo dirías que ha afectado a tu cine?

Conocí a Thelma a través de Patricia, porque habían trabajado juntas en Shutter Island. Ella un día me vino y dijo: “Oye, estoy con Thelma Schoonmaker, ¿quieres conocerla?”. A mí cada vez que decía que la conocía me entraba como una especie de temblor, yo creo que es la montadora más mítica de la historia del cine. Y, finalmente, fuimos a tomar un café. Empezamos a hablar, me preguntó qué estaba haciendo, le conté lo de esta película, me preguntó si teníamos montador, le dije que no y me pidió que le enviase el guion. No me podía creer que estuviera ocurriendo. Luego te das cuenta de que Thelma está deseando que alguien que no sea Scorsese le proponga algo completamente diferente, porque para ella es un desafío. Tengo que decir que nos lo pasamos muy bien en la sala de montaje, que el 80% de las veces Thelma tenía razón y en el otro 20% me hizo algún caso. Había días que yo salía de la sala de montaje pensando que íbamos regular, yo había visto las escenas de una manera, ella las había montado de otra… Le decía a veces: “Esta toma… un poco rara, ¿no?”, y ella: “No, esta toma está muy bien y es muy divertida”. Al día siguiente, yo volvía y ella había puesto una de las tomas que a mí me gustaban, y me daba la razón. Cada vez que decía algo así yo estaba eufórica por dentro, claro. Me ha enseñado que no hay que ser autocomplaciente con lo que haces, que hay que cortar, algo que a veces me costaba. Creo que se lo ha pasado muy bien haciendo la peli porque es como otro planeta. Simplemente a nivel de material: nosotros rodamos cinco semanas con una cámara, mientras que Scorsese rueda trece semanas con tres cámaras. Solo descartando material de la película de Scorsese tiene un currazo brutal, para ella esto ha sido pan comido.

El guion viene firmado por otra persona pero se te reconoce perfectamente. ¿En qué medida has participado?

¿Sabes qué pasa? Que yo no soy del Sindicato de Guionistas Americanos, porque hay que pagar una cuota exagerada. Entonces no firmé por razones legales, pero siempre en los guiones donde no he sido acreditada (Elegy y este otro) he participado mucho, he cambiado cosas, añadido otras que no estaban, lo normal. Todos los directores cuando cogen un guion le dan un aire, cortan cosas que les parecen innecesarias, modifican diálogos demasiado explicativos… Pero yo creo que la película es muy fiel al tono de la historia original, salvo que en ella el que le enseñaba a conducir era filipino. Lo cambiamos porque no hay tantos conductores filipinos en Nueva York, y conseguir el apoyo de su comunidad parecía más complicado que conseguir el de los sij.

¿No planeas volver a rodar en España?

Yo salí de Barcelona hace mucho tiempo… Esta vida nómada que tengo me ha llevado mucho por ahí, no es que yo decidiese rodar fuera porque soy una snob. Ha ido saliendo así. Hubo una temporada que yo estuve currando en una productora de publicidad, y de repente me salió trabajar en Estados Unidos, así que fui y escribí un guion que transcurría allí. Pero es que también vengo a España, hago una película que es Ayer no termina nunca y me caen palos y hostias por todos lados. ¡Nunca estáis contentos! (Ríe.)

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Isabel Coixet, en un momento de la entrevista.

Además de hacer ahora una, digamos, comedia romántica, venías de ese drama a lo Beckett que era Ayer no termina nunca y de una película de terror, Mi otro yo. ¿A qué se debe este eclecticismo?

Es divertido, ¿no? No sé. Así ha ido saliendo, salvo en el caso de Ayer no termina nunca, que fue una película que me empeñé muchísimo en hacer, porque quería ver cómo era esto de contar una historia con solamente dos personajes en un lugar desolado. Ha habido muchos directores que han hecho cosas muy eclécticas, con diferentes resultados: a veces han metido la pata, a veces no. Lo que sí te puedo decir es que el género de terror es algo que no pienso volver a hacer, de ahí sí que salí pensando que realmente no era lo mío, y fue una experiencia bastante tremenda por muchos motivos. Pero yo creo que está bien de repente hacer cosas que no has hecho nunca, probar que puedes hacerlas, o probar absolutamente lo contrario. En todo caso, no es ningún plan, voy buscando materiales que me gusten y que me inspiren.

¿Qué fue mal en Mi otro yo

Es que cuando en una película entra una major estás muy perdido, y es un poco como El proceso de Kafka, el director es alguien irrelevante al final. Lo que he visto claro es que yo no funciono bien con una especie de Gran Hermano mirando, este control férreo no me va. Prefiero trabajar con productores que respeten al director. Un poco. Algo. Bastante, si puede ser. Después de Mi otro yo pensé que nunca más iba a hacer una película, pero aquí me tienes. Es como le ocurre a la protagonista de Aprendiendo a conducir, cuando parece que nunca más vas a volver a pasártelo bien en la vida, te lo pasas bien.

Si en algún momento pudieras tener un cheque en blanco, sin ningún límite, ¿qué idea te gustaría llevar al cine? Si pudieran dejarte volar totalmente.

Yo creo que la película que voy a hacer ahora en octubre, si Dios quiere y no pasa nada. Llevaba mucho tiempo queriendo hacerla, porque por primera vez voy a abordar un personaje que siento que soy yo. Se basa en una novela llamada La librería, escrita por Penelope Fitzgerald, a quien siempre he admirado mucho. Esa es la película que haría, y si me dieras el talón no se haría en octubre, sino que empezaríamos ahora. Tiene un personaje muy cercano a mí. Es la historia de una mujer con un sueño, que es tener una librería, y que es también uno de los sueños que yo siempre he tenido. Y este sueño que puede parecer pequeño se transforma en una pesadilla, como suele suceder. Yo nunca he llegado al punto de considerar que uno de mis personajes soy yo, aunque pueda identificarme en algunas partes. Con este sí.

En una entrevista sobre esta película citaste la frase “Una mujer bien educada y obediente no hace Historia”, de Eleanor Roosevelt. ¿Crees que hay veces que debe salirse de la zona de confort, como hace Wendy, para avanzar y para crecer como persona?

Yo creo que el confort no es bueno para ningún creador. Recuerdo que la primera vez que fui a Los Angeles me llevaron a casa de un director, un director muy famoso, y cuando vi aquella piscina, y el servicio, y los siete coches en el garaje, pensé: “Este hombre no va a volver a hacer una buena película, ¿para qué? Si ya tiene la piscina, las vistas y los Lamborghini”. Entonces… no sé. Cuando uno se lo cree, cuando ya te han puesto en un pedestal y te crees que eres la polla, ¿cuál es el desafío? ¿Para qué hacer otra cosa? Luego están esos directores que hacen una película fantástica y, por miedo a cagarla, no hacen otra más. Van después como que no les han dejado, y es mentira, no han querido porque les acojona cagarla. Y la cagamos todos, no hay nadie que haya hecho 27 películas perfectas, no es verdad. Yo prefiero cagarla haciendo cosas que quedarme sin hacer nada más por si dejan de quererme y de decir que soy un genio. Que me llamen genio o que me llamen gilipollas. Para mí la felicidad, o los atisbos de felicidad que tengo son cuando hago una película. ¿Que luego tienes que soportar que te llamen de todo? Pues bueno, ya estoy acostumbrada. Como tampoco me creo ni a los que adoran todo lo que hago, pues continúo. Es como una montaña rusa. Pero como las de los niños.

Saliendo de la película, sería interesante saber tu opinión sobre José Ignacio Wert, el ministro que se acaba de ir.

Exactamente lo que ha hecho Wert yo no lo sé, lo reconozco. No soy como estos colegas míos, que saben lo de la Ley del Cine. A mí no me preguntes sobre la Ley del Cine: yo he leído tres veces el Ulises de Joyce, pero me dan un documento de ley y… Bueno, ni los contratos me leo, porque paso del primer párrafo y me aburro. El lenguaje legal no lo puedo leer. Es como las páginas deportivas de los periódicos, o las retransmisiones de las corridas. Wert era malo, ¿no? De verdad que no lo sé. Ayer leí un artículo que decía que el ministro de ahora es peor, parece que no va a haber ninguno bueno. Es el ministro de Educación, ¿no? Y Cultura. ¿O solo de Cultura?

Educación, Cultura y Deporte.

Ah. Pues no sé. Igual no era tan malo, ¿no? Te lo juro que no lo sé. De verdad. Nunca le he conocido. Desde fuera llega la sensación de que nos perdemos como en un bosque que no nos deja ver las ramas [sic]. Es que a los políticos se les pide tan poco: pragmatismo, sentido común… Y menos banderas, himnos, banderines, ¡si la bandera en sí no es nada! Yo soy muy poco de banderas, de himnos, marchas y cosas. También se podría pedir que no empleen a los cuñados. Bueno, si el cuñado es un genio… Pero en la historia de la humanidad no ha habido ningún cuñado que sea un genio, me parece a mí. Igual Wert era un tío cojonudo, ¿eh? Y no lo sabemos.

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