Apocalipsis de una supremacía


Si en El Día de la Bestia (1995, Álex de la Iglesia) la aparición de un macho cabrío irguiéndose sobre sus patas traseras anunciaba el nacimiento inminente del Anticristo, en White God, la imagen del gato Tom (de Tom y Jerry) tocando el piano en la televisión de una perrera, ante la mirada atenta de sus huéspedes, precede a una forma distinta de apocalipsis: el de la hegemonía del hombre blanco burgués, cuyo estúpido egoísmo ha acabado por hacer casi imposible la convivencia con ninguna otra raza ni especie, hasta el punto de que pudiera plantearse si acaso, en términos de salud pública, no sería lo más razonable exterminarlo de una vez.

El nuevo largometraje del húngaro Kornél Mundruzcó, en cuyo planteamiento –y también en algunas de sus formas– habrá no pocos que encuentren ecos inesperados de El origen del planeta de los simios (2011, Rupert Wyatt), conserva esa truculencia tan característica en las historias del director, si bien hay que indicar con luces de neón que esta rareza sobre los albores de una revolución canina no tiene absolutamente nada de anecdótico y sí todo de noticioso: White God pertenece a ese extraordinario grupo de títulos capaces de construir narración desde la poética del mundo animal –a su paso por el Festival de Cannes, donde ganó el premio Un certain regard, hubo quien la comparó con Al azar de Baltasar (1966) de Bresson–, en este caso un perro devenido en sujeto trágico tras separarse de su dueña, cuando el padre de ésta se niegue a pagar la tasa que le exige el ayuntamiento por no tratarse de una raza pura. La tremenda fuerza expresiva del filme queda sintetizada en algo tan conceptualmente simple como el perro co-protagonista gruñendo: los colmillos por delante y, asomando escasos centímetros detrás, unos grandes ojos aterrados, quizá ante la incomprensión de un juego de la violencia que se le ha impuesto y del que, al parecer, no le va a quedar más remedio que participar para sobrevivir.

Nada que ver, en cambio, con los humanos que tiene enfrente, organismos pluricelulares que, si no fuera porque hablan de vez en cuando y tocan instrumentos, fácilmente podrían resultar tan complejos como un guisante. Borrachas en su narcisismo, las personas de White God aparecen retratadas como un imperio en decadencia, que entienden la crueldad como una agradable distracción y, casi como cantaban Moncho e Mailo Sapoconchos, convierten a Wagner en algo fácil de silbar. En sus inolvidables escena y plano finales, algo de signo precisamente tan apocalíptico como una trompeta será, sin embargo, reimaginado por Mundruzcó como justo lo contrario: un recóndito Santo Grial de la sensibilidad y la empatía, las que nos igualan más allá de todo raciocinio, la que nos conectan con el placer y el sufrimiento propios y ajenos y desde las que, a lo mejor, podemos empezar a entendernos.


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Dirección: Kornél Mundruczo.

Intérpretes: Zsófia Psotta, Sándor Zsóter, Lili Horváth, Szabolcs Thuróczy, Lili Monory.

Género: drama. Hungría, 2014.

Duración: 119 minutos.

 


 

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