Un reto que no acaba

 

El laberinto es un símbolo rico en significados según las disciplinas desde donde se considere. También tan accesibles las analogías que establece, tal vez por el efecto que implica una experiencia real dentro de uno o al menos la desazón al contemplar su trazado. Interpretaciones espirituales, del ritual iniciático, la preocupación antropocéntrica, la psicología pura y dura, incluso los esquemas de la neurociencia, para representar las sendas tortuosas del alma o las trampas o las posibilidades expansivas del conocimiento humano o el rastreo y examen de la confusión, de todas las confusiones. Siempre entraña un reto, una razón de ser: la salida, la mayoría de las veces imposible de encontrar, al menos muy difícil.

En estos tiempos de bien fundadas sensibilidades apocalípticas e impulsos a la fuga que nos han tocado vivir, resulta una coherencia encontrarnos otra vez el laberinto como materia de ficción. Así parece que lo ha visto el escritor de literatura juvenil James Dasher en su trilogía The Maze Runner, cuyo primer y homónimo volumen cumple con el proceso obligatorio desde que la saga Harry Potter inaugurara la dinámica y la trilogía Crepúsculo la fijara: libro – fans de los libros – película – fans de la película y de los libros – posibilidad de nuevos libros – posibilidad de nuevas películas si los números salieron bien. El corredor del laberinto, dirigida por Wes Ball, un debutante en el mundo del largo que hasta ahora ha desarrollado su carrera en la animación y el diseño multimedia, y con un poco conocido de jóvenes promesas, es la propuesta a taquillazo adolescente de la temporada.

Thomas despierta en un ascensor de carga que sube y sube. No recuerda quién es y cuando llega a la superficie le reciben otros niños y jóvenes, no hay ninguna chica, como él. Se encuentran confinados entre los cuatros muros que delimitan un espacio que denominan el Claro. La supervivencia pasa por adaptarse a la vida allí, autarquía y remedo de la convivencia social, o por el riesgo de adentrarse a través del laberinto que espera detrás de una gigantesca puerta que se abre durante las mañanas y se cierra llegada la noche.

La historia asimila modelos identificables como la película Cube, la novela El señor de las moscas e incluso inevitablemente la referencia más reciente que aporta Perdidos (¿un hito este en sus consecuencias más perjudicial que beneficioso?). Recoge el tema del laberinto aprovechando bastante bien sus posibilidades como sueño arquitectónico que todo aficionado a la ciencia ficción apreciará. La fantasía de una arquitectura que nunca será, el espacio imposible que el espectador nunca verá fuera del relato, ha sido desde siempre uno de los placeres más sugerentes que ha propuesto el género y cuya materialización visual el degustador la encontró antes del cine en la pintura, la ilustración y el tebeo. Con ese laberinto móvil, versión postindustrial de megabloques de piedra, hormigones, planchas de acero oxidado y vegetación colgante, que propone la historia y el director ha sabido recoger, la película obtiene su mayor atractivo.

Por lo demás, difícil considerar a qué debe atenerse uno porque, a diferencia de otras sagas, esta primera parte tiene poco de autoconclusión y demasiado de dependencia de la trama global. Acaba cuando empezamos a saber algo, aunque la ausencia inicial de motivos le sentaba mejor, como igual le sucedía a Cube. Pero esto no es una serie: una semana parece un tiempo razonable; el emplazamiento a un año o más para comprobar el desarrollo de una trama, se antoja un timo. Ah, que en la librería venden los libros…

 


 

  • EL CORREDOR DEL LABERINTO
  • Dirección: Wes Ball.
  • Intérpretes: Dylan O’Brien, Will Poulter, Kaya Scodelario, Thomas Brodie-Sangster, Patricia Clarkson.
  • Género: ciencia-ficción. EE UU, 2014.
  • Duración: 113 minutos

 

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(Texto e imágenes  publicados  originalmente en Ociozine, 16-9-2014)

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