Irene Bullock


Bobby Thompson (Tim O’Kelly) mata fríamente con un tiro de escopeta a su rubia y joven esposa (Tanya Morgan). Y da escalofríos ver cómo Peter Bogdanovich, en una de sus dos primeras películas, El héroe anda suelto (Targets, EE.UU, 1968), construyó una premonición. No podía esperar, cuando todavía estaba bajo el manto de Roger Corman (se estrenó como realizador con esta película y con otra, típica de la factoría Corman, Viaje al planeta de las mujeres prehistóricas) y a punto de convertirse en un famoso director, que trece años más tarde el terror se asomaría a su vida cotidiana. Mientras rodaba la comedia Todos rieron (1981), una película que quedó marcada por la tragedia, y vivía su historia de amor con la rubia playmate del momento, Dorothy Stratten, su vida se convirtió de repente en una auténtica pesadilla. Cuando Stratten, que tenía un papel protagonista y demostraba cualidades para un posible futuro cinematográfico, acudió a casa de su ex para arreglar los papeles de divorcio, este la disparó con una escopeta, terminando de golpe con una vida que empezaba a despegar tanto profesional como sentimentalmente.

A partir de Todos rieron el declive de Peter Bogdanovich como realizador se convirtió en un tobogán sin final. De hecho, cuando se analiza la fecha de defunción del Nuevo Hollywood, se pueden señalar tres películas que supusieron un descalabro no solo en la trayectoria de sus directores, sino  que marcaron también el final de un periodo y de una manera de entender el cine : La puerta del cielo (1980), de Michael Cimino; Corazonada  (1981), de Francis Ford Coppola; y Todos rieron (1981). A partir de estos fracasos, hubo un cambio, y  los directores estrella (protagonistas del periodo del Nuevo Hollywood), autores y creadores,  bajaron del estrado, es decir, se  quedaron sin trono, y  subieron al podio  los directores taquilleros, reyes absolutos de los años ochenta. Por otro lado, sobrecoge cómo la reflexión que realizó Peter Bogdanovich sobre el terror en El héroe anda suelto tomó forma de la manera más cruda en su propia realidad.

El espejismo de Nuevo Hollywood

A partir de 1967 una nueva generación de realizadores irrumpió en la industria estadounidense. Entre ellos, Martin Scorsese, Hal Ashby, Michael Cimino, Robert Altman, Francis Ford Coppola, Brian de Palma y, por supuesto, Peter Bogdanovich.  Pisaban con fuerza en el panorama cinematográfico, dando importancia a su papel como autores y creadores. No solo revolucionaron la forma de hacer cine, sino que además, como el código Hays ya no estaba vigente (su año de defunción justo coincide con el nacimiento del movimiento: 1967), el abanico de temas que se podían tratar se abrió totalmente. Muchos de estos directores eran cinéfilos empedernidos, y respetaban sus raíces pasadas, y el paradigma en este sentido fue Bogdanovich. Historiador, crítico de cine y actor antes que cineasta, entrevistó a todos los grandes maestros del cine estadounidense. Como sus colegas franceses del Cahiers du cinéma, para él los directores eran auténticos creadores. Y su primera película como autor, nunca mejor dicho, sería El héroe anda suelto, que era puro cine dentro del cine y una reflexión lúcida sobre un género: el de terror.

El joven director enfrenta a sus dos protagonistas y con cada uno reflexiona sobre la narración cinematográfica en las películas de miedo. Por una parte, Bobby Thompson, el joven de clase media estadounidense, que vive con sus padres y su joven esposa, llevando una existencia monótona y sin  escapatoria  dentro del sueño americano. Y, por la otra, Byron Orlok (Boris Karloff), un cansado y anciano actor de películas de terror, que quiere retirarse. Los dos personajes se cruzan en una misma secuencia solo en dos momentos de la película, que corresponden al principio y al final; mientras, los distintos acontecimientos que protagonizan ocurren paralelamente. El clímax, además, transcurre en un autocine.

Durante los primeros minutos de El héroe anda suelto, Orlok anuncia en la productora su retiro y sale de las oficinas para subir a su coche y marcharse a un hotel. Pero, de pronto, lo vemos convertido en un objetivo de tiro, pues se encuentra en el punto de mira de un fusil que está probando Bobby dentro de una tienda. En la última secuencia, cuando Bobby ya se ha convertido en todo un asesino en serie y está acorralado en una caseta del autocine, vive un momento que evidencia la distorsión que hay en su fría cabeza. El joven ve cómo avanza el anciano actor con su bastón hacia él para intentar parar la masacre, pero a la vez, al girar la cabeza, observa que en la enorme pantalla de cine proyectan una película del actor (es, en realidad, El terror, un film, dirigido por Roger Corman en 1961).  Y que este es una figura fantasmagórica, amenazante y gigante que parece que quiere detenerlo.  Bobby dispara su pistola; primero contra el anciano, que avanza hacia a él, pero luego también a la imagen proyectada en la pantalla.

En la primera secuencia, Bogdanovich había trazado ya la tesis de su historia: el enfrentamiento entre el viejo actor, protagonista de películas de terror en las que se sabía perfectamente de dónde venía el mal, y el joven de clase media, el aparente vecino ideal, que esconde un asesino en serie bajo su fachada, poniendo en evidencia un terror más real, que es frío, incomprensible e irracional. Y la última secuencia, la de ese enfrentamiento, entre el asesino acorralado y el anciano que trata de frenar la tragedia, culmina con la perplejidad de Orlock ante el rostro del nuevo terror: un joven, absolutamente desconectado de la realidad, capaz de convertir en su cabeza a las personas en simples latas a las que disparar; y que cuando se termina el macabro «juego» se muestra indefenso, confundido y con miedo.

Lo que consigue este director en esta obra prima es reflexionar sobre la naturaleza del terror en el cine y en la vida real. Orlock representa a toda una tradición cinematográfica de monstruos que poblaban las pantallas: gorilas gigantes, fantasmas, vampiros, hombres lobo, momias… que se convertían en la representación de los miedos más profundos del ser humano, y a quienes, en el fondo, se les tomaba cariño, porque mostraban su condición de seres marginales y solitarios. Igualmente, su representación era inocente, pues se sabía que eran terrores imaginados e inexistentes. Esos monstruos ayudaban a superar los miedos de la vida real, a enfrentarse a la dura realidad que esta pudiera acarrear. Pero Bobby representa la figura de un joven dentro de los cánones del estilo de vida estadounidense, que vive en una buena casa y con la familia perfectas. Y dentro de esa condición inmaculada se vislumbran grietas y  algo que no funciona. El chico que podría ser el vecino o la pareja que vive a tu lado va dejando al descubierto una personalidad fría e irracional, sin empatía alguna por nadie: se trata de alguien que mata por matar. Y ese terror es más escalofriante, no solo por inesperado, sino porque es dolorosamente real.

Bogdanovich, como director-autor

En esta película, Bogdanovich deja huellas de autoría en su inteligente puesta en escena. Pues las vidas paralelas de sus dos personajes, que, nunca mejor dicho, andan sueltos, son absolutamente diferentes, y reflejan dos maneras de rodar y reflejar el terror. Con Orlock es la evocación y la nostalgia de un cine de género concreto. Con Bobby es la inquietud de que algo horrible va a suceder.  Los dos son monstruos, pero sus naturalezas son diferentes. El primero, se «disfrazaba» de monstruo y representaba un terror inocente y reconocible, reparador. El segundo, es un ciudadano normal y corriente que esconde un monstruo que irrumpe en la vida real y la hace saltar por los aires.

En las secuencias donde aparece Orlock no solo hay nostalgia y cierto desencanto, sino también una inocencia y  ganas  de disfrutar de la vida. De hecho, hay mucho sentido del humor. Los personajes que aparecen en estos momentos (donde Bogdanovich también  sale como actor, interpretando a un apasionado director y guionista en busca de éxito, que es amigo de Byron Orlock) son unos seres caóticos e imperfectos, pero están mentalmente sanos y tienen ganas de seguir creando . No deja de ser clave que Byron Orlolck tenga el rostro de Boris Karloff, el símbolo de las películas de terror de la Universal durante la década de los treinta. El viejo actor no deja de decir a sus jóvenes acompañantes, la secretaria (Nancy Hsueh) y el director, que es un anacronismo, que se siente un dinosaurio, que ya no entiende el mundo donde vive, y que quiere disfrutar de su retiro. Es capaz de ver sus limitaciones como actor, pero también reconoce que trabajaba con buenos directores que sabían contar historias. Y esto tiene lugar en una escena clave, mientras ve con el joven director por televisión una secuencia de El código criminal (1930), de Howard Hawks, cuando están en la habitación de su hotel.

En las secuencias de Bobby la cámara no deja de seguirlo y nos avisa de que no es trigo limpio. Todo parece perfecto y en calma, pero la inquietud no nos abandona. La presencia de las armas es continua: Bobby sale por primera vez en una tienda probando un rifle; cuando llega a su casa, se ve que tiene todo un arsenal de pistolas y escopetas; con su padre, practica tiro habitualmente;  cuando se acerca a otra tienda para comprar los cartuchos para la masacre, el vendedor le pregunta que qué van a cazar…  El deambular de Bobby y cada una de sus acciones anuncian que hay algo que no funciona. Uno de los momentos más escalofriantes es cuando se encuentra en la cama a oscuras  fumándose un cigarro en silencio, y llega su esposa después del trabajo, y este le pide, con una actitud inmutable,  que no encienda la luz del dormitorio porque le molesta. Todos los sitios por donde se mueve están perfectamente ordenados, son arquitectónicamente simétricos y fríos. Por eso hielan la sangre: el chalet familiar, las tiendas de armas, el depósito de combustibles…

Pánico en el autocine

Bogdanovich emplea el autocine como escenario perfecto para desatar el terror. Mientras se proyecta una película con Byron Orlock de protagonista, todos los espectadores se disponen a  verla y pasarlo bien dentro de sus coches. Hay parejas, familias enteras y grupos de amigos que quieren disfrutar de la experiencia de asustarse con una película de terror. Pero lo que no saben es que el miedo irrumpirá en su vida real. Bobby se esconde con sus armas tras la pantalla blanca, y a través de un agujero, convierte a los espectadores en sus víctimas. Es un francotirador despiadado. Así, hay escenas e imágenes estremecedoras en este clímax, como la muerte del proyeccionista o el rostro de miedo de un niño dentro de un coche mientras mira a su padre con un tiro en la cabeza. La última imagen de la película es inquietante: el autocine visto desde el aire está absolutamente vacío; tras el caos, lo único que se distingue es el coche del asesino que todavía no ha sido retirado.

Lo que seguro que no pensó Peter Bogdanovich cuando rodó la película que le iba a llevar al éxito y en la que reflexionó sobre la naturaleza del cine de terror, es que un siniestro Bobby Thompson  habría de aparecer trece años después en su vida y que truncaría su trayectoria sentimental y profesional. Y que ese momento dejaría en evidencia, como a muchos otros compañeros de generación, que el Nuevo Hollywood solo fue un espejismo que dejó una retahíla de buenas películas. Después, solo quedaba la caída…


Puedes ver El héroe anda suelto en Filmin



 

4 Comentarios »

  1. Hola Irene:
    Un director que no nombras y podría estar perfectamente en la lista es Bob Fosse, rey absoluto de los setenta y cuya última película “Star 80” cuenta, precisamente, la historia de Dorothy Stratten.
    Un placer recordar aquellos tiempos de gran cine contigo. Un saludo.

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  2. Amigo Manuel, aquí Irene Bullock en línea.
    Adoro a Bob Fosse, sobre todo soy megafan de “Empieza el espectáculo”. Tuve la oportunidad de verla el año pasado en pantalla grande y aumentó mi amor aún más.
    Conozco, efectivamente, Star 80, pero todavía no la he visto. De hecho es la única que me falta por ver de su breve filmografía como director.
    El héroe anda suelto, de Bogdanovich, es una película muy interesante. Cada vez que la veo me gusta más. Y sobre todo me sobrecogió ese aire de premonición trágica que tiene la película si se mira la vida de su director.
    Así hemos formado una triste sesión de cine, pero que merece la pena: El héroe nada suelto, Todos rieron y Star 80.

    Con cariño
    Irene Bullock

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  3. Querida Irene, mientras leía los primeros párrafos de tu texto pensaba en la diferencia entre las pelis de horror clásico, con sus monstruos imaginarios que en el fondo inspiran compasión, y las modernas, con esos locos que un día toman una motosierra y empiezan a cortar extremidades y unas líneas más adelante me encontré con tu propia reflexión sobre el mismo tema, como si leyeras mi mente, jaja. De todos modos, confieso que tengo debilidad por aquellos monstruos de los años ’30 mientras que me da mucha pereza asomarme a estos universos de terror más modernos (y los que no son de terror, también).-
    Ese fotograma que reproducís con la familia alrededor de la mesa me recordó a una imagen similar de una peli que en su momento me gustó mucho, no sé qué efecto me causaría ahora, que fue Belleza Americana en donde también bajo la apariencia de un mundo ordenado y perfecto se escondía un horror en potencia.-
    Continúo leyéndote, aunque llegue con retraso. Muchos besos, Bet.-

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  4. ¡¡¡Amiga Bet!!!, cómo me alegra leerte. A mí me pasa lo mismo que a ti, siento debilidad por los monstruos del cine clásico.
    Reconozco que tenía abandonado el género de terror, pero por puro miedo. Ahora llevo unos años descubriendo clásicos del pasado y metiéndome en laberintos del presente, y reconozco que es un género que estoy disfrutando de lo lindo.
    ¡Tienes razón con lo del fotograma! Sí, parece como si Sam Mendes hubiese podido encontrar inspiración mirándolo, ¿verdad? Y es que la idea central que hay detrás de las dos familias, de la de la película de Bogdanovich y la de Mendes, es la misma. Bajo la apariencia perfecta y el camino trazado, hay sombras y recovecos muy oscuros.

    Con cariño
    Irene Bullock

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