Iñárritu y Nolan serían colegas


La búsqueda de la trascendencia es una constante en el cine de Alejandro González Iñárritu. Las ansias de intensidad han enarbolado sus proyectos, cada uno de los cuales ha explorado diferentes maneras de hacerle ver a su audiencia lo majestuoso del material que maneja. Esa cohesión ideológica se ha mantenido en el tiempo, pero ha variado en los mecanismos para alcanzarla. Su filmografía, en lo que a largometrajes firmados exclusivamente por él se refiere, está dividida en dos claras vertientes: la del fondo y la de la forma. La primera abarca sus cuatro primeras obras –Amores perros (2000); 21 gramos (2003); Babel (2006); Biutiful (2010) –, mientras la segunda, en actual desarrollo, se ocupa de sus dos últimas –Birdman (2014) y la película a analizar, El renacido (2015)–.

El director mexicano nunca había apasionado a la crítica. Sus primeras obras, aunque resaltables, parecían quedarse siempre a las puertas de la escalera hacia el cielo. Su cine gustaba pero no entusiasmaba, y a más de una y de uno se le atragantaba tanta intensidad emotiva. Fundamentadas en guiones sugerentes, tanto por sus historias cruzadas como por lo llamativo de sus posteriores montajes, estas cuatro primeras obras destacaban por su fondo, relegando la forma a un segundo plano. El éxito era mayor entre el público, y la frustración desgastaba la mente de una persona que no duda en considerarse autor y que no disimula el amor hacia su propia obra, plasmado en esos aires de trascendencia que destila cada uno de sus proyectos. Un enfoque loable y hasta necesario, pero destinado a la pretenciosidad para las manos, no ya torpes, sino carentes de genio. Hay valentía en sus esfuerzos, pero quizás sea la temeridad del egocéntrico inconsciente, la megalomanía que combate el complejo de inferioridad: el Christopher Nolan mexicano.

Iñárritu comprendió que la manera de alcanzar sus objetivos requería un cambio drástico en la construcción de sus films, y Birdman fue su ansiada salvación. El guion es el que cede su puesto a la forma, que impacta en cada segundo del metraje gracias a su rodaje en un falso plano secuencia. El autor mexicano se salta todas las leyes y teorías acerca de este recurso, fundamentadas en la captura del tiempo y el espacio en un continuum –la esencia de este arte, según André Bazin–. Sin embargo, lo que podría ser una revulsiva reescritura de la puesta en escena y la narración cinematográfica, no es sino un ejercicio de onanismo a mayor gloria del autor que quiere reivindicarse a sí mismo en cada fotograma y no parará hasta alcanzarlo. Es innegable el magnetismo de sus imágenes y el placer intrínseco al plano secuencia, compuesto por una mezcla de plasticidad visual y reverencia ante la hazaña lograda, pero la primera pregunta que el público debería hacerse, y que desmonta un entramado tan pomposo como frágil, es si toda esta parafernalia formal responde a un discurso coherente o es fruto de la pedantería de quien quiere afirmar que ha rodado toda una película mediante este recurso. Una sentencia que, de hecho, es falsa. Más allá de los evidentes trucajes que el avance de la tecnología permite, y que forman parte de este pomposo juego, se intercalan planos que rompen la continuidad de la narración en el principio y el final de la misma, lo que convierte su planteamiento en todavía más inconsistente. Con su efervescencia plástica, Iñárritu nos invita a su jacuzzi cinematográfico, y las burbujas nos masajean el lomo a la vez que despistan a nuestra mente.

Llovieron los premios. De repente, Iñárritu es un gran director. La crítica internacional lo venera, y la rabia contenida se desboca en su actitud al subir a recoger los Oscars a mejor película y director. Pero, una vez llegado aquí, ¿por qué parar? Siguiendo esta senda aparece El renacido (2015), una colosal obra filmada en exteriores y con una labor de producción descomunal, cuyo mayor mérito probablemente sea el haber conseguido entregarla sólo un año después de su anterior film. El realizador abandona las bambalinas del teatro neoyorquino y se traslada a la naturaleza salvaje del interior de Estados Unidos para convertir en imágenes The Revenant: a novel of revenge (2002), novela de Michael Punke. Una aventura que se inicia en la escritura del guion, labor que ha incluido entre sus tareas desde su pelea con Guillermo Arriaga –guionista de sus tres primeras películas–. Un trabajo que nunca hace en solitario, contando esta vez con la colaboración de Mark L. Smith para adaptar esta historia de supervivencia en los Estados Unidos salvajes. Protagonizada por un Leonardo DiCaprio casi desesperado por ganar su ansiado y desde hace tiempo merecido Oscar, la película narra la odisea en tierra hostil del explorador Hugh Glass y su hijo mestizo, que va desde ataques de indios hasta el de un oso grizzy -la escena más impactante del film-. Un recital de desgaste físico que deja poco espacio para el desarrollo de otra interpretación sublime. De cumplirse los pronósticos, el actor de ¿A quién ama Gilbert Grape? (1993), El aviador (2004), Revolutionary Road (2008) o El lobo de Wall Street (2013) se llevará el galardón de La Academia por un papel que no pasa de la corrección.

Valiéndose nuevamente de un aparatoso caparazón formal, el director abandona el plano secuencia, pero mantiene el gran angular en planos largos que se adentran en el corazón de las escenas que filma. Los mayores logros aparecen en el despliegue técnico, en la nueva hazaña lograda. Un compendio de efectos especiales, diseño de producción y dirección artística que no por espectacular convierte a la película en buena. Todo lo destacable en este aspecto está ausente en los que quizás sean los apartados más relevantes de la narración cinematográfica, como lo son el ritmo, el montaje y la puesta en escena. Recursos necesarios para la elaboración de un discurso coherente, que se valga de la forma para plasmar el fondo en un ejercicio de inteligencia, talento y personalidad.

Con un inicio compuesto por la fragmentación de la narración en planos inconexos que transmiten ideas en su conjunto, Iñárritu amenaza con intentar la locura de emular el estilo del Terrence Malick actual, ese que asomó en La delgada línea roja (1998), despuntó en El nuevo mundo (2005) y explotó en El árbol de la vida (2011). Grandes angulares retratando la naturaleza en su máximo esplendor, corta duración del plano y una trascendente voz en off de un padre susurrándole a su hijo siembran el pánico en este servidor, que observa con recelo las intenciones del mexicano. Esta idea se abandona con el avance del metraje, aunque la filia por una naturaleza hermosa pero salvaje se mantiene. Megalomanía aparte, el mayor problema de esta obra se encuentra en lo redundante que resulta, y esto se aplica tanto al fondo como a la nuevamente despampanante forma. Hay una sangrante reiteración en las ideas plasmadas, y la manera de rodar cada nueva situación es siempre la misma, lo que desgasta una idea que partía con pocos pies de apoyo. El fotograma impacta en su grandeza técnica, pero se queda vacío con el avance de un metraje inexplicablemente extenso. Iñárritu ya tiene su western, que, curiosamente, adolece de los mismos síntomas que otra reciente obra de este mismo género, Los odiosos ocho (2015). La nueva obra de Quentin Tarantino es la confirmación de su caída al jacuzzi autocomplaciente al que ya amenazaba con lanzarse en Malditos bastardos (2009) y en Django desencadenado (2012), ese en el que tanto tiempo lleva su compañero mexicano y que no va a abandonar ahora que por fin las burbujas explotan con fuerza.


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EL RENACIDO

Dirección: Alejandro González Iñárritu

Guion: Alejandro González Iñárritu, Mark L. Smith

Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Will Poulter, Forrest Goodluck, Paul Anderson

Género: Aventuras, Western. Estados Unidos.2015

Duración: 156 minutos

 

 


 

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