“¡Anda! Pero si es el del periódico del instituto. O, espera, ¿el de la hoja parroquial?”. Borja Cobeaga (San Sebastián, 1977) empieza nuestro encuentro en pie de guerra: la agotadora jornada de entrevistas en el Hotel Hesperia de Madrid, multitudinaria rueda de prensa incluida, no parece estar pasándole factura ni a él ni a su colega Diego San José (Irún, 1978), desplegando desde el principio todo el exultante buen humor que podría esperarse de los autores de la comedia más exitosa del pasado año, Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez-Lázaro, 2014), triunfo que ahora aspira a revalidar su continuación, Ocho apellidos catalanes.

Aquella película colocó a los guionistas en el mapa de la industria, pero, desde luego, no iríamos muy bien encaminados si atribuyésemos su logro a la suerte del principiante. Juntos habían trabajado en un fenómeno televisivo como Vaya semanita (2003–), programa de humor de la ETB que, pese a su raigambre puramente vasca, acabaría viéndose y triunfando en toda la península. Cobeaga llegó a optar también nada menos que a un Oscar por su cortometraje Éramos pocos (2005). Años después, la pareja haría su debut en el largometraje con Pagafantas (dirigida por el propio Cobeaga, 2009), hoy revestida de un justificado aura mítica al tratarse de una de las primeras comedias que introdujeron abiertamente en el mainstream español la influencia de autores norteamericanos como John Hughes, Harold Ramis o Judd Apatow, y que más tarde llevarían quizá a su máximo exponente –sobre todo, en lo comercial– los trabajos de Javier Ruiz-Caldera (Promoción fantasma en 2012, Tres bodas de más en 2013…). En marzo de este año, Borja Cobeaga ha estrenado otra comedia inusual: la valiente Negociador, en la que se lanza de lleno a derribar un tabú como es el de la representación de ETA en el género.

Cobeaga y San José, llanos y despreocupados, no parecen conscientes –o no quieren serlo por una sencilla cuestión de vértigo– de que, como en su día para ellos Hughes y Ramis, su trabajo ya forma también parte de la memoria sentimental de una generación de jóvenes que ha crecido viendo los sketches de Antxon o el Jonan en YouTube, o, sin ir más lejos, de las casi diez millones de personas que fueron al cine a ver Ocho apellidos vascos. Ajenos a los minutos con que contaremos (poco más tarde, descubriremos que escasos), nos sentamos con los guionistas, no sin que antes Borja Cobeaga realice una última consulta al corresponsal de INSERTOS: si la reseña en nuestro medio se situará, entonces, junto al menú de la semana en el colegio.

El fenómeno de Ocho apellidos vascos alcanzó límites completamente inconcebibles. Con semejante precedente, ¿teméis que Ocho apellidos catalanes pueda llegar a influir en el proceso soberanista?

Diego San José: Sería la cosa más alarmante de la historia. Cuando trabajamos, más bien tenemos la sensación de no importarle a nadie serio. Es muy complicado escribir una película pensando que vas a influir a alguien, ¡y más en procesos soberanistas! De la primera también nos dijeron que habíamos conciliado a gente, pero yo no tengo la sensación de haber conciliado a nadie nunca. Como guionista no te puedes tomar tan en serio, debes recordar que estás haciendo películas, nada del otro mundo. Obviamente, Ocho apellidos catalanes no va a cambiar absolutamente nada de ningún ámbito, más allá de que la gente se ría durante hora y media.

¿El diálogo entre Rajoy y Artur Mas podría dar para otra película de este estilo?

Borja Cobeaga: Ni siquiera daría para algo muy intenso, justamente el problema es que no se comunican. Con lo cual, como película sobre la incomunicación, tendría que ser sueca, de los años sesenta, muy árida y durar 190 minutos. Igual eso escapa a nuestras posibilidades…

Teniendo en cuenta la taquilla que hizo la primera parte, ¿cómo es la presión de tener que escribir lo que sería, en cierto modo, el equivalente español a Avatar 2?

D.S.J.: No es que hayamos sufrido presión en ese sentido. Para mí la presión es escribir algo y que no se vaya a ver, o no lo vayas a cobrar. Escribir la continuación de un éxito es todo un lujo; es una maravilla reunirte para currar sabiendo que lo que haces se va a lanzar como una película americana. Me parece que hemos disfrutado de unas circunstancias nada habituales para un guionista en España. ¡Ojalá se repita esta presión toda mi carrera!

B.C.: Lo único es que se puede dar la circunstancia un poco paradójica de que, si hace treinta millones de recaudación, se considere un fracaso. Eso es lo más loco que puede haber. Un fenómeno como el de los cincuenta y cinco millones que hizo la primera no ocurre más veces. ¿Cuánto lleva la película que más haya recaudado este año, quince o veinte millones a lo alto? También hay que poner las cosas en perspectiva: si hace la mitad, es un exitazo.

¿El presupuesto ha sido el mismo?

B.C.: Creo que ha sido más cara, porque nosotros hemos cobrado más. [Risas.]

D.S.J.: Pero tampoco creo que nosotros hayamos disparado el presupuesto, no ha sido un jaque a Mediaset.

B.C.: ¡No, desde luego! No han tenido que vender sus acciones.

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Bueno, pero reconoceréis que ahora estáis viviendo un momento de oro. Comentaba antes Oskar Belategui lo insólito de que unos guionistas tuvieran silla en una rueda de prensa…

B.C.: Sí, la verdad es que sí nos sentimos muy valorados.

D.S.J.: Y más que por las sillas, ¡porque haya habido preguntas!

B.C.: Aunque en una rueda de prensa puedes ver que está como guionista, por ejemplo, Guerricaechevarría con Álex de la Iglesia, Daniel Monzón o Rafael Azcona (bueno, ¡si Azcona diera ruedas de prensa ahora, sería raro!). Pero sí, que haya preguntas…

D.S.J.: Esa es la gesta.

B.J.: Sí, esa es la gesta, ¡que hayamos respondido a más preguntas que Dani Rovira! [Estalla a carcajadas.] Me hace mucha gracia.

En un primer momento, el estreno de la película se proyectó para 2016. ¿Por qué se adelantó? ¿Terminasteis antes de tiempo?

D.S.J.: No, nosotros íbamos escribiéndolo, y los cambios de fecha eran una cosa ajena. Nos íbamos enterando, pero no nos condicionó.

B.C.: Supongo que se ha adelantado para aprovechar el mercado navideño, porque sí que es verdad que estaba prevista para 2016. Pero a nosotros, de cara al guion, no nos ha influido demasiado. Sabíamos que se iba a rodar de todas formas un año después, para mayo o junio. La única diferencia es al terminar. Ocho apellidos vascos se estrenaba en marzo, y tres meses antes ya estaba acabada. En cambio, ésta se completó hace tres semanas.

El cambio más notable en Ocho apellidos catalanes es la decisión de ambientarla casi al completo en una masía. ¿Pensabais quizá en darle un giro más teatral, tirando un poco hacia el sainete?

D.S.J.: No… El vodevil nos interesa, nos hacen gracia estas situaciones de cinco personajes entrando y saliendo por diferentes espacios, pero el motivo principal es que queríamos reflejar no solo la Cataluña de la Barcelona moderna, sino la Cataluña de interior, de masías, de abuelas como Roser [el personaje de Rosa María Sarda] cuyo ambiente natural es su propio espacio. Aparte, argumentalmente, nos convenía que ella no saliese de la masía, para que funcionara toda la mentira que los personajes tejen a su alrededor. Así que la apuesta se debía más al argumento que a una cosa tonal de teatro, y demás.

B.C.: Aparte, nos parecía más original hacer una parodia de una Marta Ferrusola que de un Jordi Labanda. Y, de todas formas, la primera era rural también, lo que conocíamos del País Vasco era rural. Queríamos darle naturalidad, no hacer que transcurriese yendo del MACBA al Can Roca.

¿La primera película partió de una iniciativa vuestra o de un encargo?

B.C.: Vino de un encargo a partir de un argumento original que nosotros teníamos. Hace muchos años, presentamos una idea que ya se llamaba Ocho apellidos vascos, pero que en aquel momento no tenía nada que ver. Sin embargo, cuando se vio que en Europa estaban gustando bastante las comedias regionales, del estilo de Bienvenidos al norte (Dany Boon, 2008) en Francia o Bienvenidos al sur (Luca Miniero, 2010) en Italia, Telecinco nos llamó para preguntarnos si podríamos combinar aquella idea con este tipo de comedia. Y de ahí vino todo. Un argumento en la línea de Vaya semanita –que también jugaba mucho con los tópicos regionales–, de probar a ver si de aquello podía salir una película.

¿Es cierta la leyenda de que el personaje del padre (que interpreta Karra Elejalde) en un primer tratamiento del guion era Arnaldo Otegi?

D.S.J.: Más que en el tratamiento, lo era en el proyecto.

B.C.: Sí, el que he dicho que presentamos.

D.S.J.: Pero nunca estuvo en el guion de Ocho apellidos vascos. Borja y yo sabíamos perfectamente de dónde nos estaban llamando: una cosa es lo que escribamos para nosotros, y otra es un proyecto de encargo donde, lógicamente, no puedes hacer eso.

B.C.: También era una historia de suegro, pero no tenía nada que ver. El protagonista no era un andaluz, sino un cántabro que se enamoraba de una vasca, y no se presentaba un conflicto de primeras hasta que conocía a su suegro, que era Otegi. Pero de eso simplemente quedó el título y la relación tensa con el suegro, un poco con el referente de Los padres de ella (Jay Roach, 2000).

Tratándose de lo que el autor norteamericano Steve Seidman definía como comedian comedy –es decir, una comedia centrada en la personalidad de su cómico protagonista, en este caso Dani Rovira–, ¿cómo de distinto es el proceso de escritura? ¿Participó Rovira activamente en él, dejabais margen para su improvisación…?

D.S.J.: Activamente, en el sentido de que nosotros nos juntásemos con los actores, no. Nosotros escribimos el guion por nuestra cuenta, no nos juntamos con ellos para anotar sus ideas ni nada de eso. Cuando te enteras de quiénes son los actores que van a interpretar a los personajes, sí los reescribes para adaptarlos un poco. Si sabes que es Dani Rovira, le vas a dar más peso a las partes cómicas porque es un monologuista, y le vas a proteger en las partes de drama o de emociones. Al saber que el otro sería Berto, lo mismo. Alimentamos la vena cómica de los actores, pero no llegamos nunca a sentarnos con ellos. Otra cosa es que en el rodaje, con el director, modifiquen su personaje y aporten lo que se les ocurra. 

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Borja, supongo que la preparación de esta película coincidiría en el tiempo con Negociador. ¿No te resultó algo esquizofrénico ir variando tan bruscamente de registro?

B.C.: Fue difícil por el éxito, porque coincidió con cuando nos encargaron la secuela. Recuerdo que estaba rodando en San Sebastián, y Diego me decía: “Oye, que están preguntando cuándo vuelves”. Luego sí tuvimos tiempo para desarrollar el guion a gusto, pero el verano pasado fue intenso, con la secuela a lo largo del día, y por la noche acabando la mezcla de Negociador. En cualquier caso, durante el rodaje yo no me enteraba muy bien de qué pasaba. Diego, que estaba en Madrid, era más esponja en noticias.

D.S.J.: Claro, yo me iba enterando de cosas, pero no quería molestar a Borja porque estaba rodando. Me preguntaban a qué hora acababa, yo les decía que hacia las nueve igual estaría libre… No sé, ¡no le iban a llamar ahí, en mitad del plano secuencia con Ramón Barea!

B.C.: Mi ayudante de dirección estaba hasta las narices, nunca me había pasado. Para mí, decir que estaba rodando siempre había sido el comodín, la gente me respondía: “Ah, entonces no te molesto”. ¡Aquí sí me molestaban! Era: “Mira, no voy a poder porque estoy rodando”. Y ellos: “Ya, pero bueno, sacas un rato”. ¡¿Perdón?! ¿Qué quieres, que tenga el móvil encendido durante la toma, o algo así? Una falta de respeto acojonante. [Ríe.] Y ese es el efecto de Ocho apellidos… Gente diciendo: “Bueno, estás rodando, ¡pero no estás rodando todo el día! Habrá un momento en el que paréis la cámara, ¿no?”.

Antes de Ocho apellidos vascos, habíais escrito (y, en el caso de Borja, también dirigido) películas como Pagafantas, No controles (2010), La máquina de bailar (Óscar Aibar, 2006)…  

B.C.: De La máquina de bailar solo escribimos algunos diálogos.

D.S.J.: Chistes.

B.C.: Sí, a diferencia de Pagafantas, que es muy nuestra y parte de una idea propia, de La máquina de bailar nos mandaron un guion para que metiéramos chistes. Un poco como… Es que me da mucho reparo decir el término americano.

D.S.J.: Gagman, ese es el término. El que se encarga de añadir chistes.

Y, entre todas ellas, ¿de cuál os hubiera gustado escribir una secuela?

B.C.: Pues de todas. Me encantaría hacer un spin-off de Juancarlitros (de No controles); y de Pagafantas, más que secuela, me gustaría hacer un remake. Creo que la haríamos mucho mejor ahora. Porque, por una parte, el argumento es muy tópico, pero el personaje tiene mucha potencia.

D.S.J.: Habíamos hablado de un Pagafantas 2 ya ambientado en Argentina, con el tío Jaime yendo a buscarle.

B.C.: Pero veo Pagafantas y hay cosas que no me gustan. Sobre todo de la dirección. Por eso querría volver a hacerla.

De todas formas, era el debut.

B.C.: Sí, y además la primera que escribíamos juntos. Yo creo que a Diego y a mí nos hubiera venido mejor escribir varios guiones y meterlos en un cajón, porque acometimos la escritura de un largometraje a las bravas: veníamos de hacer cortos y de la televisión. Se puede decir que Ocho apellidos vascos es nuestro tercer trabajo. Desde luego, cuanto más escribes, más aprendes.

Pero aun así, con el paso del tiempo, Pagafantas sí que ha alcanzado un estatus de comedia de culto.

B.C.: A mí me encanta, ¿eh? Estoy orgulloso de que fuera mi primera peli como director y como guionista. De acuerdo con que la primera vez siempre se ve desde un prisma sentimental y todo eso, pero me encanta que fuera Pagafantas. Con todos sus defectos. Me parece la mejor película para debutar, yo estoy encantado.

Actualmente trabajáis en el guion de Súper López, la adaptación cinematográfica que dirigirá Javier Ruiz-Caldera. ¿Se puede adelantar algo?

B.C.: Estamos en ello, pero no podemos adelantar nada. No porque no queramos, ¡es que, en vez de escribir, estamos dando entrevistas!

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(Fotografías: María Sofía Mur)

Agradecimientos a Borja Cobeaga, Diego San José y el departamento de prensa de Vasaver. 

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