Lo que tú digas, Robbie

Santiago Alonso


El último vals (1978) ha pasado a la historia del cine, con toda justicia,  como una de las mejores aproximaciones fílmicas al mundo del rock, no solo por la sentida captación de esencias musicales, sino también por una soberbia puesta en escena que conseguía trasmitir al espectador la tormenta de emociones que se desatan entre unos músicos perfectamente compenetrados cuando se suben al escenario. Visto cuarenta y dos años después, el documental no ha perdido un ápice de su fuerza. La conjunción de factores no pudo ser más afortunada: por un lado, Martin Scorsese como genial realizador que sabía ver un concierto a través de la cámara y organizarlo mediante el montaje (virtudes que no funcionaron tan bien, décadas después, en el horroroso y anfetamínico Shine a Light, su trabajo sobre los Rolling Stones); y por otro, lógicamente, la entidad de The Band, el combo retratado dentro y fuera del escenario. Además, las circunstancias del propio proyecto en sí cerraban el círculo y dotaban al relato de un apasionante sentido final. Los cinco integrantes del grupo se separaban tras dieciséis años de carrera, en la que habían compartido la primera línea de un par de revoluciones musicales (la más conocida, quizá, la electrificación de Bob Dylan en 1965), y, a modo de celebración por todo lo alto, organizaron una velada en la que invitaron a muchos amigos para tocar todos juntos. Las filmaciones extraídas de las más de tres horas de concierto, junto con otras canciones rodadas en un estudio de cine, constituyeron el grueso del metraje de El último vals. Y así, Robbie Robertson, Levon Helm, Richard Manuel, Rick Danko y Garth Hudson quedaron inmortalizados en pantalla. Desde entonces es casi imposible que alguien que conozca al grupo no considere el largometraje como parte imprescindible de su legado artístico.

El recentísimo documental Once Were Brothers: la historia de The Band, con Scorsese involucrado en la producción, hace de nuevo un repaso a la trayectoria de la mítica formación, aunque en un formato mucho más convencional. Eso sí, su título original (Once Were Brothers: Robbie Robertson and The Band) revela ya de entrada que la voz que guía al director Daniel Roher es solo la de Robertson, pues la cinta está basada en Testimony, la autobiografía del músico, un apasionante libro donde, aparte de establecer tanto una crónica personal como una colectiva, abordaba las razones por las que The Band se separó a finales de los setenta. Demostrando sus fuertes dotes de seducción como narrador, Robertson aparece en pantalla (por cierto, con la edad ha aflorado su ascendencia mohawk en su porte y su cara, recordando algo a las de un venerable jefe indio) para ejercer a cada momento de la figura que, a ojos de muchos, se ha llevado los méritos de la gran aventura creativa que compartieron los cinco músicos.

La formación vital y profesional en la carretera de cuatro chavales canadienses (Robertson, Manuel, Danko y Hudson) y un estadounidense (Helm), tocando primero de localucho en localucho, después en escenarios cada vez más grandes; la astucia de haber sabido coger el tren cuando se toparon con Dylan; el retiro en una casa pintada de rosa que encontraron en los bosques de Woodstook y la prodigiosa fertilidad compositora que desarrollaron allí; la genial intuición de añadir en un mismo crisol las manifestaciones blancas y negras de la música popular estadounidense, hasta conseguir una personal mezcla de sabores añejos que triunfó justo cuando se estilaba la modernidad hippie y la psicodelia… El aficionado de The Band, o quien simplemente haya visto El último vals, no puede esperar en Once Were Brothers ninguna revelación, lo que no quiere decir que no disfrute enormemente con el jugosísimo material de archivo que se muestra. Y quien entre en contacto por primera vez con el universo musical del grupo, va a encontrar suficientes alicientes (¡y unas canciones formidables!) para quedar cautivado. Ahora bien, también es muy fácil que hasta el que venga de nuevas perciba que Robbie Robertson nos la está intentando colar, sobre todo durante la última media hora de metraje.

Sin duda, no se le puede acusar al que fuera guitarrista y compositor principal de la banda de no haber dejado claro desde el principio que esta era su versión (teniendo todo el derecho de hacerla valer), pero cuando aborda las razones de por qué se separaron y, sobre todo, cuando hace referencia a los problemas legales posteriores por la autoría de las canciones, el relato pierde precisión y parece que abundan las omisiones interesadas. Recalcar constantemente que al principio fueron como hermanos e indicar sin más que, por envidias y necesidades económicas, el principal factor desestabilizante fue Levon Helm, por no decir que el asunto se zanja in extremis con una cuasi reconciliación entre Robertson y Lem (este último ya moribundo) en una dramática escena de hospital, es lo más parecido a no argumentar mucho y a escurrir ladinamente el bulto.

Helm, Manuel y Danko ya no pueden hablar, pero que la voz del hermano Hudson no esté presente en Once We Brothers solo puede obedecer a dos razones, ambas muy significativas: no se ha solicitado su participación o ha declinado el ofrecimiento por decisión personal. Un colofón triste que contrasta, por ejemplo, con el momento en el que vemos al quinteto ensayando Up on Cripple Creek en el estudio casero de la casa rosa, allá por el año 1969: es una muestra de pura alegría, una escena en la que los rostros irradian felicidad por el excitante trabajo hecho en conjunto. Y es que esa y otras filmaciones contienen unas imágenes, una música y una emoción que ni el tiempo ni nada podrán corromper.


Puedes ver ONCE WERE BROTHERS: LA HISTORIA DE THE BAND en Filmin

Puedes ver EL ÚLTIMO VALS en Filmin



 

ONCE WERE BROTHERS

Director: Daniel Raher.

Género: documental, musical. Canadá, Estados Unidos, 2019.

Duración: 100 minutos.

 


 

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