Yago Paris


¿Qué se puede decir que no se haya dicho ya a estas alturas sobre Twin Peaks, quizás el universo televisivo sobre el que más se ha escrito? La historia creada por Mark Frost y David Lynch supuso un antes y un después para la pequeña pantalla, convirtiéndose en una obra de culto instantáneo. Veintisiete años después de su estreno, la llegada de la tercera temporada rebrotó el entusiasmo por las estrambóticas historias que tenían lugar en la pequeña localidad ficticia del noroeste estadounidense, lo que dio lugar, esta vez ya en la era de internet, a una nueva oleada de textos, reflexiones e interpretaciones de una obra ya mítica. Por lo tanto parece casi inútil escribir estas líneas, puesto que es difícil encontrar una aproximación novedosa, que aporte algo de valor.

Sin embargo, cabe destacar que el grueso de análisis sobre Twin Peaks se centra en las entregas televisivas, dejando de lado el hecho de que, poco después de la segunda temporada, se filmó la película Twin Peaks: fuego camina conmigo, que narra sucesos que tuvieron lugar antes de lo que se narra en la serie, con especial atención a la semana previa a la muerte de Laura Palmer (Sheryl Lee). Es cierto que, aunque menor, el filme sigue teniendo un peso fundamental en el análisis global. Lo que no ha corrido igual suerte es una especie de versión extendida de la misma, llamada Twin Peaks: las piezas desaparecidas. Esta segunda cinta, que salió a la luz en 2014, consiste en una recopilación de escenas eliminadas del metraje original. A día de hoy parece que la única manera de aportar nuevas ideas de valor al análisis colectivo del universo Twin Peaks pasa por escarbar sus las caras B.

Aunque lo que más atención genere y más alabanzas reciba de Twin Peaks sean las escenas oníricas y surrealistas, lo que más le ha llamado la atención a quien esto escribe siempre ha sido la capacidad de David Lynch de encontrar lo siniestro dentro de lo cotidiano, un modelo de imagen-misterio en el que el artista es absoluto maestro. Y pocas escenas hay más perturbadoras en toda la obra de Twin Peaks que una que aparece en Las piezas desaparecidas. El fragmento arranca con un plano general nocturno de una zona residencial de clase media, paradigma de una vida sana y apacible. Sin embargo, debido a una iluminación poco realista —una carretera poco iluminada, extraños focos de luz situados detrás de las casas—, la imagen se convierte en siniestra. A esto se suma el circular de un coche, demasiado lento para resultar apacible, dando la impresión de que el conductor está escrutando los alrededores, buscando algo. El vehículo se detiene al llegar al lugar donde tendrá lugar la acción: la casa de Laura Palmer. La vemos escapando a escondidas de dicho lugar, y cuando reconoce a la persona que se aproxima en el coche, corre a esconderse detrás de unos arbustos. Laura está aterrada, pues esa persona ha convertido su vida en un infierno —y, puesto que con total seguridad hemos visto la serie antes que esta película, sabemos que esa persona será quien la asesine en un futuro muy cercano.

Cuando el conductor sale del coche y comienza a caminar hacia la casa, se establece un terrorífico plano-contraplano. Su siniestro, por parsimonioso, avance se suma a sus erráticas intenciones que el personaje ha mostrado a lo largo de la cinta —del amor a la violencia en un abrir y cerrar de ojos—, se contrapone a la cara al borde del ataque de pánico de Laura. La joven sabe que esa persona no la ha visto, y que está bien escondida, pero ni con esas se libra del temor, quizás porque sabe que en realidad no puede escapar a su destino y prevé lo que pasará a continuación. Y es que, de manera inexplicable, esa persona se detiene de repente y escruta exactamente el lugar donde Laura se ha escondido. No hace nada más, solo mira. Y prosigue su lento caminar, pero repite la acción una vez más, antes de desaparecer del plano.

Se trata de una escena de terror en lo cotidiano, de un misterio inexplicable que convive dentro del día a día, y que no es misterioso per se, sino debido al contexto y a la manera en que se filma. Si uno de los temas centrales de Twin Peaks es el mal que habita en la normalidad, esta escena es la quintaesencia de dicha idea. Sin aspavientos ni recursos formales extravagantes, y sin dar el salto al surrealismo, David Lynch se vale del poder de sugestión de la imagen-misterio para crear una escena aterradora con un simple plano-contraplano. Una escena que funciona mejor cuanto más simple es, cuanto más pegada está a la realidad, puesto que lo que transmite es la sensación de que el mal está presente en todas partes, hasta en la más rutinaria de las situaciones de vida. Y por lo tanto, como bien sabe Laura, resulta especialmente aterrador porque es un mal del que no se puede escapar. No deja de maravillarle a quien esto escribe que una de las escenas más impactantes de todo el universo Twin Peaks, y que mejor capta una de las claves del relato, pertenezca a un descarte que probablemente se le haya escapado a la mayoría de espectadores de la obra y que desde luego no aparece de manera recurrente en los análisis sobre esta obra de Lynch.


Puedes ver la escena aquí.


twin-peaks-las-piezas-desaparecidas-critica-insertos-2


 

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