Condenada al fracaso

Yago Paris


El caso de la adaptación cinematográfica de Artemis Fowl es digno de estudio. La primera novela de la saga escrita por Eoin Colfer fue publicada en 2001, en plena fiebre de Harry Potter, cuando la fantasía mágica estaba en auge tanto en la literatura como en el cine. Adaptar un producto que seguía la estela de bombazos comerciales parecía una mera cuestión de tiempo, que supondría un éxito casi asegurado. Y sin embargo, el proyecto no terminaba de gestarse. Los derechos fueron inicialmente adquiridos por Miramax, pero un constante cambio de directores y guionistas mantuvo la producción en el limbo, hasta que Disney los compró en 2013. Lejos de mejorar, el desarrollo de la película siguió dando tumbos —se vio salpicada incluso por el escándalo Harvey Weinstein, uno de los productores del filme. Ya en 2015 se había confirmado que Kenneth Branagh sería el director. Sin embargo parecía que el proyecto nunca vería la luz. Hubo que esperar tres años para que se iniciara el rodaje, y otros dos para que finalmente se estrenase, pues a esta producción maldita le ha afectado hasta la crisis del coronavirus. Inicialmente pensada como estreno en cines, la película finalmente ha visto la luz a través de la plataforma de streaming Disney+, casi veinte años después de que la primera novela fuera publicada.

En buena medida los innumerables problemas de producción explican el resultado final de la obra, y por qué ha sido estrenada como una cinta menor. Hoy en día Disney copa la cartelera, por lo que su negocio principal, donde se exponen sus obras más apreciadas, está en los cines. Que Artemis Fowl se haya relegado a su plataforma de vídeo bajo demanda señala abiertamente la poca confianza que se tenía en el proyecto, como si ya se hubiera asumido que la cinta iba a ser un fracaso y se le hubiera tratado de sacar el máximo partido posible a través de una vía alternativa como el visionado en casa, especialmente oportuno en tiempos de pandemia. 

Teniendo en cuenta todos estos condicionantes contextuales, quizás lo que más vale la pena preguntarse en este caso es qué tiene o de qué carece Artemis Fowl para que Disney no haya confiado en ella. Parece obvio que desde el punto de vista comercial la cinta llega tardísimo, en un panorama donde la fantasía mágica está al borde de la defunción, por lo que cabe esperar que hoy en día le interese a muy pocos espectadores la historia de un niño prodigio que descubre la existencia de un universo mágico, poblado de hadas, trolls y enanos, y que debe colaborar con algunos de ellos para preservar la estabilidad entre ambos mundos. Otro aspecto que quizás llame menos la atención, pero que resulta muy esclarecedor, es el tono de la obra. Lejos de la solemnidad que ya se observaba en la segunda mitad de la saga Harry Potter, la nueva cinta de Branagh se adscribe de manera abierta a un modelo de cine infantil, inocente, cuya máxima es el entretenimiento puro y duro, sin ningún afán, auténtico o impostado, de trascender con reflexiones complejas sobre la existencia. Como remate, habría que señalar que, pese a  tratarse de una producción de nada menos que 125 millones de dólares, la película luce como un telefilme de Disney Channel, con asombrosos efectos especiales, sí, pero telefilme en última instancia. Sumando todos estos condicionantes se puede entender la falta de confianza en un producto que no jugaba con la mejor mano de cartas.

Sin embargo, si uno se centra en aspectos puramente cinematográficos, podrá obtener una visión diferente del asunto. No en balde estamos ante una película de Kenneth Branagh, un autor que en su última etapa ha orientado su carrera hacia el sendero del director de estudio, al estilo de artesanos como Jon Favreau, es decir, personalidades con una visión muy clara del cine comercial, con un control férreo del relato clásico y las formas académicas de la narración en imágenes, que a su vez son capaces de dejar su huella de estilo en la manera con que se aproximan al material de partida o, como mínimo, capaces de elaborar un producto impersonal que funcione de maravilla. Vista desde este punto de vista, Artemis Fowl cobra otro significado. Si se entiende la cinta como lo que es, y no como lo que pudo haber sido, encontramos una historia que fluye con velocidad y soltura, con un buen equilibrio entre exposición argumental y acción. La parte mala de este modelo de cine es que apenas queda espacio para desarrollar el universo donde se ambienta el relato —en este sentido, la principal perjudicada es la novela en que se basa—, por lo que la cinta se convierte en un divertimento impersonal perfectamente olvidable. La parte buena es que se ofrece un producto honesto que da lo que promete, es decir, altas dosis de diversión. La historia se pasa en un suspiro; las escenas de acción son abundantes, siguiendo el modelo clásico de la claridad expositiva, y hacen un uso eficaz de los efectos especiales —atención a las escenas inmersivas en plano secuencia durante la batalla final. Artemis Fowl no le cambiará la vida a nadie, pero, a diferencia de otras grandes producciones igual de insulsas, ofrece un ejercicio sincero de placer por el relato espectacular, y demuestra que el rechazo contemporáneo a todo lo que huela a buenos sentimientos e inocencia no es más que una fobia irracional.


Puedes ver ARTEMIS FOWL en Disney+.


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artemis-fowl-critica-insertos-poster-cartelARTEMIS FOWL

Dirección: Kenneth Branagh.

Reparto: Ferdia Shaw, Lara McDonnell, Josh Gad, Tamara Smart, Nonso Anozie, Judi Dench, Nikesh Patel, Adrian Scarborough, Colin Farrell, Joshua McGuire, Michael Abubakar.

Género: fantasía mágica. Estados Unidos, 2020.

Duración: 96 minutos.


 

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