El asedio y la caricia

Santiago Alonso 


El escritor y activista afroamericano James Baldwin (1924-1987) fue uno de los analistas clave durante los años del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Sus reflexiones sobre el racismo y su impunidad le llevaron a señalar, entre otras cuestiones, que no cabía llevarse a engaño: el hecho de que la segregación racial en el norte no tuviera una expresión oficial, tal y como sucedía en el sur, no significaba que la situación de la comunidad negra fuese allí mucho mejor. La desigualdad generalizada estaba dolorosamente a la orden del día. Esta idea aparece también en su novela El blues de Beale Street (1974), como recuerda una cita textual al principio de la formidable adaptación para la gran pantalla que ha rodado Barry Jenkins.

Tish y Alonzo, la chica y el chico de Harlem protagonistas, dan por hecho que su amor entraña la forma de resistencia más humana de que disponen para luchar contra la injusticia y la falta de libertad circundantes. Ante el asedio, los dos jóvenes hacen de su relación amorosa el territorio íntimo donde protegerse y al que hay que proteger a toda costa. Es ese el lugar en el que quiere adentrarse el director de Moonlight, proponiéndose la delicadísima tarea de explorarlo a conciencia. Y de reflejarlo mediante una conmovedora forma cinematográfica. Donde otros, manejando los mismos presupuestos, habrían caído en una brillante estampa sin alma, Jenkins alcanza, incluso pese al exceso de idealismo que a veces contiene el largometraje, una hondura que solo poseen las obras con un poder verdaderamente trasformador.

Sin ocultar las querencias que ya le conocíamos por Wong Kar-wai, y añadiendo unos modos a lo melodrama hollywodiense de los años cincuenta –como denotan la fotografía y la particular atención al vestuario–, el director amplía la cadencia que aplicó en parte de Moonlight. La pausa y la elegancia lo marcan todo. Como si meciese a los personajes con suma delicadeza, la cámara capta sin prisas las respiraciones, los cruces de miradas, los roces y otros movimientos de los cuerpos. La expresión máxima de todo esto se alcanza con la secuencia de la primera vez de la pareja, una experiencia sensorial filmada como si fuera una caricia que durase minutos.

Y no es la única secuencia memorable de El blues de Beale Street, una película que certifica, además, el gran talento de Jenkins como guionista. Tanto por la forma como por el sentido encontramos momentos de enorme elocuencia. Está el reencuentro entre amigos que se empaña cuando uno de ellos relata sus devastadoras experiencias. O la construcción imaginaria de un hogar futuro en el almacén que visita la pareja. O el raudo examen del trabajo como dependienta de Tish para clientes blancos. Por último, el abuso y el odio a los que se ve sometido Alonzo harán que nos hierva la sangre; aunque también, he aquí el triunfo definitivo del cineasta, hay mucho de la firme resistencia, la dignidad y la paz que exhiben y procuran mantener vivas los dos enamorados que traspasará la pantalla hasta acertarnos de pleno.



 

EL BLUES DE BEALE STREET

Dirección: Barry Jenkins.

Intérpretes: KiKi Layne, Stephan James, Regina King.

Género: drama. Estados Unidos, 2018.

Duración: 119 minutos.

 


 

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