Casi siempre ha existido disimilitud perceptiva entre la ficción que tiene por materia narrativa el crimen organizado y los sucesos que protagonizan las mafias reales, aquellos que traen los periódicos o que la vida nos puede llegar a poner delante, quién sabe, cualquier día. Se ha señalado y estudiado la fuerza de fascinación del gansterismo entre el público, entre la población, ya desde los años treinta, cuando el cine norteamericano codifica el género y las miradas hacia los asesinos (o la gente que ordena asesinar) se construyen sobre la heroicidad novelesca y lo atractivo que lucen las actitudes a la contra del sistema no obstante el dolor y la sangre.

Después se da el fenómeno, igualmente un hecho puesto de relieve por estudiosos, por el cual los mismos miembros de las organizaciones miran las pantallas a modo de espejo y avivan el culto retroalimentando poses y actitudes. Por no hablar, ya, de la entrada final de una deslocalización – de distancia de un país a otro pero también incluso moral, si se quiere denominar así – que produce monstruos como restaurantes que basan su marca comercial y la carta en una mitología de la muerte, haciendo elenco de asesinos junto a los platos que los comensales está a punto de zamparse, como sucede en España a cuenta de la mafia siciliana y la gastronomía de vaga orientación italiana

Se construye el mito y en gran medida se homogenizan y homologan las representaciones. Glamurizaciones o no aparte – la tendencia se ha invertido y abundan las intenciones veristas –, el cine posiblemente sigue sin contribuir a dar luz adecuadamente sobre determinados fenómenos criminales de primer orden. Es algo que puso de relieve el estreno hace dos años de Calabria, un magnífico ejemplo que revelaba ante todo lo poco conveniente de asimilar modelos, los lugares comunes construidos a partir de tan solo conocimientos concretos, a cualquier realidad. A la película de Francesco Munzi la definían un interés y unas singularidades que merecían haberse aplaudido.

Hay en las secuencias del inicio un par de momentos que dan la perfecta medida a esta historia italiana de crimen organizado, la caracterizan en un modo que deja a las claras lo distinta que será respecto a cualquier otra que hayamos visto. En el primero, los miembros del clan calabrés protagonista culminan las celebraciones por el trato con un cártel colombiano robando un cabrito, a medio camino de la vuelta en coche a casa, e improvisando un festín según la usanza de su pueblo. El segundo lo protagonizan dos chavales que quieren dejar un aviso con balas a una familia rival. Mientras reparten las armas, se disponen a hacerse unas rayas: una escena tipo para un film sobre gánsteres, con la diferencia que la cocaína se esnifa encima de una tabla de madera, vieja y consumida, muchas las décadas de su uso dentro de esa cocina rural.

Los avatares de una sociedad ancestral forman la materia que Munzi tiene entre manos, tomando como base la novela Anime Nere de Gioacchino Criaco, que es también el título original del largometraje. Un mundo producto de conflictos seculares, cuando el asentamiento del Estado (o la idea de nación) no hizo pie en ciertos parajes de la península; un mundo cerrado que es compartimento estanco, que asienta su raíz entre las montañas perdidas del sur y unos habitantes cuyas generaciones se han ido apuntalando entre violencias y padecimientos. Eso es la ‘Ndrangheta, tragedia criminal que padece la región de Calabria y fenómeno con características que difieren respecto a los homólogos de la camorra napolitana y la Cosa Nostra de Sicilia; y eso es la película, a distancia del ya trillado cine sobre mafias. Una obra cruda, sin adornos ni apuestas por el efectismo, guiada siempre por el deseo de veracidad.

En realidad poco une la tercera película de Munzi a Gomorra de Mateo Garrone, la cinta sobre la camorra que hace casi diez años insufló aire nuevo al género. Parte importante de la crítica definió Calabria como una versión rural de aquella, pero más allá de que ambas partan de una óptica cercana a la sociología, la diferencia es tan sustancial como la existente entre las dos organizaciones y las dos regiones donde nacen. Amén de que aquí no hallamos el hálito documental ni el afán por ofrecer el dato que impulsaban al libro-reportaje de Roberto Saviano del que partió Garrone: Munzi nos acerca, por el contrario, a un episodio bastante más propio de la crónica negra pura y dura.

Además la narración posee una estructura que va de lo general a lo particular, algo que termina por definir su singularidad. Si en todo relato arquetípico de la mafia hay un viaje-lucha hacia el triunfo criminal desde los orígenes en un desfavorecido lugar, una subida peldaño a peldaño y de enclave a enclave más extenso, Calabria elabora un viaje de vuelta – con mucho de mirada introspectiva – al trayecto que en algún momento hicieron los clanes de la ‘Ndrangheta. Para estos, el suyo ha sido un camino de Sur a Norte a lo largo de los años, cubriendo la etapa basilar que entraña la prospera región de Milán, un trampolín para contactar con los negocios fuera de Italia y extender su red. La película comienza sobre un yate en un exclusivo paraje de la jet-set, probablemente en el extranjero: es la cumbre donde alcanzan las actividades de los hermanos que conforman la familia protagonista. Sin embargo, el transcurrir de las secuencias empujará continuamente hacia abajo. A nosotros espectadores y a los personajes. Habrá alguna escala en la capital lombarda, donde uno de ellos se ha asimilado a la alta burguesía, y será inútil: el sur llama, el foco de tantas almas negras convoca a sus monstruos. Ni siquiera la aventura hacia el exterior por parte de uno de los jóvenes cachorros del crimen tiene éxito, aspirado inmediatamente de vuelta por la fuerza de un mundo oscuro que pueblan pastores y pistolas. Bajo el abatimiento, una fuerza a conjurar mediante la purificación del fuego. Ese de las hogueras y los disparos.

 

Para Tomás


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Fotografías: Surtsey Films


 

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